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domingo, 24 de octubre de 2021

El elefante y la economía imperial

“Frida miró al elefante, y empezó a desdibujarse, pero nada le importó. Diego miró a la paloma y la amó, entre tantas cosas, entre el lienzo y la pasión…”[1] Ese tremendo y tortuoso amor, ya en los años ’50, estaba llegando a su fin de la misma manera que lo estaban haciendo los años de oro de Guatemala, país con el que ambos tenían estrechos vínculos. De hecho, la última aparición pública de Frida fue en una marcha, meses antes de su muerte y en silla de ruedas, junto a Diego y a Juan  O’Gorman, en repudio al golpe de estado de Castillo Armas en Guatemala. 

La paloma, moriría en julio de 1954 y el elefante, todavía  hundido en la pena, recibía otra carta de su amigo Miguel Ángel Asturias, a quien el golpe le había quitado la nacionalidad guatemalteca y lo había empujado hacia su exilio en Buenos Aires. En aquella carta, el autor de “Hombres de maíz” y “Sr presidente”, convocaba a Rivera a multiplicar los repudios por la desemboozada invasión de la CIA. La respuesta de Diego no se hizo esperar. Estaba al tanto de lo que allí sucedía no sólo por Asturias, sino también por Rina Lazos, la gran muralista guatemalteca que estaba pintando en su país en tiempos del golpe. A solicitud de él, Rina juntó fotografías y recortes de la prensa, viajó al DF, y en la casa-estudio que el elefante y la paloma compartían en Coyoacán, trabajaron incansablemente por tres meses. El resultado será un mural de un impacto tremendo, tanto que las tensiones de la guerra fría dificultaron por décadas su exposición. Prohibido en EEUU y ocultado por los sucesores de Stalin, permaneció “perdido” –oculto en Moscú- por décadas. Fue expuesto nuevamente en el museo Pushkin recién en 1997, habría que esperar este siglo para que, por primera vez, se mostrara en México (2007) y en Guatemala (2010). Su título deriva de las expresiones de Foster Dulles, por entonces Secretario de Estado norteamericano, asesor de la United Fruit y gestor de la invasión, respecto al golpe en Guatemala: “Gloriosa victoria”.

El imperio en la cintura de América

El pasado 20 de octubre se cumplió el 77 aniversario de “la revolución de octubre” de 1944 en Guatemala. Esa revolución puso fin a un período de largas dictaduras que habían estirado el siglo XIX guatemalteco hasta casi la mitad del XX: mientras el mundo se había modernizado  ese país se había convertido en una zona gris entre el feudalismo y las distintas formas de trabajo forzado o de explotación precapitalista. Las dictaduras de Estrada Cabrera (1898 – 1924) y de Jorge Ubico (1931-1944), especialmente, eran terroríficas administradoras de los bienes y las ganancias de la United Fruit Company y sus subsidiarias (la Internacional Railwayls Co, la empresa de teléfonos, la de energía, la de puertos, etc). “El pulpo”, como se la llamaba popularmente en Centroamérica, fue uno de esos consorcios internacionales que, fruto de la 2da Revolución industrial en el centro, dominaron y saquearon inmensas zonas de la periferia, con gobiernos títeres que les facilitaban el acceso a los recursos naturales, la exención fiscal y  el disciplinamiento de la mano de obra.

Hacia mediados de siglo XX estas dictaduras fueron acumulando resistencias y protestas pero, tal como ocurriera en la Argentina de 1943, fue un sector del ejército quien puso el límite. Esos militares se hicieron eco de las protestas de trabajadores urbanos, estudiantes y campesinos y terminaron derrocando a la última expresión de la dictadura, el Gral  Ponce Vaidés, el 20 de octubre de 1944. Comenzaba así un período de diez años en los cuales Guatemala comenzaba a ingresar en el siglo XX. Esa revolución tendría tres importantes capítulos: La junta de gobierno, la presidencia de Juan José Arévalo y la del Cnel Jacobo Arbenz Guzmán. Esos tres momentos de modernización y construcción de una democracia popular con profundo sentido social, fue ahogada en las aguas del juego bipolar entre los imperios en beneficio de “el pulpo” bananero. El final de esos diez años constituye uno de los más altos puntos del anticomunismo, que ha sido una de las perversiones políticas del siglo XX y va camino de seguir siéndolo por el temor que sigue generando el fantasma de la igualdad.

J.J. Arévalo y Jacobo Árbenz

Al asumir la presidencia Jacobo Arbenz, en 1951, se impuso el desafío que había quedado pendiente con la gestión del primer presidente en elecciones libres: La tenencia de la tierra y los monopolios. Un dato inicial es fuerte, pero no sorprende: El 76% de los habitantes poseían el 10% de las tierras. Dicho de otra manera, el 2,2%  de los habitantes poseían el 76% de las tierras, pero la UFCo poseía aproximadamente el 50% de las tierras cultivables, de las cuales sólo utilizaba el 2,2%. A su vez, ni “el pulpo” ni sus subsidiarias habían pagado alguna vez impuestos.  El intento de Reforma Agraria hizo que la CIA organizara su segunda intervención derrocando gobiernos democráticamente elegidos, el primero había sido el derrocamiento de Mosadeq, en Irán, para revertir la nacionalización del petróleo.

