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jueves, 3 de septiembre de 2020

Haber y el verdor de la ciencia desquiciada

¿Qué tienen en común el ciclo del guano en Perú o el del salitre en Chile con la batalla de Ypres (1ra guerra) o el genocidio industrial?

Del libro “Un verdor terrible” de Benjamín Labatut, Ed. Anagrama. Fragmento publicado en Babelia, El País, 1ro de setiembre de 2020.

El primer ataque con gas de la historia arrasó a las tropas francesas atrincheradas cerca del pequeño pueblo de Ypres, en Bélgica. Al despertar en la madrugada del jueves 22 de abril de 1915, los soldados vieron una enorme nube verdosa que reptaba hacia ellos por la Tierra de Nadie. Dos veces más alta que un hombre y tan densa como la niebla invernal, se estiraba de un lado a otro del horizonte, a lo largo de seis kilómetros. A su paso las hojas de los árboles se marchitaban, las aves caían muertas desde el cielo y el pasto se teñía de un color metálico enfermizo. Un aroma similar a piña y lavandina cosquilleó las gargantas de los soldados cuando el gas reaccionó con la mucosa de sus pulmones, formando ácido clorhídrico. A medida que la nube se empozaba en las trincheras, cientos de hombres se desplomaron convulsionando, ahogándose en sus propias flemas, con mocos amarillos burbujeando en su boca, su piel azulada por la falta de oxígeno. «Los meteorólogos tenían razón. Era un día hermoso, el sol brillaba. Donde había pasto, resplandecía verde. Debiéramos haber estado yendo a un pícnic, no haciendo lo que íbamos a hacer», escribió WilliSiebert, uno de los soldados que abrió parte de los seis mil cilindros de gas cloro que los alemanes derramaron esa mañana en Ypres. «De pronto escuchamos a los franceses gritando. En menos de un minuto comencé a oír la mayor descarga de municiones de rifle y ametralladoras que escuché en mi vida. Cada cañón de artillería, cada rifle, cada ametralladora que tenían los franceses tiene que haber sido disparado. Jamás oí un estruendo similar. La lluvia de balas que pasaba silbando sobre nuestras cabezas era increíble, pero no estaba deteniendo el gas. El viento seguía empujándolo hacia las líneas francesas. Escuchamos a las vacas berrear y los caballos relinchar. Los franceses siguieron disparando. Era imposible que vieran a qué estaban disparando. En unos quince minutos el fuego comenzó a detenerse. Después de media hora, solo disparos ocasionales. Entonces todo volvió a estar tranquilo. En un rato el aire se había despejado y caminamos más allá de las botellas de gas vacías. Lo que vimos fue la muerte total. Nada estaba vivo. Todos los animales habían salido de sus agujeros para morir. Conejos, topos, ratas y ratones muertos en todas partes. El olor del gas aún flotaba en el aire. Colgaba de los pocos arbustos que habían quedado. Cuando llegamos a las líneas francesas, las trincheras estaban vacías, pero a media milla los cuerpos de los soldados franceses estaban esparcidos por todas partes. Fue increíble. Luego vimos que había algunos ingleses. Uno podía ver cómo los hombres se habían arañado la cara y el cuello, tratando de volver a respirar. Algunos se habían disparado a sí mismos. Los caballos, aún en los establos, las vacas, los pollos, todo, todos estaban muertos. Todo, incluso los insectos estaban muertos.»

El hombre que había planificado el ataque con gas en Ypres era el creador de esa nueva forma de hacer la guerra, el químico Fritz Haber. De raíces judías, Haber era un verdadero genio, y tal vez la única persona en ese campo de batalla capaz de comprender las complejas reacciones moleculares que volvieron negra la piel de los mil quinientos soldados muertos en Ypres. El éxito de su misión le valió un ascenso al rango de capitán, una promoción a la jefatura de la sección de Química del Ministerio de Guerra y una cena con el mismísimo káiser Guillermo II. Pero al volver a Berlín Haber fue confrontado por su esposa. Clara Immerwahr –la primera mujer en recibir un doctorado en química de una universidad alemana– no solo había visto el efecto del gas sobre animales en el laboratorio, sino que había estado muy cerca de perder a su marido, cuando el viento cambió de súbito en una de las pruebas de campo. El gas sopló directo hacia la colina desde la cual Haber, montado sobre su caballo, dirigía a sus tropas. Fritz se salvó de milagro, pero uno de sus ayudantes no pudo escapar de la nube tóxica; Clara lo vio morir en el suelo, retorciéndose como si hubiera sido invadido por un ejército de hormigas hambrientas. Cuando Haber regresó victorioso de la masacre de Ypres, Clara lo acusó de haber pervertido la ciencia al crear un método para exterminar humanos a escala industrial, pero Fritz la ignoró por completo: para él, la guerra era la guerra y la muerte era la muerte, fuera cual fuera el medio de infligirla. Aprovechó su permiso de dos días para invitar a todos sus amigos a una fiesta que duró hasta la madrugada, al final de la cual su mujer bajó al jardín, se quitó los zapatos y se disparó en el pecho con el revólver de servicio de su marido. Murió desangrada en los brazos de su hijo de trece años, quien corrió escaleras abajo al escuchar el balazo. Aún en estado de shock, Fritz Haber fue obligado a viajar al día siguiente para supervisar un ataque de gas en el frente oriental. Durante el resto de la guerra continuó refinando métodos para desplegar el veneno con mayor eficacia, acosado por el espectro de su mujer. «Realmente me hace bien, cada tantos días, estar en el frente, donde las balas vuelan. Allí lo único que importa es el instante, y el único deber es hacer lo que uno pueda dentro de los límites de la trinchera. Y luego, de vuelta en el centro de comando, encadenado al teléfono, donde escucho en mi corazón las palabras que la pobre mujer me dijo una vez, y en una visión nacida del agotamiento, veo su cabeza emerger entre los telegramas. Y sufro.»

