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martes, 12 de enero de 2016

Dictadura con permiso de la República

Por José María Mendes[*]
Para los argentinos la palabra dictadura significa lo opuesto a democracia y se explica, históricamente, por la alternancia de gobiernos surgidos de la urnas y golpes cívico militares durante el pasado siglo. La experiencia de “golpe” más cercana y traumática se inició en 1976 así, en nuestro lenguaje, Democracia y Dictadura son términos opuestos.
Sin embargo, con la ayuda de la historia, se puede presentar otro modo de ver las cosas. En la República antigua (Ciudad de Roma siglo V al I aC.) la dictadura era una “Institución” de la República. En casos de peligro (guerra o estados de emergencia) para la urbis, el Senado de Roma ordenaba a uno de los dos Cónsules la designación de un Dictador. El Senado tenía la autoridad para determinar cuándo era justificado el nombramiento y quién debía ocupar el cargo. Se trataba de una Magistratura Extraordinaria dotando a un hombre de poderes absolutos, sin que por ello quedase derogado el sistema político y jurídico pre-existente. Los romanos de la etapa republicana no querían volver a la monarquía.
El designado Dictador ejercía su autoridad por espacio de seis meses como máximo,  período en el que quedaban en suspenso todos los procedimientos ordinarios y las funciones de los magistrados. Nadie podía criticar ni discutir las órdenes del Dictador. El Senado, que en nada se parecía al nuestro, se conformaba con los representantes de las familias patricias de Roma (entiéndase nobles y ricas) y gobernaba en nombre del Pueblo de Roma. Existían además los Comicios que eran una suerte de participación muy (pero muy) indirecta de los ciudadanos de Roma, sistema que sería muy engorroso explicar aquí. Las instituciones de la República fueron cambiando entre el siglo V aC y el I dC.
Para que quede claro: no hubo Democracia en la Roma antigua. Hubo República en tanto funcionaba un sistema de instituciones y magistrados con funciones periódicas, y un sistema de representación. Democracia y  República no son entonces, histórica y conceptualmente, términos equivalentes.
La "tradición republicana" admite, permite, no clausura la posibilidad de una dictadura para afrontar una situación de peligro o restablecer el orden.
La precedente distinción histórica y conceptual tiene contemporaneidad en la Argentina de hoy, con su república y su senado. Las decenas de DNU que promulgó el gobierno del PRO (porque el gobierno es PRO), con la aprobación de sus aliados de  CAMBIEMOS, están avaladas por el SENADO. No es el Senado que se reúne en el edificio del Congreso de la Nación sino el SENADO “estilo Romano” compuesto por los representantes de las familias patricias. Las familias patricias son hoy la elite agropecuaria, los poderes financieros, comerciales y mediáticos cuyos nombres vemos flamear en el gabinete de ministros y en la nómina de funcionarios (nombres y vinculaciones en el gabinete nacional) . Esta es la concepción de República que habilita (necesita) una "Magistratura extraordinaria" para desarmar en poco tiempo el estado de cosas que había asomado en la etapa Kirchnerista. Para eso trabajaron.
Se pueden enumerar las medidas tomadas por el macrismo y discutir la legalidad y lo adecuado de los procedimientos de cada una de ellas. No lo haremos en este escrito. Sí se destaca aquí que la parte más poderosa de la sociedad ha permitido que el Presidente ejerza Poderes Extraordinarios. Con el silencio (caben interpretaciones) de una ciudadanía que lo votó por mayoría (ajustada pero mayoría al fin).
El intento de designar Jueces de la Corte Suprema por decreto, las presiones para expulsar a la Procuradora General de la Nación (que es la abogada del estado), la devaluación (que implica una importante pérdida del poder adquisitivo de los salarios), la derogación de aranceles a la importación;  la eliminación de las retenciones; la derogación por decreto de la Ley de comunicación audiovisual, la intervención (y disolución de la AFSCA); la designación en cargos públicos de gerentes de empresas multinacionales y abogados que defendieron intereses antinacionales, ocupando puestos clave con funciones de fiscalización del estado; las negociaciones para la toma de deuda y capitales de corto plazo, la represión a los trabajadores y la protesta social; sólo por mencionar a algunas de las medidas tomadas en menos de treinta días, son atribuciones que los poderes reales, el SENADO (real) no discutirá porque las exige. Sólo de este modo y a través de una operación de shock, que no tenga fácil retorno, puede dejar descolocados a los sectores políticos y sociales que sostuvieron la etapa del Frente para la Victoria.
Durante los 12 años de gobierno del Frente para la Victoria (no exentos de errores y contradicciones) no se atropellaron los marcos legales. Nunca se buscó una magistratura extraordinaria, entendida conceptualmente.
Tanto el modo como el contenido de las medidas que hoy se toman son con la anuencia de importantes sectores de la Alianza CAMBIEMOS y que seguramente serían discutidas en otro contexto político. No es menor destacar que esto cuenta con la conformidad del Poder Judicial casi en bloque y con el silencio de algunos sectores políticos que no apoyaron (abiertamente) a ninguno de los competidores en el ballotage.
El otorgamiento de poderes extraordinarios al Presidente de la República, el permiso para cargarse leyes, la autorización para gobernar sin parlamento están, en cierto modo facilitadas por la época del año (el receso del Parlamento, la diáspora de enero) y por la desarticulación del Sistema Nacional de Medios Públicos.

El impacto de las medidas que toma el gobierno por DNU (o de cualquier otro modo) tardará unos meses en doler. La anestesia leve facilita que se dirija la mirada de la ciudadanía hacia fuera de la cancha. La ciudadanía está mirando a la tribuna de los locales, exhibida en la amplia mayoría de los medios de comunicación con un blindaje mediático tan cerrado como el que abría requerido la Magistratura Extraordinaria de la Antigua Roma.
Macri ganó las elecciones legitimadas por un sistema constitucional que otorga al Presidente un importante poder de decisión, pero traduce esto en una especial forma de entender la REPÚBLICA, sostenida en una concepción aristocrática y oligárquica. Esto, más la alianza de los sectores privilegiados que quieren recuperar o mantener su hegemonía, le otorga la suma del poder público. No sabemos por cuánto tiempo ni con qué resultados.
La Magistratura Extraordinaria que habita Macri desde el 10 de diciembre, necesitará - en términos de Gramsci- de un consenso igual o mayor al que hoy lo sostiene (porque lo sostiene un consenso). El país no ha estallado y no parece que vaya a hacerlo prontamente. Es crucial para el Presidente no perder los apoyos que tiene, que son muchos y poderosos. ¿cómo lo logrará cuando se comiencen a percibir los resultados de las medidas que está tomando?
A favor tiene el agradecimiento y excitación de la derecha política y de los poderes fácticos que se mencionaron más arriba: es mucho y queda por sumar. Para retenerlos debe ser firme en el camino que ha tomado: demoler lo K que exista, lo Nacional y Popular que quede, y al peronismo sospechoso de serlo.Quizá le convenga, en algún momento, sostener la vitalidad de alguno de estos sectores para agitar el peligro de su retorno. Y para retener el apoyo, y sumar poder debe “distribuir” la riqueza en el sentido exactamente opuesto al del Kichnerismo, o sea, concentrarla en favor del SENADO.
Más tarde o más temprano esos serán los términos del conflicto principal.
Tres son las principales herramientas que tiene el Presidente para realizar su cometido:
Una: sostener la hegemonía en los medios de comunicación, necesaria para producir consenso. En pocas palabras significa producir un efecto tal que, los perjudicados por estas políticas, crean que es “lo mejor que les puede pasar” y que piensen que las medidas tomadas no son para alarmarse o, al menos, que son inevitables o, simplemente, que la sociedad sepa más de la vida de vedettes que de economía o política. En ese sentido se están moviendo los medios concentrados y algunos periodistas que en ellos buscan refugio.
Dos: la toma de deuda, un aporte de liquidez que puede amortiguar por un tiempo los efectos de las medidas económicas. Efecto ilusorio por cierto, ya que toda deuda implica un vaciamiento de las arcas a mediano o largo plazo.
Tres: la represión a la protesta social, herramienta que no ha dudado en echar mano toda vez que los consideró (y fueron varias hasta el día de hoy).