El imperio en el lienzo

El mural de Rivera está lleno de detalles y, como siempre, de colores que rebosan latinoamericanidad. Puede interpretarse desde distintos ángulos y, si el observador ha leído ya “Tiempos recios”, de Vargas Llosa, verá cómo un escritor sobresaliente y de derechas confluye con un pintor magnífico y de izquierda.

La base de la imagen es el mundo de la muerte, abonado (desde la derecha del cuadro) por quienes fertilizan el suelo guatemalteco con las luchas y, por detrás de ellos, el Palacio, la Iglesia y las cárceles con sus presos que agitan la bandera celeste y blanca guatemalteca. Toda esta parte del mural fue pintada por Rina Lazo. Más aún, ella misma está allí, agregada por Diego. Cierta vez lo contó Rina: “Diego me dijo un día: ‘traiga una blusa roja mañana’.

Al día siguiente llegué y me puso a posar como guerrillera, con una ametralladora de juguete que era de su nieto Juan Pablo”. Por la izquierda ese suelo de muerte es abonado por la sangre del trabajo para recoger las bananas. Un soldado, que apoya su fusil sobre el cuerpo de un campesino, testimonia el papel disciplinador asignado a las dictaduras y, por detrás, las bananas son cargadas en un barco norteamericano. Por un lado y por otro, Rina y Diego le dan color al contexto.

En el centro de la escena, los jinetes del apocalipsis guatemalteco: el presidente norteamericano Dwight Eisenhower, como bomba antropomorfa, y en él apoyado Foster Dulles, Secretario de Estado, que saluda a Castillo Armas (“Cara de hacha”), el militar guatemalteco que se prestó a liderar el movimiento en el terreno, saluda a Dulles con dólares en el bolsillo y una pistola en la cintura. Atrás de Dulles, el “carnicero de Grecia”, John Peurifoy, embajador norteamericano en Guatemala, también, con un bolso lleno de dólares y  repartiendo; a su lado, el otro Dulles, Allen, director de la CIA y, a la derecha de ellos y mas cerca del pueblo, un personaje clave en la agitación anticomunista, el arzobispo Mariano Rossell Arellano.

Esta representación pictórica del imperio en el caribe estaría completa con “el generalísimo” Leónidas Trujillo, “el chivo”, el feroz dictador de República Dominicana; con Anastasio Somoza, el dictador nicaragüense; y con el sobrino de Sigmund Freud, Edward_Bernays. Tres piezas piezas claves en la “Operación éxito”: el primero, con asesinos puntuales que fueron claves en el trabajo que coordinó la CIA, el segundo con las bases para los aeropuertos y el territorio para el entrenamiento de las fuerzas mercenarias; y el tercero como el gran armador de la propaganda anticomunista.


El relato latinoamericanista de la militancia nacional popular en Argentina, ha querido ver en Jacobo Arbenz a una especie de Perón guatemalteco. Indudablemente, alejado de aquella coyuntura, hubo mucho de parecido entre ellos, en definitiva, eran militares nacionales y populares de posguerra y el programa de gobierno de la revolución de octubre guatemalteco tenía muchas similitudes coon el primer peronismo. Un aire de familia es inevitable. Pero el parecido sólo se puede establecer prescindiendo de la historia.

En ese sentido, Arbenz debió haber pensado que poco tenía que ver con Perón. Pensemos que cuando la operación de la CIA se estaba llevando adelante, en 1953, Somoza, que prestaba territorio y bases, es invitado por el líder argentino y condecorado con “la Orden de Honor de San Martín” y la “Orden al mejor amigo peronista” y solicita a las masas, en el balcón, 3 vivas: por Nicaragua, por el Gral Somoza y por la Patria. Pero más aún, en su exilio, entre 1956 y 1958, está dos años acogido por Leónidas Trujillo. Bueno, no es novedad que el relato político organiza la historia según sus fines, y de allí las tensiones con la Historia.  



[1] Pedro Guerra. El elefante y la paloma. Disco Golosinas (1994)

jueves, 3 de septiembre de 2020

Haber y el verdor de la ciencia desquiciada

¿Qué tienen en común el ciclo del guano en Perú o el del salitre en Chile con la batalla de Ypres (1ra guerra) o el genocidio industrial?

Del libro “Un verdor terrible” de Benjamín Labatut, Ed. Anagrama. Fragmento publicado en Babelia, El País, 1ro de setiembre de 2020.