Luego del armisticio de 1918, Fritz Haber fue declarado criminal de guerra por los aliados, a pesar de que ellos habían utilizado el gas con el mismo fervor que las potencias del Eje. Tuvo que escapar de Alemania y refugiarse en Suiza, donde recibió la noticia de que había obtenido el Premio Nobel de Química por un descubrimiento que había hecho poco antes de la guerra, y que en las décadas siguientes alteraría el destino de la especie humana.

En 1907, Haber fue el primero en extraer nitrógeno –el principal nutriente que las plantas necesitan para crecer– directamente del aire. Con ello, solucionó, del día a la mañana, la escasez de fertilizantes que a principios del siglo XX amenazaba con desencadenar una hambruna global como no se había visto nunca antes; de no haber sido por Haber, cientos de millones de personas que hasta entonces dependían de sustancias naturales como el guano y el salitre para abonar sus cultivos podrían haber muerto por falta de alimentos. En siglos anteriores, la demanda insaciable de Europa había llevado a bandas inglesas a viajar hasta Egipto para saquear las catacumbas de los antiguos faraones no en busca de oro, joyas, o antigüedades, sino del nitrógeno contenido en los huesos de los miles de esclavos con que los reyes del Nilo se habían inhumado para que continuaran sirviéndolos más allá de la muerte. Los ladrones de tumbas ingleses ya habían agotado las reservas de Europa continental; desenterraron más de tres millones de esqueletos, incluyendo las osamentas de cientos de miles de soldados y caballos muertos en las batallas de Austerlitz, Leipzig y Waterloo, para enviarlos en barco al puerto de Hull, en el norte de Inglaterra, donde eran molidos en los trituradores de huesos de Yorkshire para fertilizar los campos verdes de Albión. Al otro lado del Atlántico, los cráneos de más de treinta millones de bisontes masacrados en las praderas norteamericanas eran recogidos uno a uno por campesinos e indios pobres, para venderlos al Sindicato de Huesos de Dakota del Norte, que los amontonaba hasta formar una pila del tamaño de una iglesia antes de transportarlos a la fábrica que los molía para producir fertilizante y «negro-hueso», el pigmento más oscuro que se podía encontrar en esa época. Lo que Haber había logrado en el laboratorio, Carl Bosch, el ingeniero principal del gigante químico alemán BASF, lo convirtió en un proceso industrial capaz de producir cientos de toneladas de nitrógeno en una fábrica del tamaño de una pequeña ciudad, operada por más de cincuenta mil trabajadores. El proceso Haber-Bosch fue el descubrimiento químico más importante del siglo XX: al duplicar la cantidad de nitrógeno disponible, permitió la explosión demográfica que hizo crecer la población humana de 1,6 a 7 mil millones de personas en menos de cien años. Hoy, cerca del cincuenta por ciento de los átomos de nitrógeno de nuestros cuerpos han sido creados de forma artificial, y más de la mitad de la población mundial depende de alimentos fertilizados gracias al invento de Haber. El mundo moderno no podría existir sin el hombre que «extrajo pan del aire», según palabras de la prensa de su época, aunque el uso inmediato de su milagroso hallazgo no fue alimentar a las masas hambrientas, sino proveer a Alemania de la materia prima que necesitaba para seguir fabricando pólvora y explosivos durante la Primera Guerra Mundial, luego de que la flota inglesa cortara su acceso al salitre chileno. Con el nitrógeno de Haber, el conflicto europeo se prolongó dos años más, aumentando las bajas de ambos lados en varios millones de personas.

Uno de los que sufrió debido a la extensión de la guerra fue un joven cadete de veinticinco años; aspirante a artista, había rehuido el servicio militar obligatorio de todas las formas posibles, hasta que la policía llegó a buscarlo al número 34 de la calle Schleissheimer, en Múnich, en enero de 1914. Bajo amenaza de prisión, se presentó al examen médico en Salzburgo, pero lo declararon «no apto, demasiado débil e incapaz de portar armas». En agosto de ese año –cuando miles de hombres se inscribían voluntariamente en las fuerzas, sin poder contener sus ganas de participar en la guerra venidera–, el joven pintor tuvo un súbito cambio de actitud: le escribió una petición personal al rey Luis III de Baviera para poder servir como austriaco en el ejército bávaro. El permiso llegó al día siguiente. Adi, como lo llamaban cariñosamente sus compañeros del Regimiento List, fue  enviado directamente a la batalla que en Alemania llegó a ser conocida como KindermordbeiYpern, la matanza de los inocentes, ya que cuarenta mil jóvenes recién enlistados murieron en solo veinte días. De los doscientos cincuenta hombres que formaban su compañía, solo cuarenta lograron sobrevivir; Adi fue uno de ellos. Recibió la Cruz de Hierro, fue promovido a cabo y nombrado mensajero de la Sede de su Regimiento, por lo que pasó los siguientes años a una cómoda distancia del frente, leyendo libros de política y jugando con un fox terrier que adoptó y llamó Fuchsl, zorrito. Ocupaba sus tiempos muertos pintando acuarelas azuladas y haciendo bocetos a carboncillo de su mascota y de la vida en las barracas. El 15 octubre de 1918, mientras languidecía esperando nuevas órdenes, fue momentáneamente cegado por un ataque con gas mostaza lanzado por los ingleses, y pasó las últimas semanas de la guerra convaleciendo en un hospital del pequeño pueblo de Pasewalk, en Pomerania, sintiendo que sus ojos se habían convertido en dos carbones al rojo vivo. Cuando supo las noticias de la derrota de Alemania y la abdicación firmada por el káiser Guillermo II sufrió un segundo ataque de ceguera, muy distinto al que le había causado el gas: «Todo se volvió negro ante mis ojos. Volví al pabellón a tientas y tambaleando, me lancé en mi litera, y hundí mi cabeza ardiendo en mi almohada», recordó años después, en una celda de la prisión de Landsberg, acusado de traición por dirigir un fallido golpe de Estado. Allí pasó nueve meses consumido por el odio, aún humillado por las condiciones impuestas a su país de adopción por las potencias vencedoras, y por la cobardía de los generales, que se habían rendido en vez de pelear hasta el último hombre.