Haber comenzado el gobierno con una Magistratura extraordinaria conlleva un problema: es difícil ir por más poder. No es imposible, pero es difícil.
Al mismo tiempo, al avanzar en esta dirección, puede aglutinar un movimiento contrahegemónico que se proponga justo lo contrario, y decida enfrentar al SENADO, es decir, no seguir perdiendo derechos, resistir la represión y sacar del gobierno a los enemigos del pueblo.
En la construcción de esta contrahegemonía pareciera que la clave es repensar el Proyecto Nacional y Popular, sus articulaciones, su estrategia, su tácticas. Darse un baño de humildad para establecer nuevos acuerdos de heterogeneidades y reconstituir un espacio donde -como siempre- hay nacionales y populares de toda laya y color. Romper el cerco mediático, ocupar la calle, apoyarse en el amplio y diverso abanico de espacios que se forjaron de la década pasada. Porque esto no viene fácil y será largo.
Hasta hoy el sentido común le va ganado al buen sentido (y por más de un dos por ciento). No obstante, la sociedad Argentina ha demostrado que no hay partido cuyo resultado no se de vuelta. No faltan organizaciones sociales y políticas que estén pensando en nuevas formas de articulación. La larga tradición y experiencia de luchas populares está a prueba y los motivos sobran. El pueblo, con sus tiempos, marcha sin apuro y, como supo decir un grande de las letras rioplatenses, si pudo engendrar en su seno las montoneras de otrora, cuando llegue la hora mañana también podrá, clavar a su voluntad mil estrellas en la aurora.


[*] Magister en Teoría y Metodología de las Ciencias Sociales. Profesor de Historia en la Universidad Nacional de Río Negro y el Instituto de Formación Docente de El Bolsón. Miembro de Carta Abierta de la Comarca Andina del Paralelo 42º.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Jauretche, el peronismo y el 2015

Antes que nada, habría que mencionar que Arturo Martín Jauretche no tuvo una relación fácil con el peronismo.
Sabemos que se suma al movimiento luego del 17 de octubre de 1945 y que, en 1946, se postula a senador como integrante de una de esas pequeñas facciones del radicalismo que se incorporó al Peronismo. Pero  tempranamente Don Arturo conocerá el efecto del estilo personalista de conducción cuando una decisión de Perón lo deja fuera de la lista de candidatos. Ese fue su primer desencuentro. 

Luego, su alejamiento de la función pública, en 1950 –presidía el banco Provincia de Bs As- no sorprendió a la cúpula peronista, sus disidencias eran conocidas. Es el momento en que Don Arturo comienza a sentir, sobre su persona como sobre otros intelectuales que estaban cercanos al movimiento popular, el efecto del giro autoritario del peronismo de los ‘50. De hecho, Hernández Arregui le anoticia en una carta que uno de los más sobresalientes constitucionalistas argentinos de entonces, que había sido el principal portavoz de la reforma constitucional del peronismo en 1949, Arturo Enrique Sampay, estaba acusado de “infiltrado”. El mismo Jauretche, durante dos años, deberá someterse a una investigación que no tiene otro objeto que el de hostigarlo, al punto que el inspector de policía llega a decirle: Vea doctor, la verdad que a mí me mandan para ‘joderlo’, nada más.[1] No obstante, Don Arturo no confundió una situación con otra: …me llamé a silencio. Porque sabía que, con todos sus defectos, la caída de Perón significaría la vuelta de la oligarquía y el imperialismo.[2] Es decir, no se le hacía fácil convivir en el peronismo.

Ahora bien, ¿que es lo que cuestionaba Jauretche de Perón? ¿En que consistían esas tensiones? Y es aquí donde esa mirada crítica de Don Arturo puede aportar algo a lo que sucedió con la derrota peronista en las elecciones presidenciales del 2015.
Uno de los primeros temas que sobresalen es el fuerte rechazo de Don Arturo al personalismo. El movimiento está unido a través de una sola figura y por ello no se puede dejar crecer otra [...] Así se eliminaron muchos valores. Sistema que tiene la propiedad de permitir la maniobra rápida pero anula la posibilidad de nucleamiento alrededor  de cada uno de los tantos hombres capaces que tiene el movimiento.[3] Pero además, ese personalismo tenía otras consecuencias con las que Jauretche tenía problemas: los alcahuetes -o el coro de aplaudidores, como solía decir- y la propaganda. Efectivamente, los adulones -decía Don Arturo- son una cosa terrible, porque destruyen, porque no ayudan, no informan y engañan[4]. Lo alerté a Perón del mal que le causarían los obsecuentes, así como lo contraproducente que resulta una propaganda machacona y personalista[5].


El problema del personalismo se hacía más grave con lo que otros autores llamaron “tendencias hegemónicas del Peronismo”, que Jauretche señaló claramente, y que enervaba a las clases medias y posibilitaba la creación progresiva de un bloque opositor. Tendencias que parecían dejar poco lugar a la disidencia creativa: Perón no dejó margen para los no peronistas que eran nacionales.  Caímos cuando pusimos lo partidario por encima de lo nacional[6].

Finalmente, la relación con las clases medias y la burguesía. La visión jauretcheana respecto a ésto, y a lo que debe ser una revolución nacional en un país semicolonial, se desnuda como en ningún lugar en su intercambio epistolar con J.W. Cooke. Allí escribe, con inocultable acritud acerca del líder exiliado: El ‘genio de la conducción’ se olvidó de los factores de poder que están excepcionalmente en el campo de los trabajadores pero que de manera permanente reposan en la clase media y la burguesía. Éramos el partido con todas las condiciones deseadas por los teóricos de la revolución nacional, proletariado unido a las clases progresistas, es decir, a los sectores del capitalismo vinculados al desarrollo del mercado interno. El ‘conductor’ hizo cuenta electoral: los trabajadores me dan un millón de votos de diferencia votando sólo los hombres, votando las mujeres me darán dos millones. Puedo prescindir de los sectores burgueses y de las clases medias que lo único que hacen es crearme problemas y discutirme la unidad de mando que requiere mi genio. Se dedicó entonces, a destruir sistemáticamente al sector político, que era el que impedía la unidad total de las otras clases en su contra; después le metió al problema de la Iglesia. El resultado fue el lógico; unificó alrededor de sus adversarios todas las clases que son factores de poder, enervando a lo poco que se quedó de ellas que es el caso nuestro. Cuando las clases estuvieron unificadas en su contra, lo voltearon y los trabajadores no sirvieron para defenderlo.[7]
En fin… Me resultó interesante volver sobre estas viejas notas y reflexiones...
Las comparto.

J.Q.



[1] Arturo Jauretche. Revista Extra. Marzo de 1967. Citado por Galasso, Norberto, Biografía de un argentino. Homo Sapiens, Buenos Aires, 1997.
[2] Arturo Jauretche. Revista Así. 1963. Citado por Galasso, Norberto. Op. Cit.
[3] Jauretche, Arturo. Tribuna Oral. 31 de enero de 1961. Citado por Galasso, Norberto. OP. Cit.
[4] Borradores de Arturo Jauretche. Citado por Galasso Op. cit.
[5] Declaraciones a No. Galasso. Citado por Galasso
[6] Jauretche, Arturo. Revista QUE, mayo de 1958. Citado por Galasso, Op.cit.
[7] Arturo Jauretche en carta a J.W.Cooke. Cichero, Marta. Cartas peligrosas. Planeta, Buenos Aires, 1992.

jueves, 7 de junio de 2012

El desafío "K": entre Discépolo y Fito




Homenaje pos morten a Jorge Devoto 
Leo a la presidenta y me cuestiona. Hace tiempo ya –demasiado- que me viene entrando ese puñal. La leo y me devuelve un desafío al corazón… el de volver a creer. La leo y me devuelve el desafío de no pararme en el rencor de lo que estos mismos actores hicieron antes. La leo y me llama a encontrarme con otros en el dolor de lo que nos sucedió. La leo y siento que me desafía a ir hacia adelante y a dejar atrás el mito del eterno fracaso que –como tangueros irredentos- llevamos encima. La leo y re leo… y siento que hay algo en mí que se resiste a entrar de nuevo en ese juego… Los militares, el peronismo, el radicalismo. Cuánto destrozo han hecho... Entre el crimen y la estafa, han destruído el país. Y sin embargo, con su irreverencia habituial, el desafío me lo hace, insiste en hacerlo. Es como si me dijera: “Si, así fue, pero aquí estamos… no derrotados. Existe la dignidad, existe la alegría y estamos dispuestos. De a poco, vamos andando… Hoy homenajeamos a Jorge Devoto, mañana, veremos”. Y así parece! Pero duele, pareciera que el destrozo de otros tiempos y el sentido tanguero de siempre se potencian para atarnos a la melancolía. Hasta duele el desafío de lo que sucede en el país desde hace tiempo. Duele porque uno se acostumbra a quedarse en la queja discepoliana… se acostumbra a decir: si yo tuviera el corazón… el corazón que di… si yo pudiera como ayer… querer sin presentir… Pareciera que uno no quiere salir de sentirse vacío ya de esperar y de llorar tanta traición.
Sin embargo insiste… y pone el dedo ahí, en el exacto y preciso lugar donde dolió antes: en la economía, la cultura, la justicia, la desesperanza, el amor propio. A veces esa precisión de bisturí me resulta insoportable, pero no puedo dejar de leerla y de contentarme con su desafío. En el fondo, estoy feliz de que pueda volver a esperanzarme. Me encanta Discépolo, disfruto el tango, pero soy de otra generación… y, siguiendo el desafío de nuestros tiempos, enfrento a ese fatalismo con otras letras. Porque además, todas las mañanas, no deja de desafiar. Entonces frente a aquel narigón querido, irredento tristón que perdió su corazón…, me paro y digo, con todas las formas de mi tiempo:  “quien dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón… Tanta sangre que se llevo el río...”

