jueves, 27 de octubre de 2011

La redondez de la Argentina

Publicado en "La Mañana de Neuquén" el domingo 24 de octubre de 2011


En el día de hoy, por séptima vez en lo que va del período democrático más largo de la historia argentina, elegimos presidente de la Nación. Las primarias ya dieron su veredicto. Lo que queda por saber es cuál será el porcentaje que alcanzará la Presidenta y quién se presentará como principal fuerza opositora. Datos importantes, por cierto, ya que no es lo mismo iniciar un segundo período con escaso respaldo o que la principal expresión de oposición sea de centro izquierda, o simplemente de derechas.
Un porcentaje mayor al 50 ó en torno al 60% es un inmejorable piso para un proyecto político: de un grupo, de un partido o de una Nación. En nuestro país son escasas las instancias en que una propuesta política se alzó con ese nivel de respaldo: podríamos hablar de Perón, que llegó al récord de 62% en 1973, o de Menem, que llegó al 53% en  1995. Cada momento tendrá su explicación, en los setenta o en los noventa. En nuestro caso, las razones parecen obvias: en estos últimos ocho años Argentina detuvo una larga decadencia en la que la dictadura y el peronismo de fin de siglo fueron la máxima expresión de esa pesadumbre.
 
Pensemos que nuestro país pasó de ser el más igualitario de América Latina y una de las economías capitalistas con mayor participación de los trabajadores en la renta nacional, a estar entre los más desiguales e injustos del continente. Así terminamos el siglo XX, con el hedor de la decadencia impregnando la vida cotidiana. Pues bien, estas elecciones son hijas de la forma que los argentinos hemos iniciado el tercer milenio: con un estallido ejemplar, fruto del hastío ante la tozudez de los poderosos, y de poner a prueba nuestras potencialidades.  El país se levantó, está empezando a caminar y, más aún, pareciera que hemos empezado a revertir esa penosa y larga caída. Hemos pasado de la bronca y desesperación a la alegría de la reconstrucción.


Crisis de paradigmas

El mundo está cambiando vertiginosamente. Por primera vez en quinientos años, es decir desde la conquista de América, las  naciones industriales de Occidente pierden el monopolio ejercido sobre la gestión de la ciencia y la tecnología, sobre la transformación productiva, la organización de la economía mundial y, más aún, parecen no saber cómo hacer para recuperarse. Sus paradigmas están en crisis, la globalidad está cambiando de formas. ¿En que lugar se quiere colocar Argentina? Porque si algo aprendimos de las últimas décadas es que cada país tiene la globalización que se merece.

En ese contexto, también nuestro país se transformó a gran velocidad. Dio grandes pasos en el tratamiento de sus heridas, recuperó la vitalidad económica con niveles de desempleo cercanos a los históricos en el siglo XX y, lo que es más destacable, está avanzando a pasos agigantados en desmantelar el arraigado sistema de zonzeras económicas. Alejandro Bunje, Raúl Prebisch, Marcelo Diamand, Jorge Sábato y Aldo Ferrer, por nombrar a los mas sobresalientes, son hoy “parte del aire” que se respira, no sin conflictos, en la Argentina de nuestros días. Conceptos, ideas, reflexiones, categorías desarrolladas por ellos, en su tiempo y en su contexto, son parte del andamiaje de un pensamiento que está reverdeciendo.
Estos brotes de un pensamiento económico alternativo son parte del esfuerzo de reconstrucción que hemos hecho. Porque la globalización es el espacio en que ejercen el poder las potencias dominantes, y uno de los principales mecanismos de la dominación radica en la construcción de teorías y visiones que son presentadas como criterios de validez universal pero que, en realidad, son funcionales a los intereses de los países centrales. Pues bien, en los tiempos de nuestro bicentenario, coincidente con la enorme posibilidad de estructurar un proyecto nacional de largo plazo, el centro del mundo no está en condiciones de hacer recomendaciones, y Argentina parece dispuesta a impulsar políticas más acordes con un destino de autonomía y justicia social.
Vale abundar sobre la cuestión. 
Hay un principio de conocimiento básico, que la economía –como otras disciplinas- suele olvidar: que todo principio general y abstracto de política económica, o de cualquier orden, está condicionado por la realidad de cada país y por la circunstancia. En 1970, en la introducción de “Hacia una dinámica del desarrollo Latinoamericano”, Raúl Prebisch decía: “Yo creía en todo aquello que los libros clásicos de los grandes centros me habían enseñado [pero] era tan grande la contradicción entre la realidad y la interpretación teórica elaborada en los grandes centros, que la interpretación no solo resultaba inoperante cuando se llevaba a la práctica, sino también contraproducente”.