El primer ataque con gas de la historia arrasó a las tropas francesas atrincheradas cerca del pequeño pueblo de Ypres, en Bélgica. Al despertar en la madrugada del jueves 22 de abril de 1915, los soldados vieron una enorme nube verdosa que reptaba hacia ellos por la Tierra de Nadie. Dos veces más alta que un hombre y tan densa como la niebla invernal, se estiraba de un lado a otro del horizonte, a lo largo de seis kilómetros. A su paso las hojas de los árboles se marchitaban, las aves caían muertas desde el cielo y el pasto se teñía de un color metálico enfermizo. Un aroma similar a piña y lavandina cosquilleó las gargantas de los soldados cuando el gas reaccionó con la mucosa de sus pulmones, formando ácido clorhídrico. A medida que la nube se empozaba en las trincheras, cientos de hombres se desplomaron convulsionando, ahogándose en sus propias flemas, con mocos amarillos burbujeando en su boca, su piel azulada por la falta de oxígeno. «Los meteorólogos tenían razón. Era un día hermoso, el sol brillaba. Donde había pasto, resplandecía verde. Debiéramos haber estado yendo a un pícnic, no haciendo lo que íbamos a hacer», escribió WilliSiebert, uno de los soldados que abrió parte de los seis mil cilindros de gas cloro que los alemanes derramaron esa mañana en Ypres. «De pronto escuchamos a los franceses gritando. En menos de un minuto comencé a oír la mayor descarga de municiones de rifle y ametralladoras que escuché en mi vida. Cada cañón de artillería, cada rifle, cada ametralladora que tenían los franceses tiene que haber sido disparado. Jamás oí un estruendo similar. La lluvia de balas que pasaba silbando sobre nuestras cabezas era increíble, pero no estaba deteniendo el gas. El viento seguía empujándolo hacia las líneas francesas. Escuchamos a las vacas berrear y los caballos relinchar. Los franceses siguieron disparando. Era imposible que vieran a qué estaban disparando. En unos quince minutos el fuego comenzó a detenerse. Después de media hora, solo disparos ocasionales. Entonces todo volvió a estar tranquilo. En un rato el aire se había despejado y caminamos más allá de las botellas de gas vacías. Lo que vimos fue la muerte total. Nada estaba vivo. Todos los animales habían salido de sus agujeros para morir. Conejos, topos, ratas y ratones muertos en todas partes. El olor del gas aún flotaba en el aire. Colgaba de los pocos arbustos que habían quedado. Cuando llegamos a las líneas francesas, las trincheras estaban vacías, pero a media milla los cuerpos de los soldados franceses estaban esparcidos por todas partes. Fue increíble. Luego vimos que había algunos ingleses. Uno podía ver cómo los hombres se habían arañado la cara y el cuello, tratando de volver a respirar. Algunos se habían disparado a sí mismos. Los caballos, aún en los establos, las vacas, los pollos, todo, todos estaban muertos. Todo, incluso los insectos estaban muertos.»

El hombre que había planificado el ataque con gas en Ypres era el creador de esa nueva forma de hacer la guerra, el químico Fritz Haber. De raíces judías, Haber era un verdadero genio, y tal vez la única persona en ese campo de batalla capaz de comprender las complejas reacciones moleculares que volvieron negra la piel de los mil quinientos soldados muertos en Ypres. El éxito de su misión le valió un ascenso al rango de capitán, una promoción a la jefatura de la sección de Química del Ministerio de Guerra y una cena con el mismísimo káiser Guillermo II. Pero al volver a Berlín Haber fue confrontado por su esposa. Clara Immerwahr –la primera mujer en recibir un doctorado en química de una universidad alemana– no solo había visto el efecto del gas sobre animales en el laboratorio, sino que había estado muy cerca de perder a su marido, cuando el viento cambió de súbito en una de las pruebas de campo. El gas sopló directo hacia la colina desde la cual Haber, montado sobre su caballo, dirigía a sus tropas. Fritz se salvó de milagro, pero uno de sus ayudantes no pudo escapar de la nube tóxica; Clara lo vio morir en el suelo, retorciéndose como si hubiera sido invadido por un ejército de hormigas hambrientas. Cuando Haber regresó victorioso de la masacre de Ypres, Clara lo acusó de haber pervertido la ciencia al crear un método para exterminar humanos a escala industrial, pero Fritz la ignoró por completo: para él, la guerra era la guerra y la muerte era la muerte, fuera cual fuera el medio de infligirla. Aprovechó su permiso de dos días para invitar a todos sus amigos a una fiesta que duró hasta la madrugada, al final de la cual su mujer bajó al jardín, se quitó los zapatos y se disparó en el pecho con el revólver de servicio de su marido. Murió desangrada en los brazos de su hijo de trece años, quien corrió escaleras abajo al escuchar el balazo. Aún en estado de shock, Fritz Haber fue obligado a viajar al día siguiente para supervisar un ataque de gas en el frente oriental. Durante el resto de la guerra continuó refinando métodos para desplegar el veneno con mayor eficacia, acosado por el espectro de su mujer. «Realmente me hace bien, cada tantos días, estar en el frente, donde las balas vuelan. Allí lo único que importa es el instante, y el único deber es hacer lo que uno pueda dentro de los límites de la trinchera. Y luego, de vuelta en el centro de comando, encadenado al teléfono, donde escucho en mi corazón las palabras que la pobre mujer me dijo una vez, y en una visión nacida del agotamiento, veo su cabeza emerger entre los telegramas. Y sufro.»

Luego del armisticio de 1918, Fritz Haber fue declarado criminal de guerra por los aliados, a pesar de que ellos habían utilizado el gas con el mismo fervor que las potencias del Eje. Tuvo que escapar de Alemania y refugiarse en Suiza, donde recibió la noticia de que había obtenido el Premio Nobel de Química por un descubrimiento que había hecho poco antes de la guerra, y que en las décadas siguientes alteraría el destino de la especie humana.