Después de todo, es nuestro país, y así somos. Como decía Osvaldo Soriano, nadie es del todo argentino sin un buen fracaso, sin una frustración plena, intensa, digna de una pena infinita. Pero somos algo más que tango. El desafío de estos tiempos viene a compensar el bandoneón que cargamos con la celebración vital del violín quichuista de las chacareras, la sensualidad de las zambas, con el cogollo regalado en una tonada, el abrazo chamamecero o el repique de los tambores murgeros. Y ahí vamos, celebrando desafíos y reflotando esas viejas musicalidades que teníamos dentro nuestro en las múltiples formas de este nuevo tiempo.
Abrazos.
J.Q.

sábado, 19 de noviembre de 2011

"Estela" y los trabajos de la memoria

Publicado en "Diario Río Negro" edición del  23 de noviembre, sección espectáculos.

Por simple decoro generacional, no diré desde cuándo escucho a León Gieco, basta con decir que mis ideas han crecido con sus letras, entre otros insumos. Pero hay una canción de este querido trovador que siempre me resultó incómoda. Lleva por título La memoria. Se trata, para este humilde escriba, de una canción tanguera, con todo el lamento de los buenos tangos. Siempre que escuché esa canción pensé: ¿no hay virtudes, alegrías, ideas memorables, recordables? La escuchaba y me resistía a que hacer ejercicio de memoria fuese solo recordar todo el dolor que nos han infligido. Es una mirada sobre esa canción que, con seguridad, muchos no compartirán. Sé que no es eso lo que está detrás del poema de León. Lo que está detrás de ese poema es el hecho de que todos esos crímenes, todo el “engaño y la complicidad”, han pretendido sepultarse con políticas de olvido, que han fracturado la transmisión de la memoria. Era una canción de los años ’90, cuando el peronismo había profundizado las políticas de impunidad del alfonsinismo. Ese era el contexto. Es que los trabajos de la memoria –esa combinación de recuerdos y olvidos- hablan de cómo nos paramos en el presente, de la hostilidad del mismo, o de cómo el sujeto de instala en sus días.

La película Verdades verdaderas: la vida de Estela, de Nicolás Gil Lavedra, si bien es básica y austera, nos ofrece un ejercicio de memoria diferente. El film comienza justamente con el recuerdo, pero vinculado a la alegría y a la esperanza. Hay muchas expresiones que simbolizan ese sentimiento, el gesto de plantar un árbol, que es ciertamente muy parecido al de esperar un nieto, es una de esas formas. Con ese gesto de esperanza en una familia platense como tantas, comienza esta historia que continúa plagada del recuerdo de pequeños detalles que la vida cotidiana regala en forma de imperceptibles alegrías del día: la comida en familia, el humor afectuoso de padres mayores, la complicidad intrafamiliar, etc. Desde el comienzo uno está emocionado, pero no tanto de tristeza por la historia que sabemos que vendrá. 
Si la lágrima brota casi con los títulos, en este caso es porque -como diría el poeta- es hija de la ilusión desmedida y ha madurado lentamente en nosotros cuando nos vemos en esos pequeños detalles de la vida. Luego la lágrima sigue, ya no solamente como hija del deseo de futuro sino como expresión de dolor por lo que nos ha pasado, por la experiencia de esa familia que, de alguna manera, es la expresión familiar de lo que somos como país. El final está en las antípodas de la canción de León. Son todas sonrisas, alegrías paradas en el umbral de una historia dolorosa. Es otro el contexto, se han revertido las políticas de olvido. Otro ejercicio de memoria es posible.


Una ausencia extraña

Esta mujer, que todos llevamos en el corazón, con orgullo y afecto, ha contado en varias oportunidades, muchas cosas de su vida. Por ello no dejó de llamarme la atención la ausencia en el film de una experiencia familiar que refleja, mucho mas que ciertas situaciones de la película que tienen el mismo sentido, las contradicciones de una sociedad, pero en este caso en el seno de la familia Carlotto: el mundial de fútbol de 1978.

No hace falta decir mucho sobre ese mundial. Ya se sabe que (junto a la Guerra de Malvinas) ha sido una de las más costosas operaciones de manipulación popular de la dictadura. Algunos jugadores extranjeros sabían de la cuestión de los DDHH y el terrorismo de estado, pero pocos se animaron a hacer lo que hicieron Ralf Edström y Staffan Tapper, jugadores de la selección sueca.
Recordemos un poco: Era jueves 1ro de junio, Alemania y Polonia abrían esa “fiesta” en la cancha de River. Pues bien,  estos dos suecos se convertirían en los únicos jugadores del mundial que prefirieron estar frente a la Casa Rosada acompañando la ronda de las Madres de Plaza de Mayo, que reclamaban por sus hijos desafiando al poder y tratando de llamar la atención del mundo.
Como si su familia fuese el país, Estela Carlotto ha contado en varias oportunidades que, mientras ella lloraba en la cocina de su casa, junto a su marido por su hija desaparecida (Laura Carlotto), en el comedor sus cuñados y otros tantos familiares gritaban los goles de Kempes, el matador. 
Carlos Ferreyra supo decir:
Aquello fue mundial.
Hicimos pelota nuestros miedos,
Le pusimos un caño a los horrores,
Apartamos de taquito la miseria,
gritamos el horror como si fuera un gol.
Y nosotros allí,
con el mundo al revés,
hechos pelota.

Pienso en esa escena ausente y me detengo nuevamente en la estación de la memoria, a tratar de desentrañar esa relación tan difícil de entender: la de las sociedades con sus dolores y su pasado. Pensaba en eso y recordé el momento en que fui a sacar la entrada. Había, para entrar al cine, dos colas de aproximadamente 50 metros, predominantemente jóvenes. Como había llegado sobre la hora me dije: “Me quedé sin entradas”. Pero no, en el estreno en Neuquén de Verdades verdaderas. La vida de Estela, éramos sólo tres personas en la sala. Creo que para Crepúsculo I se agotaron las entradas. Quizá fue una simple casualidad, pero no dejo de pensar en el detalle.

jueves, 27 de octubre de 2011

La redondez de la Argentina

Publicado en "La Mañana de Neuquén" el domingo 24 de octubre de 2011


En el día de hoy, por séptima vez en lo que va del período democrático más largo de la historia argentina, elegimos presidente de la Nación. Las primarias ya dieron su veredicto. Lo que queda por saber es cuál será el porcentaje que alcanzará la Presidenta y quién se presentará como principal fuerza opositora. Datos importantes, por cierto, ya que no es lo mismo iniciar un segundo período con escaso respaldo o que la principal expresión de oposición sea de centro izquierda, o simplemente de derechas.
Un porcentaje mayor al 50 ó en torno al 60% es un inmejorable piso para un proyecto político: de un grupo, de un partido o de una Nación. En nuestro país son escasas las instancias en que una propuesta política se alzó con ese nivel de respaldo: podríamos hablar de Perón, que llegó al récord de 62% en 1973, o de Menem, que llegó al 53% en  1995. Cada momento tendrá su explicación, en los setenta o en los noventa. En nuestro caso, las razones parecen obvias: en estos últimos ocho años Argentina detuvo una larga decadencia en la que la dictadura y el peronismo de fin de siglo fueron la máxima expresión de esa pesadumbre.
 
Pensemos que nuestro país pasó de ser el más igualitario de América Latina y una de las economías capitalistas con mayor participación de los trabajadores en la renta nacional, a estar entre los más desiguales e injustos del continente. Así terminamos el siglo XX, con el hedor de la decadencia impregnando la vida cotidiana. Pues bien, estas elecciones son hijas de la forma que los argentinos hemos iniciado el tercer milenio: con un estallido ejemplar, fruto del hastío ante la tozudez de los poderosos, y de poner a prueba nuestras potencialidades.  El país se levantó, está empezando a caminar y, más aún, pareciera que hemos empezado a revertir esa penosa y larga caída. Hemos pasado de la bronca y desesperación a la alegría de la reconstrucción.