Desde la cárcel planeó su venganza: escribió un libro sobre su lucha personal y detalló un plan para alzar a Alemania sobre todas las naciones del mundo, algo que estaba dispuesto a hacer con sus propias manos si llegase a ser necesario. En el periodo de entreguerras, mientras Adi escalaba hasta la cima del Partido Nacionalsocialista Obrero, gritando las arengas del discurso racista y antisemita que lo acabaría coronando como el Führer de toda Alemania, Fritz Haber hacía sus propios esfuerzos por recomponer la gloria perdida de su patria. 

Envalentonado por el éxito que había tenido con el nitrógeno, Haber se propuso reconstruir la República de Weimar y pagar las reparaciones de guerra que estrangulaban su economía mediante un proceso tan prodigioso como el que le había valido el Nobel: cosechar oro de las olas del mar. Viajando con una identidad falsa para no levantar sospechas, recolectó cinco mil muestras de agua de diversos mares del mundo, trozos de hielo del Polo Norte y témpanos de la Antártida. Estaba convencido de que podía minar el oro disuelto en los océanos, pero luego de años de arduo trabajo tuvo que aceptar que su cálculo original había sobrestimado el contenido de este metal precioso en varias órdenes de magnitud. Volvió a su país con las manos vacías.

En Alemania se refugió en su trabajo como director del Instituto Kaiser Wilhelm de Química-Física y Electroquímica mientras el antisemitismo iba creciendo a su alrededor. Momentáneamente protegido en el oasis académico, Haber y su equipo produjeron múltiples nuevas sustancias; una de ellas usaba el cianuro para formar un pesticida en gas cuya acción era tan violenta que lo bautizaron Zyklon, la palabra alemana que designa los vientos de un huracán. La efectividad radical del compuesto asombró a los entomólogos que lo utilizaron por primera vez, para despiojar un barco que cubría la ruta entre Hamburgo y Nueva York, quienes le escribieron directamente a Haber para elogiar «la extremada elegancia del proceso de erradicación». Haber fundó el Comisionado Nacional para el Control de Pestes; desde allí organizó la matanza de chinches y pulgas en los submarinos de la armada y ratas y cucarachas en las barracas del ejército. Luchó contra una verdadera legión de polillas que atacaba la harina que el gobierno acumulaba en silos repartidos a lo largo de todo el territorio nacional, y que Haber describió a sus superiores como «una plaga bíblica que amenazaba el bienestar del espacio vital germano», sin saber que ellos habían comenzado a implementar la persecución de todos los que compartían las raíces judías de Haber.

Fritz se había convertido al cristianismo a los veinticinco años. Estaba tan identificado con su país y sus costumbres que sus hijos solo se enteraron de su ascendencia cuando él les dijo que debían escapar de Alemania. Haber huyó después de ellos y pidió asilo en Inglaterra, pero fue violentamente repudiado por sus colegas británicos, quienes conocían el rol que había jugado en la guerra química. Tuvo que abandonar la isla poco después de llegar. Desde allí se escabulló de un país a otro, intentando alcanzar Palestina, con el pecho apretado por el dolor, ya que sus vasos sanguíneos no eran capaces de llevar suficiente sangre a su corazón. Murió en Basel, en 1934, abrazado al cilindro con el que dilataba sus arterias coronarias, sin saber que pocos años más tarde el pesticida que él había ayudado a crear sería utilizado por los nazis en sus cámaras de gas para asesinar a su media hermana, a su cuñado, a sus sobrinos, y a tantos otros judíos que murieron en cuclillas, con los músculos agarrotados y la piel cubierta de manchas rojas y verdes, sangrando por los oídos, echando espuma por la boca, con los más jóvenes aplastando a los niños y a los ancianos en su intento por escalar la pila de cuerpos desnudos y poder respirar unos minutos más, unos segundos más, ya que el Zyklon B se empozaba cerca del suelo luego de ser vertido por ranuras en el techo. Una vez que la niebla de cianuro era disipada por ventiladores, los cadáveres eran arrastrados a enormes hornos e incinerados. Sus cenizas fueron enterradas en fosas comunes, vertidas en ríos y estanques o esparcidas como abono en los campos de los alrededores. 

Dos nóbeles: Haber y Eistein

Entre las pocas cosas que Fritz Haber tenía consigo al morir hallaron una carta escrita a su mujer. En ella, Haber le confiesa que siente una culpa insoportable; pero no por el rol que jugó en la muerte de tantos seres humanos, directa o indirectamente, sino porque su método para extraer nitrógeno del aire había alterado de tal forma el equilibrio natural del planeta que él temía que el futuro de este mundo no pertenecería al ser humano sino a las plantas, ya que bastaría que la población mundial disminuyera a un nivel premoderno durante tan solo un par de décadas para que ellas fueran libres de crecer sin freno, aprovechando el exceso de nutrientes que la humanidad les había legado para esparcirse sobre la faz de la tierra hasta cubrirla por completo, ahogando todas las formas de vida bajo un verdor terrible.