En 1907, Haber fue el primero en extraer nitrógeno –el principal nutriente que las plantas necesitan para crecer– directamente del aire. Con ello, solucionó, del día a la mañana, la escasez de fertilizantes que a principios del siglo XX amenazaba con desencadenar una hambruna global como no se había visto nunca antes; de no haber sido por Haber, cientos de millones de personas que hasta entonces dependían de sustancias naturales como el guano y el salitre para abonar sus cultivos podrían haber muerto por falta de alimentos. En siglos anteriores, la demanda insaciable de Europa había llevado a bandas inglesas a viajar hasta Egipto para saquear las catacumbas de los antiguos faraones no en busca de oro, joyas, o antigüedades, sino del nitrógeno contenido en los huesos de los miles de esclavos con que los reyes del Nilo se habían inhumado para que continuaran sirviéndolos más allá de la muerte. Los ladrones de tumbas ingleses ya habían agotado las reservas de Europa continental; desenterraron más de tres millones de esqueletos, incluyendo las osamentas de cientos de miles de soldados y caballos muertos en las batallas de Austerlitz, Leipzig y Waterloo, para enviarlos en barco al puerto de Hull, en el norte de Inglaterra, donde eran molidos en los trituradores de huesos de Yorkshire para fertilizar los campos verdes de Albión. Al otro lado del Atlántico, los cráneos de más de treinta millones de bisontes masacrados en las praderas norteamericanas eran recogidos uno a uno por campesinos e indios pobres, para venderlos al Sindicato de Huesos de Dakota del Norte, que los amontonaba hasta formar una pila del tamaño de una iglesia antes de transportarlos a la fábrica que los molía para producir fertilizante y «negro-hueso», el pigmento más oscuro que se podía encontrar en esa época. Lo que Haber había logrado en el laboratorio, Carl Bosch, el ingeniero principal del gigante químico alemán BASF, lo convirtió en un proceso industrial capaz de producir cientos de toneladas de nitrógeno en una fábrica del tamaño de una pequeña ciudad, operada por más de cincuenta mil trabajadores. El proceso Haber-Bosch fue el descubrimiento químico más importante del siglo XX: al duplicar la cantidad de nitrógeno disponible, permitió la explosión demográfica que hizo crecer la población humana de 1,6 a 7 mil millones de personas en menos de cien años. Hoy, cerca del cincuenta por ciento de los átomos de nitrógeno de nuestros cuerpos han sido creados de forma artificial, y más de la mitad de la población mundial depende de alimentos fertilizados gracias al invento de Haber. El mundo moderno no podría existir sin el hombre que «extrajo pan del aire», según palabras de la prensa de su época, aunque el uso inmediato de su milagroso hallazgo no fue alimentar a las masas hambrientas, sino proveer a Alemania de la materia prima que necesitaba para seguir fabricando pólvora y explosivos durante la Primera Guerra Mundial, luego de que la flota inglesa cortara su acceso al salitre chileno. Con el nitrógeno de Haber, el conflicto europeo se prolongó dos años más, aumentando las bajas de ambos lados en varios millones de personas.

Uno de los que sufrió debido a la extensión de la guerra fue un joven cadete de veinticinco años; aspirante a artista, había rehuido el servicio militar obligatorio de todas las formas posibles, hasta que la policía llegó a buscarlo al número 34 de la calle Schleissheimer, en Múnich, en enero de 1914. Bajo amenaza de prisión, se presentó al examen médico en Salzburgo, pero lo declararon «no apto, demasiado débil e incapaz de portar armas». En agosto de ese año –cuando miles de hombres se inscribían voluntariamente en las fuerzas, sin poder contener sus ganas de participar en la guerra venidera–, el joven pintor tuvo un súbito cambio de actitud: le escribió una petición personal al rey Luis III de Baviera para poder servir como austriaco en el ejército bávaro. El permiso llegó al día siguiente. Adi, como lo llamaban cariñosamente sus compañeros del Regimiento List, fue  enviado directamente a la batalla que en Alemania llegó a ser conocida como KindermordbeiYpern, la matanza de los inocentes, ya que cuarenta mil jóvenes recién enlistados murieron en solo veinte días. De los doscientos cincuenta hombres que formaban su compañía, solo cuarenta lograron sobrevivir; Adi fue uno de ellos. Recibió la Cruz de Hierro, fue promovido a cabo y nombrado mensajero de la Sede de su Regimiento, por lo que pasó los siguientes años a una cómoda distancia del frente, leyendo libros de política y jugando con un fox terrier que adoptó y llamó Fuchsl, zorrito. Ocupaba sus tiempos muertos pintando acuarelas azuladas y haciendo bocetos a carboncillo de su mascota y de la vida en las barracas. El 15 octubre de 1918, mientras languidecía esperando nuevas órdenes, fue momentáneamente cegado por un ataque con gas mostaza lanzado por los ingleses, y pasó las últimas semanas de la guerra convaleciendo en un hospital del pequeño pueblo de Pasewalk, en Pomerania, sintiendo que sus ojos se habían convertido en dos carbones al rojo vivo. Cuando supo las noticias de la derrota de Alemania y la abdicación firmada por el káiser Guillermo II sufrió un segundo ataque de ceguera, muy distinto al que le había causado el gas: «Todo se volvió negro ante mis ojos. Volví al pabellón a tientas y tambaleando, me lancé en mi litera, y hundí mi cabeza ardiendo en mi almohada», recordó años después, en una celda de la prisión de Landsberg, acusado de traición por dirigir un fallido golpe de Estado. Allí pasó nueve meses consumido por el odio, aún humillado por las condiciones impuestas a su país de adopción por las potencias vencedoras, y por la cobardía de los generales, que se habían rendido en vez de pelear hasta el último hombre.