Crisis de paradigmas

El mundo está cambiando vertiginosamente. Por primera vez en quinientos años, es decir desde la conquista de América, las  naciones industriales de Occidente pierden el monopolio ejercido sobre la gestión de la ciencia y la tecnología, sobre la transformación productiva, la organización de la economía mundial y, más aún, parecen no saber cómo hacer para recuperarse. Sus paradigmas están en crisis, la globalidad está cambiando de formas. ¿En que lugar se quiere colocar Argentina? Porque si algo aprendimos de las últimas décadas es que cada país tiene la globalización que se merece.

En ese contexto, también nuestro país se transformó a gran velocidad. Dio grandes pasos en el tratamiento de sus heridas, recuperó la vitalidad económica con niveles de desempleo cercanos a los históricos en el siglo XX y, lo que es más destacable, está avanzando a pasos agigantados en desmantelar el arraigado sistema de zonzeras económicas. Alejandro Bunje, Raúl Prebisch, Marcelo Diamand, Jorge Sábato y Aldo Ferrer, por nombrar a los mas sobresalientes, son hoy “parte del aire” que se respira, no sin conflictos, en la Argentina de nuestros días. Conceptos, ideas, reflexiones, categorías desarrolladas por ellos, en su tiempo y en su contexto, son parte del andamiaje de un pensamiento que está reverdeciendo.
Estos brotes de un pensamiento económico alternativo son parte del esfuerzo de reconstrucción que hemos hecho. Porque la globalización es el espacio en que ejercen el poder las potencias dominantes, y uno de los principales mecanismos de la dominación radica en la construcción de teorías y visiones que son presentadas como criterios de validez universal pero que, en realidad, son funcionales a los intereses de los países centrales. Pues bien, en los tiempos de nuestro bicentenario, coincidente con la enorme posibilidad de estructurar un proyecto nacional de largo plazo, el centro del mundo no está en condiciones de hacer recomendaciones, y Argentina parece dispuesta a impulsar políticas más acordes con un destino de autonomía y justicia social.
Vale abundar sobre la cuestión. 
Hay un principio de conocimiento básico, que la economía –como otras disciplinas- suele olvidar: que todo principio general y abstracto de política económica, o de cualquier orden, está condicionado por la realidad de cada país y por la circunstancia. En 1970, en la introducción de “Hacia una dinámica del desarrollo Latinoamericano”, Raúl Prebisch decía: “Yo creía en todo aquello que los libros clásicos de los grandes centros me habían enseñado [pero] era tan grande la contradicción entre la realidad y la interpretación teórica elaborada en los grandes centros, que la interpretación no solo resultaba inoperante cuando se llevaba a la práctica, sino también contraproducente”.

Nuevo consenso

En nuestros días parece haber un consenso en la política económica latinoamericana. Ese consenso parte de la búsqueda de respuestas fundadas en una visión arraigada en la realidad propia, no subordinada a los enfoques convencionales, teniendo como objetivo el desarrollo social y la ampliación de la capacidad de América Latina de decidir su propio destino, en un contexto de cambios vertiginosos. Los insumos no son desconocidos, las ideas que vienen del nacionalismo popular (desde Jaurechte en adelante), como las que derivan del estructuralismo latinoamericano (Prebisch y cía) o de la teoría de la dependencia (Marini, Dos Santos, etc.), tienen un potencial teórico que está comenzando nuevamente a explorarse en vistas de cambiar el paradigma desde donde pensar nuestras economías e impulsar políticas de desarrollo autónomo y sustentable.
Ahora bien, no se trata simplemente de volver a citar a esos autores, es cuestión de tomarlos como punto de partida y construir una alternativa. En ese sentido, la consigna de Simón Rodríguez, “inventamos o erramos”, parece hoy más vigente que nunca, en un contexto nuevo y desafiante. El mercado internacional es, entre muchas otras cosas, el encuentro de políticas de promoción y defensa de los intereses propios; más llanamente, políticas nacionales en juego. Es cuestión de construir la propia que derivará de la forma en que nos pensemos en el mundo. Nada imposible si hay un pensamiento que la respalde, una pasión que nos mantenga en la senda y una voluntad de construir una Nación soberana.


Autoestima

Reiteramos la idea, este proceso de transformación en las ideas es fruto de la forma en que hemos logrado detener, en estos ocho años, la larga decadencia que arrastrábamos. Que el proceso continúe no depende de una persona, por lúcida que sea, y menos de políticos o partidos que demostraron servir tanto para un barrido como para un fregado. Si así pensamos, estamos nuevamente en problemas. Esa larga decadencia no fue fruto de marcianos que nos sometieron a transitar un camino al que no quisimos entrar. Desandar esa senda es desaprender viejas prácticas que están instaladas todavía en nuestra forma de entendernos como sociedad y que nos dificultan pensar, desde nosotros, en el largo plazo. Ya lo decía Arturo Jauretche: El argentino es vivo de ojo y zonzo de temperamento’, con lo que quería significar que paralelamente somos inteligentes para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y no cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las que hacen a la colectividad y de las cuales en definitiva resulta que sea útil o no aquella viveza de ojo. En fin, tenemos mucho por andar y por aprender de nosotros mismos y de los demás países. Pero en esta instancia, reitero la idea central de estas notas: fruto de estos años hemos recuperado porciones de autonomía que creíamos perdidas, girones de justicia que creíamos imposible, un nivel de productividad que creíamos desaparecido en la historia y, sobre todo, mejoramos nuestra autoestima.
Aunque el lamento tanguero es parte de nuestro ADN, hoy parece lejano aquel decadentismo de Osvaldo Soriano que afirmaba que “nadie es del todo argentino sin un buen fracaso, sin una frustración plena, intensa, digna de una pena infinita”. Ese bandoneón de nuestro sentir seguirá estando, pero está claro que no somos sólo eso. Me viene a la memoria un viejo poema de Benedetti, “Defender la alegría”. Esa me parece que es la consigna de estos días. Defender la alegría, como actitud vital para buscar nuestra redondez. Sí, nuestra redondez. El Subcomandante Marcos señaló alguna vez que el neoliberalismo quería un mundo cuadrado, con rincones donde poner a la gente que sobra. Pero el mundo es redondo, sin rincones. Y ahí vamos entonces, con alegría, buscando la redondez de este hermoso país.

Juan Quintar

sábado, 26 de marzo de 2011

Hechale premium...

Publicado en La Mañana de Neuquén, Suplemento Económico, Domingo 3 de abril de 2011

En una estación de servicios de las afueras de la ciudad de Neuquén, la señora –con toda la pinta de un destino cordillerano- se baja de su auto nuevo y le pide al playero que llene el tanque. Cuando le dicen que no hay nafta súper contesta: “hechale Premium” (que es casi un 20% más cara). 

La situación es todo un cuadro de estos días, la falta de combustible, -en especial de nafta súper- los domingos, los comienzos de cada semana o los fines de semana largos. Pero el cuadro nos habla también del aumento del consumo. Pareciera una pintura bastante simple de describir: La Argentina viene creciendo a tasas asiáticas, un 8,3 por ciento el último año, recuperando el ritmo que nos caracterizara desde 2003. Y si bien hay un “viento de cola” importante (la tracción asiática, el crecimiento de nuestro principal socio -el Brasil- el precio de las materias primas que no para de crecer, etc.), no es un dato menor el consumo doméstico como factor de expansión. En el 2010, el consumo interno es responsable en casi un 50% de gran parte de ese  crecimiento y ello obedece a la multiplicación del empleo como a la mejora de los salarios. Está claro que ese aumento de la demanda presiona sobre la producción, los precios (inflación por demanda) y, claro está, también sobre la estructura energética. 
Hasta las petroleras mismas señalan que los niveles de producción hoy no alcanzan para satisfacer una demanda que crece a pasos agigantados. Entre el año 2003 y el 2010, la producción de petróleo procesado cayó 7,4%, mientras que la demanda de combustibles líquidos, en el mismo periodo, creció 43%. La realidad es ésta: hoy la Argentina produce menos nafta que hace 20 años y la cantidad de automóviles creció enormemente. Los datos del Instituto Argentino del Petróleo y Gas lo confirman: en el 2010 producimos 1.200.000 metros cúbicos de nafta menos que en 1990.
Como se ha dicho mas arriba, es la consecuencia del aumento de la demanda que implica todo proceso de crecimiento. Para decirlo de una manera sencilla: El muchacho crece y le queda chica la ropa. Y es indudable que así sea, pero eso es solo parte de la cuestión. Cuando nos informamos sobre el problema, nos vemos inmediatamente  sumergidos en tratar de entender las distintas rentabilidades que inciden sobre el problema: los trabajadores de las expendedoras de combustible que reclaman un 30% de aumento salarial; la Cámara de Expendedores de la República Argentina dice que trabajan al límite y que la cantidad que se distribuye es poca, que agotan rápidamente el stock; las petroleras reclaman por su baja rentabilidad, dicen que no pueden aumentar los precios por los límites que impone el Gobierno, que no importan porque les sale más caro, y que por todo eso tienen problemas para invertir más y satisfacer una demanda que no para de crecer. Entre las petroleras las cosas también son difíciles de entender: Repsol – YPF dice que Shell y Esso están con capacidad productiva ociosa, éstas responden lo contrario. El Gobierno, con el fin de paliar la situación, pone trabas a la exportación de naftas para controlar la escasez, hace acuerdos con DPVSA, etc., pero no alcanza. 
La pregunta clave es: ¿Cómo la disponibilidad de un recurso estratégico, básico para una nación, está siendo definido por entramados de intereses y rentabilidades privadas?