Del libro “Un verdor terrible” de Benjamín Labatut, Ed. Anagrama. Fragmento publicado en Babelia, El País, 1ro de setiembre de 2020.

lunes, 30 de octubre de 2017

De regreso a oktubre: a 100 años de la Revolución Rusa

La insurrección de los soviets que se produjo la noche del 24 al 25 de octubre de 1917 sería un día histórico, no sólo para Rusia. Fue la caída del último estado absolutista europeo, en este caso del este europeo articulado históricamente con gran parte de Asia. Y fue un día histórico para el mundo porque abrió el camino, dio los primeros pasos, de uno de los íconos de la historia humana. ¿Porque decimos semejante cosa?
Pues bien, las sociedades humanas, desde la génesis de su historia, han luchado siempre en pos de dos objetivos: la libertad, es decir, la eliminación de obstáculos para actuar o pensar (de ahí la larga trayectoria del liberalismo); y la  igualdad, o el derecho a participar equitativamente de los bienes de la naturaleza y de los frutos de nuestro trabajo. Pues bien, la Revolución Rusa (RR) traía por entonces esa esperanza que tenía profundas raíces históricas: la esperanza respecto de la igualdad y libertad. Ambas. Por eso no es una exageración decir que rápidamente se convirtió en el ícono, por no decir el estandarte, de la lucha por la igualdad que de una manera u otra articuló lo que algunos llaman “la fe del siglo”. Entonces, cabe preguntarse: ¿Cual es el lugar de la revolución rusa en la historia? O, dicho de otra manera, ¿de que modo su presencia modeló -o no- el derrotero del siglo XX?

Las luchas por la igualdad y la libertad se enfrentaron siempre con los defensores del statu quo. Pues bien, en el siglo XX no pudieron más que escandalizarse con la RR. Desde entonces los ha desvelado ese fantasma. En ese sentido, la RR puede ser comparada, por su alcance, a la Revolución Francesa ya que ciertamente tuvo un impacto universal, ecuménico y, como tal, marcó el fin de una época y el comienzo de otra. Las masas, el pueblo, los desterrados, enbanderados con esa esperanza, daban inicio a una nueva época: el siglo XX.
No era el único episodio de estas características que señalaban el inicio de una nueva era: la Revolución mexicana (1910) está en esa línea. Las dos son revoluciones de la periferia del mundo desarrollado, la Rusa es una conmoción en el mas importante imperio de la periferia y de allí su alcance universal.
También hay otros episodios que señalan un cambio de época, justamente por aquellos años, el genocidio armenio, por ejemplo, que abre una seguidilla que caracterizará a todo el siglo XX y que justamente la RR no se abstendrá de participar; o la 1ra guerra mundial, donde queda claro ya que no es posible iniciar una guerra sin industria y, en segundo lugar, la guerra es un gran negocio.

Pero volviendo a la RR ¿Porqué señala un cambio de época?
Por varias razones. En 1er lugar, venía a decir que lo que habían escrito utopistas y el propio Marx y Engels, en 1848, no era un exceso de lenguaje o de esperanza juvenil y, por tanto, por primera vez las sociedades tenían otra posibilidad frente al capitalismo.

En 2do lugar, el episodio se interpretó, inmediatamente -desde el occidente capitalista- como una amenaza que debía ser eliminada, de allí que en la guerra civil que siguió a la toma del poder por los bolcheviques, es decir la guerra entre el Ejército Rojo y los blancos, que se llevó la vida de poco mas de 8 millones de personas, los blancos tuvieron el apoyo antirrevolucionario de 13 países capitalistas. Pero una vez terminada esa guerra interna, la lucha de esos países capitalistas fue contra las influencias de esa RR. Fue el combate persistente, y durante todo el siglo, contra un enemigo invisible y universal, un fantasma que se escondía detrás de cada protesta, detrás de cada huelga, detrás de cada proyecto de reforma. Pensemos, por ejemplo en nuestro país, en la Patagonia, entre 1919 y 1921, el temor irracional que generaba la lucha por un simple convenio colectivo de trabajo era porque la oligarquía terrateniente pensaba que detrás de aquellos andrajosos obreros había algo parecido a los soviets. Pensemos en Sacco y Vanzzetti y el origen del FBI, por ejemplo. O el caso de la 2da República Española (1931), donde un proyecto moderadamente reformista, en un contexto europeo de ascenso de los fascismos, las potencias occidentales condenaron ese ensayo por el “peligro comunista” que “supuestamente” encarnaba, prefiriendo al fascismo ultracatólico del franquismo.
Lo que hay que decir es que ciertamente era un temor real, la posibilidad de la expansión del socialismo estaba en la dinámica social de los tiempos. Porque había un importante crecimiento de diversas fuerzas que pujaban hacia el sentido de profundizar la igualdad, hacia el socialismo, aunque no todos de la misma manera: una expresión de ello era justamente la 2da república española, en 1931, aunque ciertamente muy moderada. Por lo que aquí interesa, en ese amplio universo socialista que estaba creciendo, la RR parecía concentrar las esperanzas a pesar de que ya estaba acentuando sus rasgos mas perversos. La esperanza en el programa socialista de la RR fue tan grande que no dejaba ver, y eso sucedió por décadas, esa enorme perversidad.
Digámoslo directamente y de una vez: toda revolución tiene su momento de fuerte autoritarismo, su tiempo de imposición del régimen, su tiempo de terminar de derrotar a los contrarrevolucionarios. Hasta allí podría pensarse, inclusive justificarse, el llamado “terror rojo” de los primeros tiempos que comienza con el decreto del 5 de setiembre de 1918. Pero, lo sabemos, la cosa no quedó allí. Una serie de factores condujeron a que esa violencia fuera inherente al sistema y no solo una coyuntura de la construcción. Sin agotarlos, esos factores son los siguientes:

1ro- El “gran miedo” que en forma creciente se instalaba en los gobiernos de las potencias industriales de occidente, también comenzó a operar -en forma inversa- al interior de la revolución. Digámoslo de esta manera: ese “gran miedo”, dentro de la URSS, se tradujo en un temor obsesivo a la invasión externa (lo que nunca fue posible, ni figuró en los planes de nadie, excepto Hitler. Pero que inclusive en este caso Stalin tardó un tiempo en creer, como ya sabemos por el testimonio de Leopold Trepper). Ese “gran miedo” se tradujo también en el temor y el pánico a una supuesta conspiración de dirigentes soviéticos disidentes, desconfianza obsesiva propia de todos los procesos de concentración de poder: el temor a los disidentes. En parte ese es el origen de las purgas entre 1936 y 1939, el gulag, los campos de trabajos forzados, la NKVD, la persecusión universal al trostkysmo y gran parte del servicio de espionaje. Abunda la literatura y los ensayos sobre esta cuestión. Últimamente se ha vuelto sobre el tema con las novelas de Padura; pero también con “Muñeca Rusa”, de Alicia Dujovne; o los libros del húngaro Sandor Marai que están en la línea de Milan Kundera.

2- No puede comprenderse esa violencia sistémica de la RR sin considerar que se llevaba a cabo en un imperio decadente como el de los zares, donde el centralismo, el autoritarismo, el antisemitismo y, en definitiva, el orgullo imperial eran parte del aire que esa sociedad respiraba. La Revolución en ningún momento vino a cuestionar ese formato del aire, es decir, no renunció a ello. Visto con la mirada histórica, aquellas primeras décadas pos revolución fueron el proceso de transición del imperio ruso de su modalidad zarista a su modalidad soviética (como hoy estamos viendo esa reestructuración imperial con Putín luego de la crisis del sistema soviético con la Perestroika de Gorbachov). Esto explica no sólo la continuidad de un sistema policíaco sino también la violencia ejercida hacia las naciones que conformaron la URSS y que antes eran parte del imperio de los zares. Desde allí puede pensarse el genocidio ucraniano, el holodomor, entre 1931 y 1932 (3,5 millones de personas), o las razones del porque, en Kazagistán, por ejemplo, la colectivización forzada y la sedentarización brutal se llevó casi dos millones de personas. Parte de este drama, escasamente conocido en occidente es lo que relatan las noovelas de Andrei Makine como "Requiem por el este" y otras.
Charles Darwin y Karl Marx

3- Por otro lado, en tercer lugar, esa violencia sistemática emerge también de la particular forma en que fue interpretada la tradición marxista. Hubo allí, como en gran parte del pensamiento político europeo de la época, una asociación lamentable y no siempre explícita, con Charles Darwin.  Expongámoslo de esta manera: en 1859, muchos años después de pasar por aquí y tomarse unos mates con Don Juan Manuel de Rosas, Darwin publicó su gran obra “Origen y evolución de las especies”. El texto tuvo un enorme impacto en todo el ámbito del pensamiento científico y social europeo, por entonces en plena expansión, donde las ciencias naturales se habían convertido en el patrón metodológico para el conocimiento científico, pero también para la política, que debía estar orientada por ese conocimiento. Por ejemplo, el pensamiento social recibió esa influencia en Spencer desde donde, como en la naturaleza, la sociedad era también el ámbito de la supervivencia del mas apto. Era lamentable, pero era también la lógica del progreso, de la civilización: no todos estaban en condiciones de subir al tren del progreso y la civilización. Fue este un argumento “científico” que fortalecía el colonialismo europeo y desde donde la desaparición de pueblos o personas que se resistían a esa dinámica histórica era una fatalidad propia del desarrollo histórico hacia el progreso, mas allá de cualquier emotividad era la lógica histórica que, por decirlo de alguna manera, tenía sus “daños colaterales”. Desde la perspectiva de quienes condujeron la RR, la dinámica histórica conducía hacia el socialismo y luego al comunismo y, claro, así como un sistema quedaría atrás también las clases sociales que lo conformaban, la burguesía o el campesinado. Es decir, había clases que debían desaparecer -todas las variantes de la burguesía, por ejemplo- para que las fuerzas positivas del socialismo puedan desplegarse. Todos quienes sean definidos como un obstáculo para la evolución histórica, están condenados a desaparecer, ahora ya no como seres inferiores, sino como clases anti históricas. Y no sólo la burguesía, también el campesinado que era también una clase atrasada. Se trata de millones de personas donde “ninguno era culpable de nada, pero pertenecían a una clase que era culpable de todo”, es una frase que cabe para la burguesía, para el campesinado como para las expresiones nacionales que, aunque socialistas, como en Ucrania, debían ser sometidas.
Lo que estamos diciendo es que, por distintos factores, a poco de andar, esa gran revolución comenzó a estar herida por factores propios que durante el siglo la fueron socavando y que solo pudieron ocultarse a fuerza de mayor autoritarismo y propaganda. A fuerza de totalitarismo.