Desde la cárcel planeó su venganza: escribió un libro sobre su lucha personal y detalló un plan para alzar a Alemania sobre todas las naciones del mundo, algo que estaba dispuesto a hacer con sus propias manos si llegase a ser necesario. En el periodo de entreguerras, mientras Adi escalaba hasta la cima del Partido Nacionalsocialista Obrero, gritando las arengas del discurso racista y antisemita que lo acabaría coronando como el Führer de toda Alemania, Fritz Haber hacía sus propios esfuerzos por recomponer la gloria perdida de su patria. 

Envalentonado por el éxito que había tenido con el nitrógeno, Haber se propuso reconstruir la República de Weimar y pagar las reparaciones de guerra que estrangulaban su economía mediante un proceso tan prodigioso como el que le había valido el Nobel: cosechar oro de las olas del mar. Viajando con una identidad falsa para no levantar sospechas, recolectó cinco mil muestras de agua de diversos mares del mundo, trozos de hielo del Polo Norte y témpanos de la Antártida. Estaba convencido de que podía minar el oro disuelto en los océanos, pero luego de años de arduo trabajo tuvo que aceptar que su cálculo original había sobrestimado el contenido de este metal precioso en varias órdenes de magnitud. Volvió a su país con las manos vacías.

En Alemania se refugió en su trabajo como director del Instituto Kaiser Wilhelm de Química-Física y Electroquímica mientras el antisemitismo iba creciendo a su alrededor. Momentáneamente protegido en el oasis académico, Haber y su equipo produjeron múltiples nuevas sustancias; una de ellas usaba el cianuro para formar un pesticida en gas cuya acción era tan violenta que lo bautizaron Zyklon, la palabra alemana que designa los vientos de un huracán. La efectividad radical del compuesto asombró a los entomólogos que lo utilizaron por primera vez, para despiojar un barco que cubría la ruta entre Hamburgo y Nueva York, quienes le escribieron directamente a Haber para elogiar «la extremada elegancia del proceso de erradicación». Haber fundó el Comisionado Nacional para el Control de Pestes; desde allí organizó la matanza de chinches y pulgas en los submarinos de la armada y ratas y cucarachas en las barracas del ejército. Luchó contra una verdadera legión de polillas que atacaba la harina que el gobierno acumulaba en silos repartidos a lo largo de todo el territorio nacional, y que Haber describió a sus superiores como «una plaga bíblica que amenazaba el bienestar del espacio vital germano», sin saber que ellos habían comenzado a implementar la persecución de todos los que compartían las raíces judías de Haber.

Fritz se había convertido al cristianismo a los veinticinco años. Estaba tan identificado con su país y sus costumbres que sus hijos solo se enteraron de su ascendencia cuando él les dijo que debían escapar de Alemania. Haber huyó después de ellos y pidió asilo en Inglaterra, pero fue violentamente repudiado por sus colegas británicos, quienes conocían el rol que había jugado en la guerra química. Tuvo que abandonar la isla poco después de llegar. Desde allí se escabulló de un país a otro, intentando alcanzar Palestina, con el pecho apretado por el dolor, ya que sus vasos sanguíneos no eran capaces de llevar suficiente sangre a su corazón. Murió en Basel, en 1934, abrazado al cilindro con el que dilataba sus arterias coronarias, sin saber que pocos años más tarde el pesticida que él había ayudado a crear sería utilizado por los nazis en sus cámaras de gas para asesinar a su media hermana, a su cuñado, a sus sobrinos, y a tantos otros judíos que murieron en cuclillas, con los músculos agarrotados y la piel cubierta de manchas rojas y verdes, sangrando por los oídos, echando espuma por la boca, con los más jóvenes aplastando a los niños y a los ancianos en su intento por escalar la pila de cuerpos desnudos y poder respirar unos minutos más, unos segundos más, ya que el Zyklon B se empozaba cerca del suelo luego de ser vertido por ranuras en el techo. Una vez que la niebla de cianuro era disipada por ventiladores, los cadáveres eran arrastrados a enormes hornos e incinerados. Sus cenizas fueron enterradas en fosas comunes, vertidas en ríos y estanques o esparcidas como abono en los campos de los alrededores. 