Una de las consecuencias de las reformas energéticas de los ’90, continuadas parcialmente en la posconvertibilidad -en el caso de los hidrocarburos con la llamada “ley corta”-, es que el suministro de combustible líquido está pendiente de la rentabilidad de quienes están involucrados en el negocio y, en segundo lugar, la gran renta que deriva de esa actividad no necesariamente es reinvertida en la estructura energética nacional sino donde mayor rentabilidad le de a las empresas del sector (el norte de Africa, por ejemplo). Volviendo a nuestra verdad a medias, es cierto que el muchacho crece y la ropa le queda chica, el problema ahora es cómo seguir ese crecimiento cuando los tutores de la criatura no solo vendieron la ropa sino también la máquina de coser con la que la hacían. Hoy tratamos de suplir ese problema con “parches de tela” que podemos comprar por una política económica que ha impulsado el crecimiento, pero se encuentra con ese límite que, como es obvio, es un gran desafío para los tiempos que vienen.
El aumento de la demanda y el problema de la inversión para la búsqueda de reservas es un cuello de botella que se viene anunciando desde tiempos lejanos. Especialistas como Nicolás Di Sbroiavacca señalaba el año pasado que la Argentina podría convertirse en el 2011 en importador neto de petróleo. No es un tema nuevo, no va a tardar mucho para que la importación de petróleo se haga sentir en la balanza comercial. Los memoriosos verán aquí la sombra de Frondizi y su “batalla por el petróleo” para lograr el autoabastecimiento y alivianar el sector externo de la carga que impone la importación de energía. Lo cierto es que “todos los caminos conducen a Roma”: lo que está en el centro de la cuestión es la recuperación del control nacional de los hidrocarburos. Frente a ese desafío no hay un solo camino. Aunque no hay fáciles ni de corto plazo, la Argentina ha demostrado ya cuánto puede hacer desandando caminos tortuosos. En casi todos los países del mundo el petróleo es considerado un bien estratégico y no un bien comercial cualquiera. Si queremos transitar la senda de recuperar el control sobre ese recurso, debemos también considerarlo así y estamos en una inmejorable coyuntura para hacerlo. Dependemos de la voluntad política para que lo urgente no desplace a lo importante.




 

jueves, 23 de diciembre de 2010

La sombra de Roldós

(Publicado en La Mañana de Neuquén, en el suplemento dominical)

El hombre,  de caminar cansino, con cierto aire de pesadumbre, se sienta, mira a la cámara y dispara palabras con una voz que uno puede imaginar -en otros tiempos- resonando en la sala de algunos presidentes: “Ecuador, por muchos años, fue gobernado por dictadores pro EEUU, usualmente muy violentos. Se decidió que habría elecciones libres. Jaime Roldós participó como candidato, declarando que su meta como presidente sería asegurarse que los recursos del país fueran utilizados para ayudar al pueblo. Roldós ganó con amplia mayoría (1979), con una ventaja desconocida antes en Ecuador y comenzó a implementar sus políticas, donde las ganancias del petróleo ayudaran al pueblo. Bien, en EEUU no recibieron la noticia con gusto. Fui enviado con otros “sicarios” para “entrenar” a Roldós, para corromperlo, para cambiarlo haciéndole saber que se podría hacer muy rico con su familia si sigues nuestro juego, pero si continuaba con estas políticas tendría que irse. Pero no atendió nuestras razones. Fue asesinado (mayo de 1981). Tan pronto como el avión cayó la zona fue aislada, solo se permitió el acceso al ejército de EEUU que llegaba de una base cercana construida en Ecuador. Cuando se inició la investigación, dos testigos clave murieron en accidentes antes de testificar. Muchas cosas extrañas sucedieron en torno al asesinato de Jaime Roldós, quienes investigan el caso no dudan que fue asesinado y, por supuesto, en mi posición pude sospechar que algo le sucedería a Jaime, fuera un golpe o un atentado, pero él sería sacado porque no era corrupto, no admitía los pactos que le proponíamos”.
El que dispara esas palabras es John Perkins en una entrevista que puede verse en you tube. Está claro que cuando se escucha esta exposición uno cree estar en presencia de una de esas simplificaciones conspirativas de lo que sucede en el mundo. Pues bien, si uno se zambulle en el libro de Perkins, Confesiones de un sicario económico, donde relata sus peripecias durante tres décadas de consultor económico internacional, desde 1968 a 2004, la precisión y los detalles históricos dejan claro que el autor fue testigo de esos episodios. Estuvo efectivamente ahí, en las diferentes formas del asedio de EEUU a Torrijos en Panamá y a Roldós en Ecuador, y que –aunque no alcanzaba a ver la importancia histórica de lo que estaba protagonizando- quedó fuertemente impactado por la honestidad intelectual de Roldós como de aquel gran panameño.
El libro es altamente recomendable, hay allí detalles -contados desde el particular ángulo de un asesor económico global- sobre lo sucedido en Irán, Panamá, Colombia, Egipto o Irak. Siempre con los recursos naturales de esos países, como telón de fondo.
El comentario sobre este importante testimonio de Perkins deriva de lo que sucede actualmente en Ecuador. Podrá el lector curioso adentrarse o no en el texto, pero está por demás clarísimo que la sombra de Roldós ronda en estos días por nuestro continente. Su asesinato vino luego de que no funcionaran las recomendaciones que se le hiciera y de que iniciara una política de recursos naturales de perfil nacional. Seguramente en estos días habrá quienes se esfuercen en desplegar argumentaciones en torno a la “reducción” de lo que sucede en Quito, como si se tratase simplemente de los sueldos de las fuerzas de seguridad. Mucha agua ha corrido bajo el puente como para al menos no sospechar que las políticas anticíclicas y sobre todo la estrategia petrolera del presidente Rafael Correa son las que están siendo cuestionadas. Está claro que el contexto no es el mismo que el de 1981, y el mejor síntoma de ello es la respuesta inmediata que han tenido los gobiernos latinoamericanos. Supo decir Hegel, en sus Lecciones sobre filosofía de la historia occidental, que lo que la experiencia y la historia nos enseñan es que los pueblos y los gobiernos nunca han aprendido nada de la historia, y nunca han actuado según las doctrinas que de ella se podrían haber extraído. Espero que no sea simplemente el optimismo de la voluntad lo que en estos días me lleva a creer lo contrario.

Si quieren ver y escuchar algo de las declaraciones de John Perkins , ahí va la primera parte:




Sus ojos se cerraron…

(Publicado en La Mañana de Neuquén, en el suplemento dominical)

Comenzó a acercarse a la política allá por los años ochenta, antes de la Guerra de Malvinas. Nos conocimos en una conferencia que dio “el colorado Ramos” en el Club Deportivo Neuquén, en la calle Fothéringan y, desde entonces, alimentada con las sucesivas decepciones de la democracia, fuimos cultivando una hermosa amistad que, claro, se despegó de la política. Hoy Fidel es un peluquero que disfruta tanto de sus tijeras como de la lectura, y conserva intacta una gran sensibilidad que en estos días es lo que le está permitiendo salir de su fatalismo. Me lo encontré varios días después y todavía ocultaba mal su conmoción por lo sucedido, me lo hizo sentir con un apretado abrazo mientras, suavemente y sin filtros, me largaba sus cavilaciones.
¡¿Este flaco vino sólo para despertar al gigante y se va?! ¿Así como así?! ¿cómo es que suceden estas cosas? Estuve muy triste si… ¡pero lo que veía en la televisión me sacaba la tristeza! ¡Tanta gente! ¡Y cuántos jóvenes! Que muerte rara… no? qué muerte rara…!!
Efectivamente, me dije, una muerte singular. En esos días abundaron textos que comparaban grandes muertes y funerales de la historia argentina. De todos ellos –y de los pliegues de mi memoria- no recuerdo una muerte que haya disparado tanto la esperanza como la de Néstor Kirchner. Esa Plaza, esa demostración de afecto que sorprendió a propios y extraños, impactó fuertemente.