Nuevo consenso

En nuestros días parece haber un consenso en la política económica latinoamericana. Ese consenso parte de la búsqueda de respuestas fundadas en una visión arraigada en la realidad propia, no subordinada a los enfoques convencionales, teniendo como objetivo el desarrollo social y la ampliación de la capacidad de América Latina de decidir su propio destino, en un contexto de cambios vertiginosos. Los insumos no son desconocidos, las ideas que vienen del nacionalismo popular (desde Jaurechte en adelante), como las que derivan del estructuralismo latinoamericano (Prebisch y cía) o de la teoría de la dependencia (Marini, Dos Santos, etc.), tienen un potencial teórico que está comenzando nuevamente a explorarse en vistas de cambiar el paradigma desde donde pensar nuestras economías e impulsar políticas de desarrollo autónomo y sustentable.
Ahora bien, no se trata simplemente de volver a citar a esos autores, es cuestión de tomarlos como punto de partida y construir una alternativa. En ese sentido, la consigna de Simón Rodríguez, “inventamos o erramos”, parece hoy más vigente que nunca, en un contexto nuevo y desafiante. El mercado internacional es, entre muchas otras cosas, el encuentro de políticas de promoción y defensa de los intereses propios; más llanamente, políticas nacionales en juego. Es cuestión de construir la propia que derivará de la forma en que nos pensemos en el mundo. Nada imposible si hay un pensamiento que la respalde, una pasión que nos mantenga en la senda y una voluntad de construir una Nación soberana.


Autoestima

Reiteramos la idea, este proceso de transformación en las ideas es fruto de la forma en que hemos logrado detener, en estos ocho años, la larga decadencia que arrastrábamos. Que el proceso continúe no depende de una persona, por lúcida que sea, y menos de políticos o partidos que demostraron servir tanto para un barrido como para un fregado. Si así pensamos, estamos nuevamente en problemas. Esa larga decadencia no fue fruto de marcianos que nos sometieron a transitar un camino al que no quisimos entrar. Desandar esa senda es desaprender viejas prácticas que están instaladas todavía en nuestra forma de entendernos como sociedad y que nos dificultan pensar, desde nosotros, en el largo plazo. Ya lo decía Arturo Jauretche: El argentino es vivo de ojo y zonzo de temperamento’, con lo que quería significar que paralelamente somos inteligentes para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y no cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las que hacen a la colectividad y de las cuales en definitiva resulta que sea útil o no aquella viveza de ojo. En fin, tenemos mucho por andar y por aprender de nosotros mismos y de los demás países. Pero en esta instancia, reitero la idea central de estas notas: fruto de estos años hemos recuperado porciones de autonomía que creíamos perdidas, girones de justicia que creíamos imposible, un nivel de productividad que creíamos desaparecido en la historia y, sobre todo, mejoramos nuestra autoestima.
Aunque el lamento tanguero es parte de nuestro ADN, hoy parece lejano aquel decadentismo de Osvaldo Soriano que afirmaba que “nadie es del todo argentino sin un buen fracaso, sin una frustración plena, intensa, digna de una pena infinita”. Ese bandoneón de nuestro sentir seguirá estando, pero está claro que no somos sólo eso. Me viene a la memoria un viejo poema de Benedetti, “Defender la alegría”. Esa me parece que es la consigna de estos días. Defender la alegría, como actitud vital para buscar nuestra redondez. Sí, nuestra redondez. El Subcomandante Marcos señaló alguna vez que el neoliberalismo quería un mundo cuadrado, con rincones donde poner a la gente que sobra. Pero el mundo es redondo, sin rincones. Y ahí vamos entonces, con alegría, buscando la redondez de este hermoso país.