Claro, la presencia de un totalitarismo mas obscenamente irracional en occidente, como el fascismo, cuando Hitler se dispone a invadir la URSS, supuso la utilización de ese gran enemigo externo para ocultar esa perversión interna. La aparición del enemigo externo explícito y no fantasmal -como el capitalismo a punto de invadir o de la conspiración antisoviética interna con conexiones troskistas- produjo el efecto de siempre. Pero no por ello desaparecieron esas piedras en los zapatos de la revolución. La vida de Vassilli Grosman, en este sentido, es muy clara, allí el antisemitismo de la RR se combinó con los trabajos forzados, la persecución y el espionaje sobre quien había sido el reportero del Ejército Rojo.

Esa violencia sistémica de la RR, se expresó también en casi todos los ordenes de la producción de conocimiento y en la producción de arte. El tema no es secundario, por el contrario, hace foco en una cuestión central: el lugar del individuo y su creatividad en los procesos sociales, productivos o no, pero siempre creativos. La pregunta es: ¿hay posibilidad de construir y sostener la igualdad anulando la libertad que supone la expansión de la subjetividad? O, de otra manera, es todavía legítimo clausurar las libertades en pos de una supuesta igualdad? O, ¿es todavía posible o deseable apostar a un sistema que en pos de la igualdad pretenda homogeneizar, o sujetar la subjetividad y la libertad a una planificación estatal central? Y esto, claro, tiene un impacto enorme, tremendo, en el sistema económico, ni hablar en la producción cultural. Es muy interesante en este sentido revisar la vida de Shostakovich, relatada recientemente en una novela (El ruido del tiempo de Julian Barnes).
 
Luego, como sabemos ahora, ese “gran miedo” occidental al comunismo -durante la primera mitad del siglo XX- se convirtió en política occidental luego de la segunda gran guerra. Un miedo premeditadamente excesivo y manipulado a la dictadura comunista que, como se verá con el correr del siglo, no era más que la excusa para consolidar la economía del capital y cancelar todo intento de revolución o reforma. De hecho, en nombre de ese “temor a la dictadura comunista”, se alentaron las mas tremendas dictaduras y se iniciaron las guerras más atroces de la segunda mitad del siglo. Es lo que Hobsbawm llama imperialismo de los DDH, es decir la idea de un imperio que en nombre de la libertad y la democracia derroca gobiernos, impone dictaduras o provoca guerras tuvo en la manipulación del “miedo al comunismo” una herramienta fundamental.
Lo cierto es que esa dictadura existía. Aunque Stalin muere casi 10 años después de terminada la 2da gran guerra, en 1953, y aunque los dirigentes soviéticos no volvieron a recurrir a un terror a una escala tan grande, su tolerancia a la disidencia no fue muy diferente. Como lo argumenta Josep Fontana, consiguieron, a fuerza de totalitarismo, salvar al estado soviético, pero a costa de profundizar la renuncia a una sociedad socialista, es decir, la revolución que había surgido para eliminar la tiranía del estado acabó construyendo un estado opresor, erigido, paradógicamente para salvar a la revolución.

Pese a todo, el temor a ese contagio revolucionario, a partir de la revolución, alimentó la dinámica social, inclusive en América Latina. No es nada difícil encontrar, por ejemplo, un alto componente anticomunista en las experiencias nacional populares latinoamericanas, fundamentalmente en el varguismo y en el peronismo de los '50. Porque el miedo al contagio en el “mundo libre” no sólo alimentó a la represión sino también potenció lo que Fontana llama el “reformismo del miedo”, que había surgido en la Alemania de fines del siglo XIX: esto es, un capitalismo con políticas de bienestar para consolidar un orden social que los trabajadores amenazaban o podían amenazar. Esto, después de la 2da guerra, se generalizó con los estados de bienestar. La etapa dorada del capitalismo no se entiende completamente sin ese “gran miedo”. Ese “reformismo del miedo” se llevó a cabo con una propaganda sistemática contra una revolución que nunca pensó en la invasión de occidente, porque su principal herramienta fue la fe: la fe en que la lógica de la historia marchaba hacia el comunismo, por tanto, tarde o temprano occidente llegaría a él.

Esa comprensión vanguardista de la historia, que marchaba hacia el socialismo y que el faro, el mascarón de proa, era la URSS -junto con todos aquellos elementos propios al sentido imperial ruso- condujeron a la desacreditación universal del relato socialista cuando, por ejemplo, los dirigentes comunistas condenaron los populismos latinoamericanos, o cuando condenaron el mayo francés o el mexicano; o con la represión a la propuesta de socialismo con rostro humano en Checoslavaquia o en Hungría.  Con ello el miedo a la revolución se fue desvaneciendo, sólo era cuestión de tiempo que ese castillo de naipes se cayera en 1989. Cuando cayó, el imperio norteamericano comenzó a inventar otro enemigo en su reemplazo: el mundo musulmán. Así se dio forma a la primera guerra de la pos guerra fría, la guerra de Irak en 1991.