Fidel, al igual que este escriba, hace mucho que no se siente seducido por ningún “ismo” partidario, de todas maneras, ante la demostración de afecto popular, ambos nos sentimos impulsados a buscar respuestas. Entonces, juntos, comenzamos a mirar  artículos y análisis para encontrarnos con los “números sociales” que parecen darle materialidad a aquellas emociones.
Por ejemplo, todos sabemos del efecto multiplicador de la construcción, en toda la economía y en puestos de trabajo, pues bien: en estos tiempos se duplicaron los kilómetros de autopistas que existían en el país, pasando de 965 kilómetros en 2003 a 2015 kilómetros en este año; se construyeron 480 mil viviendas. Este mes se inaugurará la escuela número mil. El salario, progresivamente, dejó de ser un valor establecido sólo por las leyes del mercado. El restablecimiento de las convenciones colectivas de trabajo, suspendidas por el peronismo en los ’90, cambió las relaciones laborales iniciando un camino que, es cierto, hay que profundizar, pero el cambio a sido relevante: en el 2003 se firmaron 203 convenios y en 2009, 1286, y el salario mínimo es un 900 % mas alto que el del 2003. La reforma jubilatoria hizo que la mínima subiera un 585 por ciento y que se incorporaran al régimen 2,4 millones de personas en edad de jubilarse pero que no podían hacerlo porque la economía de los ’90 los había dejado literalmente fuera del sistema. La Asignación Universal por Hijo dejó a la indigencia entre un 2 y un 3,5 por ciento, según los índices de inflación que se tomen de referencia. Eso significa que 10 millones de argentinos salieron de esa situación. El abismo entre el 10 por ciento de la población más rica y el 10 por ciento de la menos favorecida por los ingresos se achicó un 60 por ciento en estos siete años, pasando de 54 a 22 veces. Desde 2005 se reactivaron cerca de 1000 causas judiciales por violación a los derechos humanos en la última dictadura militar, hay 588 procesados, sobre un total estimado en un millar, y 50 condenados. En fin, sin mucho esfuerzo, cruzando datos, comenzaban a dibujarse lecturas posibles a esa sorpresa de vida que fue la respuesta popular a esa muerte.

En medio de la lectura de esos datos, Fidel me tomó del brazo y siguió, imparable, disparándome ideas: Mirá que la historia es larga he?¿Cuántas cosas pasaron desde que se fueron los milicos? Nunca pensamos, por ejemplo, que después de la dictadura, el peronismo podía hacer tanto destrozo como lo hizo en los ’90. ¡Una segunda década infame!. Y luego.., desde el fondo del tarro, apareció nuevamente el peronismo, inclusive con los mismos protagonistas de aquel desguace nacional… Y nuevamente sorprendió. Decime una cosa… Kirchner… ¿despertó al gigante?

Bueno… ahora sus palabras me remitían a esa obstinación argentina -como dice Feinmann- que es el peronismo. Efectivamente, en los ochenta era  –como la soledad para Pablo Milanés- un pájaro grande multicolor, que ya no tiene alas para volar. Y sin embargo reapareció. Reapareció y destruyó al país. Volviendo a Feinmann: “Que cosa el peronismo, caramba. Cómo diablos será posible entenderlo. En fin,  mientras memoraba esas frases del apasionante libro de este autor, Fidel seguía: Porque si sacamos la cuenta…, entre los diez años de tremenda construcción –de 1945 a 1955- y los diez años de destrucción –entre 1989 y 1999- Néstor vino a desempatar… y a colocar al peronismo en su lugar. Dos a uno gana la esperanza… Pierden los miserables. Y vos sabés que yo creo que el resultado es definitivo…!  si, si… yo creo que es definitivo.

Me asombró el optimismo de mi amigo, que se extendía entre los parroquianos de la peluquería. Me había acostumbrado a escucharlo hablar de Kirchner mas parado en la desconfianza, como buscando la trampa para no volver a creer, atrapado en la idea de que somos juguetes de un destino cruel. Me asombra además sentirme contagiado por ese optimismo. De todas maneras, no creo en ese “empate”. La persistente destrucción de este país viene de muy atrás, los ’90 han sido la coronación de una decadencia larga. Como dice Ferrer: sorprende que no haya sido peor. Creo que sólo en Derechos Humanos Kirchner pudo revertir esa debacle, por lo menos en lo que puede reparar la justicia. En economía apenas si hemos comenzado a movernos en el sentido de la reconstrucción. No es poco, ya lo dicen los números. Pero como ha dicho la presidenta hace unas semanas: “El país está en manos de los monopolios”, y estamos aún lejos de recuperarlo.
¿Que sea “ese” el gigante que se despertó? Quien lo sabe… ¿acaso durmió alguna vez? Nuevamente Feinmann: “El peronismo sigue y hay que seguirlo de cerca.… y tratar de entenderlo es aceptar el desafío de lo infinitamente contradictorio”. Sea lo que sea que está sucediendo en este país, pareciera que en verdad lo que se despertó es la conciencia nacional, que está adquiriendo una robustez considerable y eso es lo más importante, sobresaliente y alentador. Parafraseando a uno de los tantos que he leído en esos días, pareciera que aquel miércoles esos ojos se cerraron para que se abran los de muchos, inclusive de los que habíamos perdido la esperanza.

¿El fin de la pereza democrática?

(Artículo publicado en La Mañana de Neuquén, suplemento dominical)

Conozco muy bien a mi peluquero. Largas conversaciones, matizadas con buen humor,  me han permitido percibir cuándo algo lo está inquietando. Sabía, lo veía en su actitud, que algún titular lo había dejado pensando y, antes de sentarme frente al espejo, me disparó con sus cavilaciones: “Después de la estatización de las AFJP… ¿van por los Bancos? ¿Puede ser confiable un sistema financiero con ese grado de intervención estatal?”
En efecto, tal como lo suponía, la pregunta se desprendía de un titular, y en este caso del Diario La Nación sobre el proyecto de ley de servicios financieros que impulsa el Bloque Nuevo Encuentro Solidario. La pregunta tenía implícita la carga ideológica que revelaba su origen. Pero no nos vamos a detener en eso porque en verdad, esa pregunta me sumergió en una reflexión sobre el sistema financiero.

Newton y Marx juegan en el casino.

El negocio que implica la actividad financiera es antiquísimo, pero la constitución de un mercado global de capitales no tiene mas de dos siglos y medio de vida. El desarrollo del sistema capitalista industrial supuso una expansión de las actividades financieras en la medida que el acceso al crédito resulta vital para la expansión del sistema productivo. Desde entonces el pensamiento económico entendió a la actividad financiera vinculada a la economía real, en la medida que las actividades comerciales y productivas requieren de fondos para activarse y expandirse. Pero esa economía financiera no sólo era el soporte de una gran actividad industrial, sino que también era el vehículo de ganancias sencillas y rápidas, jugando –como en un casino- a la rentabilidad de papeles, comprando y vendiendo acciones, bonos de deuda, o la modalidad de especulación en boga. Claro, a veces iba mal, como a Isaac Newton en la crisis de 1720, donde perdió mucho dinero después de haber comprado bonos de las compañías británicas del sur de norteamérica. Pero a otros les iba bien. De hecho, el más agudo analista del sistema capitalista vivió un tiempo de las rentas de esta “ruleta” financiera, con lo cual de alguna manera la especulación  hizo un gran servicio a las ciencias sociales modernas al posibilitar que Carlos Marx pudiese dedicarse a escribir. En 1862, Marx le comentaba a un corresponsal amigo: “He estado (lo que te sorprenderá) especulando en la bolsa; parte en fondos norteamericanos, pero fundamentalmente en valores británicos, que este año crecen como champiñones (para promocionar todo tipo de empresas que te puedas imaginar). Se los fuerza a alcanzar niveles desmedidos, y luego la mayoría cae estrepitosamente. De este modo he ganado unas 400 libras, y ahora que la complejidad de la situación política abre aún más márgenes, empezaré de nuevo. Es un tipo de actividad que me lleva poco tiempo y por la que vale la pena correr un riesgo, si de lo que se trata es de quitarle dinero al enemigo”.