Juan Quintar

sábado, 8 de octubre de 2011

Entre Pink Floyd y Robinson: insumos para pensar la educación

Tengo en mente, siempre, y a veces con pavor, esa imagen de la educación que The Wall, esa maravillosa obra de Pink Floyd, grabó en todos nosotros. Porque no dejan de volver a mi esas preguntas que inquietan: ¿Hasta que punto aprendemos a pensar en nuestras escuelas y universidades? ¿Hasta que punto no estamos formateados para “pensar correctamente”? ¿Qué tipo de esfuerzo tenemos que hacer para desaprender ciertas cosas y luego para transmitir –en el caso de los docentes- una forma más creativa de confrontar con la realidad? ¿Cómo le hacemos para poder dar cuenta de las múltiples potencialidades de nuestro entorno? ¿Cómo aprendemos? ¿Cómo enseñamos? Uf, que cantidad de preguntas!! Pero se me multiplicaron cuando lo escuché a Ken Robinson,  un educador y escritor inglés, experto en asuntos de la creatividad, la calidad de la enseñanza, la innovación y los recursos humanos. Este hombre fue profesor de educación artística y portavoz del departamento de educación artística en la Universidad de Warwick. Robinson presidió además el comité consultivo nacional, en Inglaterra, sobre educación creativa y cultura, que realizó la mayor investigación de ese país sobre la importancia de la creatividad en la educación y la economía. Vean y escuchen esta reflexión de Robinson. Me pareció muy interesante.

Salú!!


Nota: Gracias a Susana por mandarme este link. Si Ud. no puede ver el pequeño video, o quiere descargarlo, búsquelo en You Tube aquí.






viernes, 30 de septiembre de 2011

La crisis financiera en boca de un protagonista

Ríos de tinta han corrido -y corren- para explicar las crisis financieras. No digo que están de más, pero a veces conversar con un protagonista ayuda a comprender la cuestión. Escuchen Uds a este corredor de bolsa. Sus respuestas son de una sinceridad que asombra... y enseña. Como decía un catalán... "el mundo está en manos de unos locos con carné".
Salú !!
Nota: gracias a Marcelo que me pasó el dato de este link.


jueves, 22 de septiembre de 2011

El siglo XX: Entre lo efímero y lo continuo


Artículo publicado en La Mañana de Neuquén, suplemento económico, el domingo 11 de setiembre. Fragmento de la Introducción al libro "Veintiuno" Juan Quintar (Comp.) Ed. Educo.

 

¿Cuánto ha cambiado el mundo entre principios y fines del siglo XX? La pregunta nos plantea un inmenso desafío. Nada más pensar en el desarrollo de los medios de comunicación, de la aeronáutica; en las grandes guerras, la exploración del espacio, la inestabilidad financiera, la expansión demográfica, por poner algunos ejemplos, abruma a cualquier cientista social que quiera hacer un análisis integrado del período. Porque cada uno de esos aspectos impacta de múltiples maneras en el conjunto, conformando una realidad casi inconmensurable. La intervención sobre el átomo, por caso, que revolucionó la mitad del siglo XX, hoy se presenta casi como “anecdótica” ante la posibilidad de crear, inventar o modificar organismos vivos con la manipulación genética. Y ello, como todo lo que se coloca en el límite de lo conocido, si bien soluciona viejos problemas, también abre nuevos de resolución incierta.
Definitivamente, las incertidumbres de principios del siglo XX no eran de esta naturaleza.