Pero está claro que la amenaza no era el sistema socialista que emergía de la URSS. La amenaza no era el comunismo, a pesar de que se agitaba ese miedo, sino las posibilidades de reforma o de revolución que las mismas sociedades necesitaban. Y ese temor a la revolución o a la reforma es lo que marcó el siglo XX. Por eso es un gran acierto lo que Karl Kraus había señalado hacia 1920, cuando decía que no le interesaba la práctica del comunismo, no es eso lo relevante. Lo más importante es lo que simboliza, “es su condición de amenaza constante sobre las cabezas de los que poseen riquezas lo que importa, que Dios nos conserve para siempre al comunismo, para que esta chusma no se vuelva todavía más desvergonzada… y para que, por lo menos, cuando se vayan a dormir sufran pesadillas”.
J.Q. 

domingo, 6 de mayo de 2012

Mirar el siglo XX desde el sur


Se ha generalizado la perspectiva de Eric Hobsbawm sobre el siglo XX, al que se refiere como un siglo corto, limitado en sus extremos por la primera gran guerra -y la Revolución rusa de 1917- y la caída del muro de Berlín, o de los socialismos reales, en 1989. Pues bien, si miramos el siglo XX desde otras referencias que no sean europeas, sino desde la dinámica de las periferias del mundo colonial y semicolonial en sus luchas por un lugar distinto en el sistema mundo moderno, la periodización del siglo XX puede no coincidir con esa perspectiva. Es de cierto sentido común que así sea, considerando que el mundo y las realidades sociales se piensan de distintas maneras, siempre y cuando hagamos un esfuerzo por superar el eurocentrismo epistemológico. El pensamiento, tanto en las ciencias sociales como en cualquier orden, está condicionado por cuestiones geopolíticas y económicas, su universalidad está acotada. En América Latina hay una larga tradición en los esfuerzos por mirar el mundo “desde nosotros” y no con los ojos del mundo europeo.
Contrariamente a lo que se estila en la bibliografía académica, el primer capítulo del libro "Ensayos sobre lo que nos dejó el siglo XX" aborda el período desde la perspectiva de la periferia del mundo desarrollado. Muy brevemente, trata de recorrer ese siglo poniendo en primer plano las voces que se alzan desde la periferia de la economía mundo en su lucha por la autonomía frente a los poderes mundiales, y desde allí priodizar. Desde esa perspectiva, si se mira bien, el siglo XX puede ser pensado como el siglo de Caibán, retomando la figura de Shakespeare en La Tempestad, o simplemente el siglo de la emergencia periférica.

Para bajar un esquema conceptual de estas argumentaciones haga click aquí

jueves, 22 de septiembre de 2011

El siglo XX: Entre lo efímero y lo continuo


Artículo publicado en La Mañana de Neuquén, suplemento económico, el domingo 11 de setiembre. Fragmento de la Introducción al libro "Veintiuno" Juan Quintar (Comp.) Ed. Educo.

 

¿Cuánto ha cambiado el mundo entre principios y fines del siglo XX? La pregunta nos plantea un inmenso desafío. Nada más pensar en el desarrollo de los medios de comunicación, de la aeronáutica; en las grandes guerras, la exploración del espacio, la inestabilidad financiera, la expansión demográfica, por poner algunos ejemplos, abruma a cualquier cientista social que quiera hacer un análisis integrado del período. Porque cada uno de esos aspectos impacta de múltiples maneras en el conjunto, conformando una realidad casi inconmensurable. La intervención sobre el átomo, por caso, que revolucionó la mitad del siglo XX, hoy se presenta casi como “anecdótica” ante la posibilidad de crear, inventar o modificar organismos vivos con la manipulación genética. Y ello, como todo lo que se coloca en el límite de lo conocido, si bien soluciona viejos problemas, también abre nuevos de resolución incierta.
Definitivamente, las incertidumbres de principios del siglo XX no eran de esta naturaleza.