El mercado global

Más allá de Newton y Marx, lo cierto es que siempre coexistió, en el mercado financiero, la inversión productiva y la simple especulación donde el gran negocio lo hace el que se retira a tiempo. El siglo XIX, de la mano de la revolución de los transportes y las comunicaciones, globalizó este mercado en la medida que el capital adquirió una mayor capacidad para ir de un lado a otro del planeta, buscando la mayor rentabilidad. Eso es lo que el Barón Rothschild, destacado financista de la época, expresaba cuando decía, en 1875: “el mundo entero se ha convertido en una ciudad”. Dicho en forma directa: así como se globalizaba la financiación a las actividades productivas, y los créditos a los nuevos estados (sobre todo en América Latina) también se hacía planetaria la economía financiera o, como la llamaba Keynes, economía casino.
Luego, después de la primera gran guerra, y con el motor norteamericano en marcha vertiginosa, la crisis de 1929 fue un parte aguas. No entraremos aquí en analizar esa crisis. Ríos de tinta han corrido -y de las mejores- echando luz sobre ese episodio. Pero lo que de ahí en adelante se instala es la regulación del estado para evitar la reiteración de una crisis de sobreoferta de productos financieros, y el sostenimiento de la demanda efectiva. Al calor de esas regulaciones, al menos en América latina, se desarrollaron los más importantes procesos de industrialización e inclusión social del continente. Pero las cosas cambiaron, y mucho, con la crisis de principios de los años ’70 del pasado siglo.

El casino universal

Efectivamente, hacia mediados de los setenta y tempranos ochenta, una serie de situaciones hicieron a la aparición de una gran liquidez en busca de reproducir su ganancia. Si a ello le sumamos: las políticas de desregulación de la circulación financiera (esto es, la eliminación o reducción de todos los requisitos o limitaciones que la intervención del estado colocaba al capital financiero); la diversificación de la oferta de productos financieros (me refiero a la transformación de los bancos, que pasaron a ser hipermercados de productos financieros, donde se ofertan –además de sus productos tradicionales- tarjetas, seguros, futuros, etc.) y la revolución informática. Tenemos entonces una conjunción de factores que explican la financiarización generalizada de la economía donde gran parte del capital dinero no se transforma en capital productivo, sino que es usado para comprar productos financieros (de cualquier tipo) en busca de mayores dividendos, aumentando los mercados financieros, que adquirieron vida propia.
Esa financiarización de la economía mundial ha invadido la actividad de las personas, de las empresas, de los estados. Se produjo inclusive la paradojal situación en que los trabajadores, a través de los sistemas de jubilación privada (obligatorios sólo en algunos casos), echaron más combustible al sistema financiero.
Llegamos entonces a una situación en la cual, una gran dinámica parasitaria de economía especulativa, que no genera empleo, pero sí concentración de riqueza,  endeudamiento individual, familiar y de los estados, requiere de cada vez mas recursos porque, aunque no fortalece las economías reales, sus crisis las afecta directamente. Lo sabemos por experiencia propia, pero si alguien no lo recuerda, puede leer cualquier artículo sobre la actual economía europea.
Esa es la economía que en Argentina entró en crisis en el 2001, poniendo en el banquillo de los acusados a toda la dirigencia política, empresarial y sindical que llevó a este maravilloso país a vivir el más vergonzoso período de la historia económica nacional. La pereza de la democracia argentina parece llegar a su fin, ha tardado sólo 27 años en ponerse a discutir, luego de la evidencia de aquella crisis, sobre la necesidad de cambiar una ley que ha sido el eje de esa economía. Discutirla y promover una nueva es comenzar a delinear un nuevo modelo económico, necesario por cierto, porque no basta pararse en un tipo de cambio competitivo. El debate recién comienza, y en él deben participar todos los sectores de la economía argentina, como las universidades y todos los que de alguna manera sostienen un pensamiento crítico. Como en todos los tiempos de construcción: la innovación, el atrevimiento y la creatividad son sustanciales, pero sólo es posible con voluntad política de construir una nación soberana y justa. En fin, fue demasiado para un corte de cabello. Cuando terminé de pensar estas cosas, Fidel ya despotricaba contra Don Julio Grondona y sus 31 años al frente de la AFA. Recién ahí comenzamos a hablar sobre la pereza de la democracia argentina pero ahora, en clave futbolística.

El tiempo es veloz

Luego de varios días de frío, lluvia, inclusive nieve, la ciudad de Neuquén volvió a ver el hermoso sol de otoño. Disfrutaba ese cambio de temperaturas y en el auto sonaba El tiempo es veloz, una hermosa canción de David Lebón que -con una gran sutileza- habla del componente efímero que tiene la historia para las grandes y pequeñas cosas. La entonaba maravillosamente la Negra Sosa y –todavía con la carga emocional de la jornada del 25 de mayo- quien suscribe pensó: “Que lástima que La negra se nos fue unos meses antes. En estas últimas décadas fue la voz de la esperanza argentina. En ese día, justamente en este cumpleaños, se merecía nuestro abrazo y nosotros su vos. Renovando ese lazo de amor que supimos sostener”. Así, la letra y la tremenda interpretación no lograron sacar a este escribiente de sus cavilaciones sobre estos tiempos del bicentenario argentino.
Llegamos a él viviendo, económicamente, una década extraordinaria. Con sombras, claro, con problemas profundos, limitaciones serias, pero al fin y al cabo extraordinaria. Me preguntaba entonces por la naturaleza de este tiempo económico en que no dejamos de crecer en un contexto de crisis, y en la perdurabilidad de esta coyuntura favorable.
Pues bien, si miramos nuestra historia económica, las crisis profundas -esas que después siempre se citan y recuerdan- son consecuencia de “trastornos” económicos en el “primer mundo”, bien condimentadas con factores internos. Recordemos 1890, 1929, 1975, etc.
En esa línea, nuestra crisis de 2001 fue excepcional, ya que las políticas neoliberales estallaron en nuestros países antes que en el centro del sistema (genéricamente hablando, los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE). La periferia fue el escenario inicial de la debacle neoliberal y, desde entonces, un fantasma recorre el mundo desarrollado: la crisis. En efecto, varios años después –en 2008- estalló con una fuerza incontenible en EEUU y ahora está cercando a Europa. Pero a pesar de todos los males que causa este fenómeno, ningún país desarrollado se dispuso aún a salir del juego que los ha llevado a la situación actual, mas bien promueven un rescate neoliberal de una economía del mismo signo. Los 16 países de la eurozona están ahora en esa línea, pero la crisis sigue su ritmo. En esa parte del mundo hay en estos días 7 millones más de desocupados que hace 20 meses atrás, y las estimaciones no son halagüeñas al respecto. La economía de ese conjunto de países cayó 4% en el 2009, la peor cifra desde la segunda Guerra Mundial, y la producción industrial cayó un 20%, ubicándose a niveles de 1990. Pero ni así, ni amenazados por los que despectivamente llaman los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España), esos estados se disponen a salir de un rumbo que Argentina ya conoce. Y, justamente, como ya sabemos de qué se trata, tendríamos que terminar de salir de él. Quizá debamos seguir con lo que nadie se atreve: la regulación de los mercados financieros, para nosotros, la reforma de la actual ley que liberalizó la actividad.
Reiteramos la idea, estamos en una coyuntura favorable. El año 2001 y, puntualmente, la forma de la recuperación desde el 2002, abrió una enorme oportunidad para la Argentina, porque -entre otras cuestiones-, por fuerza, nos desconectamos del mercado internacional de inversiones. En nuestros días ello resulta una especie de protección frente a los sacudones bursátiles y financieros, una especie de “blindaje” que, con acotadas medidas en los años siguientes, ha posibilitado que los ecos de la crisis en que ha entrado el casino global no alterara en demasía nuestro proceso.
Pues bien, lo anterior supone la apertura de una ventana de tiempo, crítica y acotada, que está en manos de la dirigencia y la sociedad argentina poder aprovechar. Es el tiempo que transcurre entre nuestra crisis neoliberal –la de 2001- y la recuperación económica del centro que todavía no parece vislumbrarse. Si en ese lapso no sólo reparamos los destrozos que en nuestra casa dejaran las últimas décadas del pasado siglo, sino que además definimos un rumbo (industrial, agropecuario, en ciencia y tecnología, en educación, etc.) -en definitiva un proyecto de largo plazo-, la recomposición del centro no nos volverá a colocar en situación de subordinación. Porque la economía internacional es un espacio donde las potencias dominantes imponen su juego y la salida de la crisis implicará para ellas un intento de actualización de los lazos de dependencia, poniendo en cuestión la libertad de movimientos de la que gozamos en la actual coyuntura latinoamericana. En fin, mientras el lobo está lamiéndose las heridas dejadas por tanto jolgorio neoconservador, podemos aprovechar ese tiempo para rehacer nuestra casa. Como en el clásico cuento de Los tres chanchitos, podemos hacer una casa de paja, de leños o de un material consistente que pueda resistir la fuerza del lobo cuando éste se recupere y retorne a sus andanzas. En los últimos años, aunque sin horizontes de largo plazo, se han recuperando algunas herramientas para la reconstrucción, un buen comienzo. Si a ello agregamos datos coyunturales como los indicadores macroeconómicos, la desarticulación política de viejos sectores de poder, el sistema de alianzas de la política latinoamericana, entre otros, estamos todavía en condiciones inmejorables de hacerlo. Tanto la región -el continente latinoamericano- como el país, lo tienen todo (sí, todo) para salir adelante por sus propios medios. Y eso no significa aquí “zafar” de la situación, sino echar las bases de una nación moderna, justa, libre y soberana. Ahora bien, ello dependerá de nuestra capacidad para generar los instrumentos y las políticas necesarias en el sentido de los consensos duraderos, y ello nos conduce necesariamente a considerar otros aspectos de nuestra vida nacional, que inciden directamente y son, por tanto, parte de este desafío.
El gran historiador francés Fernand Braudel, estando preso de los nazis pensaba en las duraciones, en los tiempos largos y cortos que dan cuerpo a las coyunturas históricas. Para nosotros, argentinos que venimos de largas décadas de desvarío y decadencia, hacer un esfuerzo para que lo urgente no desplace a lo estratégico, es fundamental. Si queremos despegar como nación y dejar atrás 200 años de áspera infancia tendremos que enfrentar ese desafío y discutir ampliamente sobre el tipo de casa que podemos hacer, con qué materiales, a qué ritmo y qué aportará cada uno de los grandes sectores económicos. El clima de unidad nacional que nos está dejando el bicentenario es un condimento inmejorable. Dar pasos hacia adelante, arraigando institucionalmente los consensos de largo plazo, es vital. La oportunidad no estará siempre, el tiempo es veloz.