Por otro lado, el impacto de las grandes transformaciones no es menor al que provoca la velocidad con que las mismas se suceden y se incorporan a la vida cotidiana. Ese aceleramiento del cambio histórico agudiza el sentido transitorio, perecedero, de todo lo que nos rodea. A esto mismo se refería el novelista checo, Milan Kundera, cuando afirmaba que “hay un vínculo secreto entre lentitud y memoria, entre velocidad y olvido”; la primera es directamente proporcional a la intensidad del segundo. (…) “Nuestra época se entrega al demonio de la velocidad y por eso se olvida tan fácilmente a sí misma”, insiste Kundera. Al parecer, la centuria pasada nos dejó este ingrediente de sabor extraño en nuestras vidas: lo efímero.
Que esa etapa que acabó hace pocos años ha sido un siglo de transformaciones vertiginosas y de vivencias extremas, no hay duda de ello. También es cierto que por debajo de las grandes transformaciones de distinto orden, y buscando la permanencia que esa pátina de lo efímero nos oculta, la humanidad se enfrenta con desafíos muy parecidos a los que tenía a principios de siglo, aunque –obviamente- inmersos en una complejidad mayor.
Lejos de la abstracción propia de las ciencias sociales, las historias de vida suelen reflejar esas persistencias, quizá porque, como decía Lennon, “la vida es aquello que nos sucede mientras planificamos cosas importantes”, por lo cual, al momento de mirar para atrás y reconstruirla, ponemos en evidencia su continuidad. Pensemos, por ejemplo, en Roger Casement, que a principios del siglo XX fue testigo de lo que era capaz el poder del dinero. Nunca más pudo conciliar el sueño después de conocer, como describe Vargas Llosa en ‘El sueño del celta’, “las indescriptibles crueldades a las que podía llegar el ser humano azuzado por la codicia y sus malos instintos en un mundo sin ley”. Nunca lo abandonaron las imágenes de esas personas cuyas manos habían sido cortadas por no alcanzar a recolectar las cuotas de caucho que las empresas británicas exigían en el Congo o en el Amazonas. El relato de las masacres caucheras europeas, como su lucha nacionalista por la independencia de Irlanda, son testimonios de una época donde el irrefrenable e impune poder del dinero se abría camino sobre el resto del mundo, especialmente la periferia.
Buscando una voz que nos hable de los fines de este siglo, problemático y febril, nos encontramos con Stéphane Hessel cuya vida no necesita ser novelada. En su infancia estuvo rodeado de intelectuales como Walter Benjamin o artistas como Marcel Duchamp. Al estallar la Segunda Guerra se incorporó a la resistencia francesa y fue parte del equipo de De Gaulle. Detenido por los nazis, fue torturado y deportado al campo de exterminio de Buchenwald de donde reiteradamente trató de evadirse, hasta que logró su objetivo haciéndose pasar por muerto. Al terminar la guerra fue enviado -en representación de Francia- a las reuniones para conformar la Organización de las Naciones Unidas, con lo que, con apenas 28 años, fue uno de los redactores más jóvenes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Luego, como parte del Gobierno francés, integró el grupo de funcionarios que promovió la independencia de Túnez y Marruecos y el fin de la guerra de Indochina. Este sobreviviente del siglo, que carga actualmente con 93 años, publicó recientemente un libro en el que da testimonio del fin de la centuria con una frase: “En este mundo hay cosas insoportables”. ¿A qué se refiere? En primer lugar, a la naturaleza del sistema económico y a las dificultades del mundo de la política frente al mismo. Afirma: “Nunca el poder del dinero fue tan inmenso, tan insolente y tan egoísta, y nunca los fieles servidores de Don Dinero se situaron tan alto en las máximas esferas del Estado”. Así, descarnadamente, Hessel nos dice que a fin de siglo XX todos los controles que el mundo de la política ejercía sobre la economía están siendo eliminados, ya sea por razones políticas o ideológicas, o como respuesta a los intereses de influyentes grupos de presión.
La propuesta con la que Hessel termina sus reflexiones remite a los conceptos que guiaban esas luchas de fines del siglo XIX, y trae a la memoria la experiencia y las denuncias de Casement como la necesidad de volver a pensar, y actuar, desde los viejos conceptos que se desarrollaron al calor de las luchas sociales de la modernidad. Se trata, para Hessel, nada más y nada menos de que “el interés general se imponga sobre los intereses particulares y que el reparto justo de la riqueza creada por los trabajadores tenga prioridad sobre los egoísmos del poder del dinero”.
Estas vidas y testimonios, como los de Casement y Hessel, nos vienen a decir que por debajo de las grandes y vertiginosas transformaciones del siglo, y de su carácter fugaz, persiste una disputa; y nos remiten a la necesidad de renovar las viejas aspiraciones de la humanidad con la idea de que, como dirían los antiglobalizadores de principios de siglo XXI, un mundo mejor es posible.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Credo

Escuché este poema hace algunos años, como parte de un disco que me regaló su autor. Un gran poeta de nuestra tierra. Desde entonces, cada tanto, me lo leo y re leo. Como una especie de cable a tierra, me recuerda lo mas importante en esta vida, cuando uno ya tiene la panza llena.
Tengo la sensación que este credo se lee mejor con un poco de música. De manera que si Ud. quiere, antes de leer, hágale click en el reproductor y, como decía María Elena Walsh, sábana y mantel, que no le falten a nadie.
Salú !!!