Por otro lado, el impacto de las grandes transformaciones no es menor al que provoca la velocidad con que las mismas se suceden y se incorporan a la vida cotidiana. Ese aceleramiento del cambio histórico agudiza el sentido transitorio, perecedero, de todo lo que nos rodea. A esto mismo se refería el novelista checo, Milan Kundera, cuando afirmaba que “hay un vínculo secreto entre lentitud y memoria, entre velocidad y olvido”; la primera es directamente proporcional a la intensidad del segundo. (…) “Nuestra época se entrega al demonio de la velocidad y por eso se olvida tan fácilmente a sí misma”, insiste Kundera. Al parecer, la centuria pasada nos dejó este ingrediente de sabor extraño en nuestras vidas: lo efímero.
Que esa etapa que acabó hace pocos años ha sido un siglo de transformaciones vertiginosas y de vivencias extremas, no hay duda de ello. También es cierto que por debajo de las grandes transformaciones de distinto orden, y buscando la permanencia que esa pátina de lo efímero nos oculta, la humanidad se enfrenta con desafíos muy parecidos a los que tenía a principios de siglo, aunque –obviamente- inmersos en una complejidad mayor.
Lejos de la abstracción propia de las ciencias sociales, las historias de vida suelen reflejar esas persistencias, quizá porque, como decía Lennon, “la vida es aquello que nos sucede mientras planificamos cosas importantes”, por lo cual, al momento de mirar para atrás y reconstruirla, ponemos en evidencia su continuidad. Pensemos, por ejemplo, en Roger Casement, que a principios del siglo XX fue testigo de lo que era capaz el poder del dinero. Nunca más pudo conciliar el sueño después de conocer, como describe Vargas Llosa en ‘El sueño del celta’, “las indescriptibles crueldades a las que podía llegar el ser humano azuzado por la codicia y sus malos instintos en un mundo sin ley”. Nunca lo abandonaron las imágenes de esas personas cuyas manos habían sido cortadas por no alcanzar a recolectar las cuotas de caucho que las empresas británicas exigían en el Congo o en el Amazonas. El relato de las masacres caucheras europeas, como su lucha nacionalista por la independencia de Irlanda, son testimonios de una época donde el irrefrenable e impune poder del dinero se abría camino sobre el resto del mundo, especialmente la periferia.
Buscando una voz que nos hable de los fines de este siglo, problemático y febril, nos encontramos con Stéphane Hessel cuya vida no necesita ser novelada. En su infancia estuvo rodeado de intelectuales como Walter Benjamin o artistas como Marcel Duchamp. Al estallar la Segunda Guerra se incorporó a la resistencia francesa y fue parte del equipo de De Gaulle. Detenido por los nazis, fue torturado y deportado al campo de exterminio de Buchenwald de donde reiteradamente trató de evadirse, hasta que logró su objetivo haciéndose pasar por muerto. Al terminar la guerra fue enviado -en representación de Francia- a las reuniones para conformar la Organización de las Naciones Unidas, con lo que, con apenas 28 años, fue uno de los redactores más jóvenes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Luego, como parte del Gobierno francés, integró el grupo de funcionarios que promovió la independencia de Túnez y Marruecos y el fin de la guerra de Indochina. Este sobreviviente del siglo, que carga actualmente con 93 años, publicó recientemente un libro en el que da testimonio del fin de la centuria con una frase: “En este mundo hay cosas insoportables”. ¿A qué se refiere? En primer lugar, a la naturaleza del sistema económico y a las dificultades del mundo de la política frente al mismo. Afirma: “Nunca el poder del dinero fue tan inmenso, tan insolente y tan egoísta, y nunca los fieles servidores de Don Dinero se situaron tan alto en las máximas esferas del Estado”. Así, descarnadamente, Hessel nos dice que a fin de siglo XX todos los controles que el mundo de la política ejercía sobre la economía están siendo eliminados, ya sea por razones políticas o ideológicas, o como respuesta a los intereses de influyentes grupos de presión.
La propuesta con la que Hessel termina sus reflexiones remite a los conceptos que guiaban esas luchas de fines del siglo XIX, y trae a la memoria la experiencia y las denuncias de Casement como la necesidad de volver a pensar, y actuar, desde los viejos conceptos que se desarrollaron al calor de las luchas sociales de la modernidad. Se trata, para Hessel, nada más y nada menos de que “el interés general se imponga sobre los intereses particulares y que el reparto justo de la riqueza creada por los trabajadores tenga prioridad sobre los egoísmos del poder del dinero”.
Estas vidas y testimonios, como los de Casement y Hessel, nos vienen a decir que por debajo de las grandes y vertiginosas transformaciones del siglo, y de su carácter fugaz, persiste una disputa; y nos remiten a la necesidad de renovar las viejas aspiraciones de la humanidad con la idea de que, como dirían los antiglobalizadores de principios de siglo XXI, un mundo mejor es posible.

domingo, 4 de septiembre de 2011

VEINTIUNO: Ensayos sobre lo que nos dejó el siglo XX


Ya comenzamos a transitar el siglo XXI. No sabemos muy bien qué forma tendrá esta criatura, como tampoco a ciencia cierta cuál es su articulación genética con lo vivido. No obstante –sin esperar a que nuestro entendimiento se acomode-, este mundo del tercer milenio está dando sus primeros pasos. Como en la pintura que ilustra este libro, desde las entrañas, la irrupción de lo nuevo está en sus albores y se fracturan las formas que ya no pueden contener esas fuerzas que pugnan por ver la luz. Allí, en estas primeras expresiones, se combina lo que fue con lo que será y no resulta sencillo, para los contemporáneos, discernir lo nuevo en lo viejo. La historia, en ese sentido, siempre viene “mezclada”, como supo decir Silvio Rodríguez: se hace a mano y sin permiso, arando el porvenir con viejos bueyes.
Dimensionar las transformaciones del s.XX es todo un desafío. Por ejemplo, la intervención sobre el átomo, que revolucionó la mitad del siglo XX, hoy se presenta casi como “anecdótica” ante la posibilidad de crear, inventar o modificar organismos vivos con la manipulación genética. Y ello -como todo lo que se coloca en el límite de lo conocido-, si bien soluciona viejos problemas, también abre nuevos de resolución incierta. Definitivamente, las incertidumbres de principios del siglo XX no eran de esta naturaleza.
Este libro, que ya está en las librerías, es una compilación organizada y coordinada en función de responder a un interrogante: ¿cuales son los desafíos que nos ha dejado el s.XX?
Con esa inquietud, las reflexiones se despliegan con un lenguaje amplio que le dice al lector: "no hace falta que Ud. sea un especialista para comprender lo que nos pasa". 
De las compilaciones que el equipo de cátedra ha realizado, ésta me parece la más desafiante y lleva además un premio inesperado pero merecido: el prólogo de un maestro a quien muchos admiramos, Aldo Ferrer. Les dejo el índice del texto, como anticipo y, para el que quiera más, puede bajarse la introducción.
Salú !!!

Prólogo -  Mirar desde nosotros. 
Por Aldo Ferrer
Por Juan Quintar
I- El siglo XX desde el sur del mundo.  
Por Juan Quintar
II- Economía e industria. 
 Por Joaquín Perren.
III- La energía en el Siglo XX. 
Por Roberto Kozulj
IV- Colapso del ambiente, conciencia de la vida. 
Por José M. Mendes
V- Las luchas sociales. 
Por Marcela Debener
VI- ¿El hombre lobo del hombre? Los genocidios. 
Por Juan Quintar
VII- La ilusión del trabajo. 
Por Carlos Gabetta
VIII- Globalización y financiarización de la economía.  
Por Julio Sevares