Argentina y Australia

(Este artículo se publicó en "La Mañana de Neuquén" el domingo  6 de junio de 2010)


Fidel, peluquero amigo desde hace tiempo, y que me asistió hace pocos días, tomaba sus tijeras con su habitual pasión, con la misma con que suele desplegar sus argumentaciones sobre la selección nacional, el tango o el rumbo del país. Yo no prestaba mucha atención a su locuacidad cuando repentinamente escucho la siguiente frase: “mirá a dónde hemos llegado con éste país… y fijate lo que hicieron los australianos partiendo del mismo lugar”.
Tijera en mano, había tocado un punto sensible que no podía dejar pasar. Porque la comparación entre Argentina y Australia -o con Canadá o Nueva Zelanda- no es nueva, y el bicentenario parece ofrecer un escenario propicio para ese ejercicio, que echa mano de la similitud de índices –muchas veces de elaboración dudosa- entre nuestro país y aquellos, en tiempos del primer centenario.
Lo primero que me provocó la expresión de mi amigo es la intención de dejar claro que no pocas veces esas comparaciones son interesadas y se hacen para promover políticas que justamente esos países no aplicaron nunca y que, en verdad, nos llevarían a estar más cerca de Biafra que de Australia. En segundo lugar, hay en las argumentaciones que echan mano a ese tipo de ejercicio comparativo, un aire despectivo ante las potencialidades nacionales que fácilmente llegará a que eso sucede “porque los argentinos somos vagos”, frase que mi amigo Fidel no habría dicho jamás, creo. Entonces aquí nos encontramos con otro aspecto de ese ejercicio comparativo: ¿se hace realmente para aprender de experiencias ajenas? Si la historia no se pasara por alto, no sospecharía tanto.
Recordemos que estos países se incorporan a la economía mundial en plena segunda revolución industrial, llamada también revolución de los transportes –segunda mitad del S.XIX-, que posibilita la ampliación de la periferia como aportadora de materias primas para los centros industriales europeos. En ese contexto, los países con grandes praderas fértiles, como Australia, Canadá o Argentina, tuvieron una gran oportunidad. Pero los primeros llevaron adelante un proceso radicalmente distinto al de nuestro país, por muchas razones. Para el caso basta con señalar dos.
Lo primero es que Australia tuvo un proceso de integración social y de conformación de sus clases económicamente influyentes, totalmente diferente al nuestro. En esa experiencia fueron los colonos la punta de lanza para desplazar a los pueblos originarios y ampliar la frontera incorporando esas praderas a la producción, conformando una estructura agraria diversificada y una base social muy amplia porque también lo fue el reparto de la tierra. Esa misma base social, amplia y diversificada, motivó un proceso temprano de industrialización, generación de centros urbanos y desarrollo de la manufactura, apareciendo también una burguesía y una clase trabajadora vinculada al desarrollo industrial que se veía como una consecuencia lógica y normal del proceso que venían teniendo.
La segunda cuestión es que ese proceso dio lugar a que, a pesar de haber conservado el status formalmente colonial respecto de Inglaterra, esas sociedades tuvieron tempranamente -desde el S.XIX-  políticas de defensa del mercado interno -incluso frente a las importaciones británicas- y de desarrollo de un capitalismo nacional autóctono. Como contrapartida, en la Argentina, ese proceso fue bien distinto.
Ya antes que llegaran las grandes oleadas inmigratorias, la tierra estaba ocupada –sobre todo las zonas más fértiles- por una estructura de la propiedad de alta concentración. Y, salvo algunas colonias que se fueron conformando en acotadas zonas del país, esta migración tuvo enormes dificultades para acceder a propiedad de la tierra. Por lo tanto la conformación social del agro argentino tuvo, a grandes rasgos, dos pilares: los grandes propietarios y por otro los arrendatarios y peones. Esa concentración de la riqueza en un sector que era el fundamental y más dinámico de la época, porque el país -al igual que Australia- crecía con el impulso agropecuario, tuvo consecuencias muy importantes. Porque los grandes propietarios no hacían otra cosa que no fuera fortalecer de todas las formas posibles la complementariedad económica dependiente con Gran Bretaña, renunciando a una política de desarrollo industrial nacional y autónoma, que en otras experiencias se entendía como una consecuencia lógica del proceso.
Cuando comenté algunos de estos argumentos con el peluquero de la anécdota inicial, el mismo argumentó: “Pero tampoco estaba mal…. Si era la actividad exportadora lo que en ese momento les daba la mayor ganancia… y además hizo crecer el país… qué iban a hacer? Era lo mas lógico! No?” Bueno, debo decir que el diálogo se tornaba más complejo. Porque es cierto, el comportamiento de esa clase dirigente era –y lo sigue siendo- como lo supo estudiar Jorge Sábato, “racional”. Tan racional como la de aquellos empresarios que, por conveniencia inmediata, vieron con buenos ojos el golpe de 1976 o el peronismo en los ’90. Sucede que, parafraseando a Keynes, lo que es bueno y “racional” para algunos individuos puede ser malo para todos.
En suma, sostengo que la similitud de algunos índices, por ejemplo, en el ingreso per cápita entre Australia y Argentina a principios del S.XX, oculta mal esas diferencias de conformación histórica, que dieron lugar también a enormes diferencias en el plano político. En el país oceánico se desarrolló a partir de esa base económica una sociedad con más contrapesos y estable institucionalmente, lo cual fue conformando un sistema político donde los consensos de largo plazo son más posibles. Y eso no es poca cosa, porque en definitiva son éstos los que hacen a la estabilidad y al sostenimiento del desarrollo y crecimiento económico. Y aquí sí tenemos mucho que aprender de aquellas experiencias.
El camino será, como siempre, estudiarlas y extraer de ellas lo que se pueda. Pero no cabe dudas que está en la mira la necesidad del mejoramiento en la calidad de los liderazgos (empresariales, políticos, sindicales, etc); el funcionamiento de nuestras instituciones; la cohesión social y el pensamiento crítico. Temáticas que exceden estas reflexiones, surgidas de una conversación de peluquería.