Creo en el amor,
que es padre todo poderoso,
fundador del misterio y la esperanza.

Creo en la lágrima, su única hija,
que fue concebida por obra y gracia 
de los ríos del alma.
Nació de la santa y preñada ilusión desmedida,
padeció bajo el poder de la apariencia y el decoro,
fue crucificada, mal vista y condenada,
ascendió hasta los ojos y, 
en un instante, 
resucitó a todos los sentimientos muertos.
Bajó a mis manos y está latiendo
a la diestra de mi corazón;
desde allí ha de venir a jugar
con todos los ausentes.

Creo en el espíritu del canto,
la santa empresa del alma,
la comunión de los besos,
el perdón de los helados,
la resurrección de los hombres,
y la vida entera.
Amén

Jorge Marziali

lunes, 12 de septiembre de 2011

"The visitor" y una reflexión sobre el sentido

El hombre se está secando, trabaja hace veinte años de lo mismo y hace "como si viviera". Se da cuenta y busca la forma de reconectarse con la vida y recuperar el sentido. Sin esa conexión interna es un visitante de la existencia, un turista del paisaje humano. Es conciente de su problema y busca. Con los mismos mecanismos y hábitos que lo hizo siempre, busca conexiones. Y no hay caso, nada sorprende su vida que se ha hecho gris. El sinsentido coloniza su corazón y no lo puede parar.
Este es el personaje central de The visitor, la película dirigida por Thomas McCarthy (director de "Vías Cruzadas", productor de "Entre Copas", para mas señas) y protagonizada por Richard Jenkins, Haaz Sleiman, Danai Jekesai.

La película es un llamado de atención a no despegarse de los latidos, del ritmo interior, de lo que sentimos. Invita a frenar la velocidad y prestar atención a lo sencillo. Viktor Frankl supo decir algo así como que nos autorrealizamos en la misma medida en que nos comprometemos al cumplimiento del sentido de nuestra vida. Y cada uno sabrá de que se trata, si lo perdió o no... si tiene que cuidarlo, o regar su planta, en fin. Lo cierto es que esa es la conexión que ha perdido el personaje que interpreta magistralmente Jenkins. La vida de este personaje parece gritar sin voz, porque ya no le queda. Parece decir, como lo hacía nuestra Eladia, no es lo mismo vivir que honrar la vida. Y no se trata de grandes cosas para sobresalir en algo, no. No hablo de grandes billetes, tan solo de monedas, decía Fito, no?.
De alguna manera este personaje está salvado porque busca y está abierto, y puede entonces dejarse sorprender  y recuperar su ritmo vital. 
La novedad llega sin permiso y con otro lenguaje, que no le exige estudio ni horas frente a su computadora... sólo estar dispuesto a lo nuevo. No es algo sencillo para alguien que ha rutinizado su vida , pero está dispuesto a dejar de ser visitante de un mundo que parece un espectáculo que disfrutan otros.
La película está inmersa en el drama de los inmigrantes ilegales del primer mundo, y se convierte en un diálogo entre visitantes que, en ese cruce, cada uno (en la medida que puede) va dando forma a su camino. Claro, como no puede ser de otra manera, el amor, en sus distintas formas, como encuentro o despedida, como amistad o lo que sea, hace lo suyo. 
Les dejo -para los curiosos- el trailer de esta hermosa película. 
Agradezco a Mariela que me la prestó.
Salú !!
 



sábado, 10 de septiembre de 2011

Irena Sendler o la banalidad del bien


Sábado por la mañana. Me levanto... desayuno... pienso en la película que vi ayer..., en los tangos bailados, miro mi patio... tranquilo, celebro que el viento me de un descanso.
Té en mano, abro el correo y uno de los mails concentra mi atención. No pude dejar de leerlo. Comenzaba con una foto: ¿Quien es esta mujer que me dice tanto con esa sonrisa?