Dos nóbeles: Haber y Eistein

Entre las pocas cosas que Fritz Haber tenía consigo al morir hallaron una carta escrita a su mujer. En ella, Haber le confiesa que siente una culpa insoportable; pero no por el rol que jugó en la muerte de tantos seres humanos, directa o indirectamente, sino porque su método para extraer nitrógeno del aire había alterado de tal forma el equilibrio natural del planeta que él temía que el futuro de este mundo no pertenecería al ser humano sino a las plantas, ya que bastaría que la población mundial disminuyera a un nivel premoderno durante tan solo un par de décadas para que ellas fueran libres de crecer sin freno, aprovechando el exceso de nutrientes que la humanidad les había legado para esparcirse sobre la faz de la tierra hasta cubrirla por completo, ahogando todas las formas de vida bajo un verdor terrible.

Del libro “Un verdor terrible” de Benjamín Labatut, Ed. Anagrama. Fragmento publicado en Babelia, El País, 1ro de setiembre de 2020.

lunes, 30 de octubre de 2017

De regreso a oktubre: a 100 años de la Revolución Rusa

La insurrección de los soviets que se produjo la noche del 24 al 25 de octubre de 1917 sería un día histórico, no sólo para Rusia. Fue la caída del último estado absolutista europeo, en este caso del este europeo articulado históricamente con gran parte de Asia. Y fue un día histórico para el mundo porque abrió el camino, dio los primeros pasos, de uno de los íconos de la historia humana. ¿Porque decimos semejante cosa?
Pues bien, las sociedades humanas, desde la génesis de su historia, han luchado siempre en pos de dos objetivos: la libertad, es decir, la eliminación de obstáculos para actuar o pensar (de ahí la larga trayectoria del liberalismo); y la  igualdad, o el derecho a participar equitativamente de los bienes de la naturaleza y de los frutos de nuestro trabajo. Pues bien, la Revolución Rusa (RR) traía por entonces esa esperanza que tenía profundas raíces históricas: la esperanza respecto de la igualdad y libertad. Ambas. Por eso no es una exageración decir que rápidamente se convirtió en el ícono, por no decir el estandarte, de la lucha por la igualdad que de una manera u otra articuló lo que algunos llaman “la fe del siglo”. Entonces, cabe preguntarse: ¿Cual es el lugar de la revolución rusa en la historia? O, dicho de otra manera, ¿de que modo su presencia modeló -o no- el derrotero del siglo XX?

Las luchas por la igualdad y la libertad se enfrentaron siempre con los defensores del statu quo. Pues bien, en el siglo XX no pudieron más que escandalizarse con la RR. Desde entonces los ha desvelado ese fantasma. En ese sentido, la RR puede ser comparada, por su alcance, a la Revolución Francesa ya que ciertamente tuvo un impacto universal, ecuménico y, como tal, marcó el fin de una época y el comienzo de otra. Las masas, el pueblo, los desterrados, enbanderados con esa esperanza, daban inicio a una nueva época: el siglo XX.
No era el único episodio de estas características que señalaban el inicio de una nueva era: la Revolución mexicana (1910) está en esa línea. Las dos son revoluciones de la periferia del mundo desarrollado, la Rusa es una conmoción en el mas importante imperio de la periferia y de allí su alcance universal.
También hay otros episodios que señalan un cambio de época, justamente por aquellos años, el genocidio armenio, por ejemplo, que abre una seguidilla que caracterizará a todo el siglo XX y que justamente la RR no se abstendrá de participar; o la 1ra guerra mundial, donde queda claro ya que no es posible iniciar una guerra sin industria y, en segundo lugar, la guerra es un gran negocio.

Pero volviendo a la RR ¿Porqué señala un cambio de época?
Por varias razones. En 1er lugar, venía a decir que lo que habían escrito utopistas y el propio Marx y Engels, en 1848, no era un exceso de lenguaje o de esperanza juvenil y, por tanto, por primera vez las sociedades tenían otra posibilidad frente al capitalismo.

En 2do lugar, el episodio se interpretó, inmediatamente -desde el occidente capitalista- como una amenaza que debía ser eliminada, de allí que en la guerra civil que siguió a la toma del poder por los bolcheviques, es decir la guerra entre el Ejército Rojo y los blancos, que se llevó la vida de poco mas de 8 millones de personas, los blancos tuvieron el apoyo antirrevolucionario de 13 países capitalistas. Pero una vez terminada esa guerra interna, la lucha de esos países capitalistas fue contra las influencias de esa RR. Fue el combate persistente, y durante todo el siglo, contra un enemigo invisible y universal, un fantasma que se escondía detrás de cada protesta, detrás de cada huelga, detrás de cada proyecto de reforma. Pensemos, por ejemplo en nuestro país, en la Patagonia, entre 1919 y 1921, el temor irracional que generaba la lucha por un simple convenio colectivo de trabajo era porque la oligarquía terrateniente pensaba que detrás de aquellos andrajosos obreros había algo parecido a los soviets. Pensemos en Sacco y Vanzzetti y el origen del FBI, por ejemplo. O el caso de la 2da República Española (1931), donde un proyecto moderadamente reformista, en un contexto europeo de ascenso de los fascismos, las potencias occidentales condenaron ese ensayo por el “peligro comunista” que “supuestamente” encarnaba, prefiriendo al fascismo ultracatólico del franquismo.
Lo que hay que decir es que ciertamente era un temor real, la posibilidad de la expansión del socialismo estaba en la dinámica social de los tiempos. Porque había un importante crecimiento de diversas fuerzas que pujaban hacia el sentido de profundizar la igualdad, hacia el socialismo, aunque no todos de la misma manera: una expresión de ello era justamente la 2da república española, en 1931, aunque ciertamente muy moderada. Por lo que aquí interesa, en ese amplio universo socialista que estaba creciendo, la RR parecía concentrar las esperanzas a pesar de que ya estaba acentuando sus rasgos mas perversos. La esperanza en el programa socialista de la RR fue tan grande que no dejaba ver, y eso sucedió por décadas, esa enorme perversidad.
Digámoslo directamente y de una vez: toda revolución tiene su momento de fuerte autoritarismo, su tiempo de imposición del régimen, su tiempo de terminar de derrotar a los contrarrevolucionarios. Hasta allí podría pensarse, inclusive justificarse, el llamado “terror rojo” de los primeros tiempos que comienza con el decreto del 5 de setiembre de 1918. Pero, lo sabemos, la cosa no quedó allí. Una serie de factores condujeron a que esa violencia fuera inherente al sistema y no solo una coyuntura de la construcción. Sin agotarlos, esos factores son los siguientes:

1ro- El “gran miedo” que en forma creciente se instalaba en los gobiernos de las potencias industriales de occidente, también comenzó a operar -en forma inversa- al interior de la revolución. Digámoslo de esta manera: ese “gran miedo”, dentro de la URSS, se tradujo en un temor obsesivo a la invasión externa (lo que nunca fue posible, ni figuró en los planes de nadie, excepto Hitler. Pero que inclusive en este caso Stalin tardó un tiempo en creer, como ya sabemos por el testimonio de Leopold Trepper). Ese “gran miedo” se tradujo también en el temor y el pánico a una supuesta conspiración de dirigentes soviéticos disidentes, desconfianza obsesiva propia de todos los procesos de concentración de poder: el temor a los disidentes. En parte ese es el origen de las purgas entre 1936 y 1939, el gulag, los campos de trabajos forzados, la NKVD, la persecusión universal al trostkysmo y gran parte del servicio de espionaje. Abunda la literatura y los ensayos sobre esta cuestión. Últimamente se ha vuelto sobre el tema con las novelas de Padura; pero también con “Muñeca Rusa”, de Alicia Dujovne; o los libros del húngaro Sandor Marai que están en la línea de Milan Kundera.

2- No puede comprenderse esa violencia sistémica de la RR sin considerar que se llevaba a cabo en un imperio decadente como el de los zares, donde el centralismo, el autoritarismo, el antisemitismo y, en definitiva, el orgullo imperial eran parte del aire que esa sociedad respiraba. La Revolución en ningún momento vino a cuestionar ese formato del aire, es decir, no renunció a ello. Visto con la mirada histórica, aquellas primeras décadas pos revolución fueron el proceso de transición del imperio ruso de su modalidad zarista a su modalidad soviética (como hoy estamos viendo esa reestructuración imperial con Putín luego de la crisis del sistema soviético con la Perestroika de Gorbachov). Esto explica no sólo la continuidad de un sistema policíaco sino también la violencia ejercida hacia las naciones que conformaron la URSS y que antes eran parte del imperio de los zares. Desde allí puede pensarse el genocidio ucraniano, el holodomor, entre 1931 y 1932 (3,5 millones de personas), o las razones del porque, en Kazagistán, por ejemplo, la colectivización forzada y la sedentarización brutal se llevó casi dos millones de personas. Parte de este drama, escasamente conocido en occidente es lo que relatan las noovelas de Andrei Makine como "Requiem por el este" y otras.
Charles Darwin y Karl Marx

3- Por otro lado, en tercer lugar, esa violencia sistemática emerge también de la particular forma en que fue interpretada la tradición marxista. Hubo allí, como en gran parte del pensamiento político europeo de la época, una asociación lamentable y no siempre explícita, con Charles Darwin.  Expongámoslo de esta manera: en 1859, muchos años después de pasar por aquí y tomarse unos mates con Don Juan Manuel de Rosas, Darwin publicó su gran obra “Origen y evolución de las especies”. El texto tuvo un enorme impacto en todo el ámbito del pensamiento científico y social europeo, por entonces en plena expansión, donde las ciencias naturales se habían convertido en el patrón metodológico para el conocimiento científico, pero también para la política, que debía estar orientada por ese conocimiento. Por ejemplo, el pensamiento social recibió esa influencia en Spencer desde donde, como en la naturaleza, la sociedad era también el ámbito de la supervivencia del mas apto. Era lamentable, pero era también la lógica del progreso, de la civilización: no todos estaban en condiciones de subir al tren del progreso y la civilización. Fue este un argumento “científico” que fortalecía el colonialismo europeo y desde donde la desaparición de pueblos o personas que se resistían a esa dinámica histórica era una fatalidad propia del desarrollo histórico hacia el progreso, mas allá de cualquier emotividad era la lógica histórica que, por decirlo de alguna manera, tenía sus “daños colaterales”. Desde la perspectiva de quienes condujeron la RR, la dinámica histórica conducía hacia el socialismo y luego al comunismo y, claro, así como un sistema quedaría atrás también las clases sociales que lo conformaban, la burguesía o el campesinado. Es decir, había clases que debían desaparecer -todas las variantes de la burguesía, por ejemplo- para que las fuerzas positivas del socialismo puedan desplegarse. Todos quienes sean definidos como un obstáculo para la evolución histórica, están condenados a desaparecer, ahora ya no como seres inferiores, sino como clases anti históricas. Y no sólo la burguesía, también el campesinado que era también una clase atrasada. Se trata de millones de personas donde “ninguno era culpable de nada, pero pertenecían a una clase que era culpable de todo”, es una frase que cabe para la burguesía, para el campesinado como para las expresiones nacionales que, aunque socialistas, como en Ucrania, debían ser sometidas.
Lo que estamos diciendo es que, por distintos factores, a poco de andar, esa gran revolución comenzó a estar herida por factores propios que durante el siglo la fueron socavando y que solo pudieron ocultarse a fuerza de mayor autoritarismo y propaganda. A fuerza de totalitarismo.