La historia comienza cuando unos estudiantes norteamericanos que investigaban, en 1999, sobre el ghetto de Varsovia, ven que muchos de sus datos los conducen a una persona: Irena Sendler. Buscan su tumba pero no la encuentran. Claro, ella, con mas de 90 años, vivía en un hogar para ancianos de esa ciudad. ¿Qué tenía de particular Irena? Muy brevemente, su historia es asombrosa.
En 1939, cuando los nazis invaden Polonia, esta mujer trabajaba como enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, que se encargaba de mantener los comedores comunitarios de la ciudad, y además repartír ropa, medicamentos y muchas veces dinero, para los humildes. Cuando la ocupación alemana crea el ghetto de Varsovia, en 1942, la vida de Irena no da un vuelco. Mas bien profundiza lo que viene haciendo.
Las condiciones de vida allí, en el ghetto, eran tremendas. Por asesinato, hambre o "traslado", la muerte allí era segura. Las enfermedades infectocontagiosas estaban al orden del día y los alemanes no querían contagiarse, entonces relegaban esa tarea de "control sanitario" en personal polaco. De esa manera Irena consiguió una identificación para entrar, recorrer y salir del ghetto diariamente.

¿Que hacía Irena recorriendo las calles del ghetto? Wikipedia lo relata mejor: Pronto se puso en contacto con familias a las que ofreció llevar a sus hijos fuera del gueto. Pero no les podía dar garantías de éxito. Lo único seguro era que los niños morirían si permanecían en él. Muchas madres y abuelas eran reticentes a entregar a sus niños, algo absolutamente comprensible pero que resultó fatal para ellos. Muchas veces, cuando volvía a visitar a las familias para insistir sobre la cuestión, se enteraba que todos habían sido llevados, en tren, a los campos de exterminio.

Así esta mujer comenzó a rescatar niños del ghetto. Comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto se valió de todo tipo de subterfugios que sirvieran para esconderlos: sacos, cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercancías, bolsas de papas, ataúdes... en sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape. En un año y medio logró salvar aproximadamente 2.500 niños, ayudada por un perro cuyos ladridos tapaban el llanto de aquellas criaturas que no soportaban la situación o no podían ser dormidas.

Irena tuvo la precaución de hacer una lista de los niños que rescataba, con todos sus datos. Metió esa información en frascos y la enterró a los pies del manzano de su vecino. La idea era que cuando termine la guerra esos niños puedan saber de sus padres, reconstruir los lazos y su identidad. Claro, muchos de esos padres terminaron en los campos de exterminio, el caso mas conocido de estos niños es el de la niña de la cuchara de plata.

En determinado momento Irena es descubierta por la Gestapo y llevada a la temible cárcel de Pawiak. En los "interrogatorios" le rompeiron sus pies y sus manos, pero no dió los nombres de sus colaboradores ni reveló el lugar en que guardaba la información sobre los niños. 
Cuando fue retirada de la celda para su ejecución, el soldado que le apuntaba le gritó en polaco "corra!!!". Había sido sobornado por resistentes polacos para salvar a Irena y la información sobre los niños.

Irena fue una desconocida y siguió siéndolo por mucho tiempo, porque nunca habló de su vida durante la segunda guerra y la dictadura comunista tampoco la trató bien. En 1965 la organización Yad Vashem de Jerusalén le otorgó el título de Justa entre las naciones y se la nombró ciudadana honoraria de Israel.
Hasta su muerte, 12 de mayo de 2008, a los 98 años, vivió en el hogar de ancianos rodeada de flores y recibiendo absequios de aquellos niños, desde distintos lugares del mundo. Cuando se le preguntó por su tarea, respondió: no hice nada extraordinario, hice lo que tenía que hacer y se lamentaba por los que quedaron en el camino.
En el 2008 fue propuesta por el gobierno de Polonia para el Nobel de la Paz, pero ese año se lo entregaron a Al Gore, por su trabajo sobre el calentamiento global, y al año siguiente a Obama, por sus intenciones.
Cuando terminé de leer el mail miré nuevamente la sonrisa de Irena, y mis ojos se cargaron festejando la banalidad del bien. El té se me enfrió y se me calentó el corazón. 
Que buena mañana.

Nota: hay una película sobre Irena, alguna información en Wikipedia y, en You Tube, parte de un reportaje. Les dejo los links para acceder y un hermoso homenaje que econtré en la web.
Salú !!
J.Q.
Irena Sendler en Wikipedia
La peli sobre Irena