Claro, la presencia de un totalitarismo mas obscenamente irracional en occidente, como el fascismo, cuando Hitler se dispone a invadir la URSS, supuso la utilización de ese gran enemigo externo para ocultar esa perversión interna. La aparición del enemigo externo explícito y no fantasmal -como el capitalismo a punto de invadir o de la conspiración antisoviética interna con conexiones troskistas- produjo el efecto de siempre. Pero no por ello desaparecieron esas piedras en los zapatos de la revolución. La vida de Vassilli Grosman, en este sentido, es muy clara, allí el antisemitismo de la RR se combinó con los trabajos forzados, la persecución y el espionaje sobre quien había sido el reportero del Ejército Rojo.

Esa violencia sistémica de la RR, se expresó también en casi todos los ordenes de la producción de conocimiento y en la producción de arte. El tema no es secundario, por el contrario, hace foco en una cuestión central: el lugar del individuo y su creatividad en los procesos sociales, productivos o no, pero siempre creativos. La pregunta es: ¿hay posibilidad de construir y sostener la igualdad anulando la libertad que supone la expansión de la subjetividad? O, de otra manera, es todavía legítimo clausurar las libertades en pos de una supuesta igualdad? O, ¿es todavía posible o deseable apostar a un sistema que en pos de la igualdad pretenda homogeneizar, o sujetar la subjetividad y la libertad a una planificación estatal central? Y esto, claro, tiene un impacto enorme, tremendo, en el sistema económico, ni hablar en la producción cultural. Es muy interesante en este sentido revisar la vida de Shostakovich, relatada recientemente en una novela (El ruido del tiempo de Julian Barnes).
 
Luego, como sabemos ahora, ese “gran miedo” occidental al comunismo -durante la primera mitad del siglo XX- se convirtió en política occidental luego de la segunda gran guerra. Un miedo premeditadamente excesivo y manipulado a la dictadura comunista que, como se verá con el correr del siglo, no era más que la excusa para consolidar la economía del capital y cancelar todo intento de revolución o reforma. De hecho, en nombre de ese “temor a la dictadura comunista”, se alentaron las mas tremendas dictaduras y se iniciaron las guerras más atroces de la segunda mitad del siglo. Es lo que Hobsbawm llama imperialismo de los DDH, es decir la idea de un imperio que en nombre de la libertad y la democracia derroca gobiernos, impone dictaduras o provoca guerras tuvo en la manipulación del “miedo al comunismo” una herramienta fundamental.
Lo cierto es que esa dictadura existía. Aunque Stalin muere casi 10 años después de terminada la 2da gran guerra, en 1953, y aunque los dirigentes soviéticos no volvieron a recurrir a un terror a una escala tan grande, su tolerancia a la disidencia no fue muy diferente. Como lo argumenta Josep Fontana, consiguieron, a fuerza de totalitarismo, salvar al estado soviético, pero a costa de profundizar la renuncia a una sociedad socialista, es decir, la revolución que había surgido para eliminar la tiranía del estado acabó construyendo un estado opresor, erigido, paradógicamente para salvar a la revolución.

Pese a todo, el temor a ese contagio revolucionario, a partir de la revolución, alimentó la dinámica social, inclusive en América Latina. No es nada difícil encontrar, por ejemplo, un alto componente anticomunista en las experiencias nacional populares latinoamericanas, fundamentalmente en el varguismo y en el peronismo de los '50. Porque el miedo al contagio en el “mundo libre” no sólo alimentó a la represión sino también potenció lo que Fontana llama el “reformismo del miedo”, que había surgido en la Alemania de fines del siglo XIX: esto es, un capitalismo con políticas de bienestar para consolidar un orden social que los trabajadores amenazaban o podían amenazar. Esto, después de la 2da guerra, se generalizó con los estados de bienestar. La etapa dorada del capitalismo no se entiende completamente sin ese “gran miedo”. Ese “reformismo del miedo” se llevó a cabo con una propaganda sistemática contra una revolución que nunca pensó en la invasión de occidente, porque su principal herramienta fue la fe: la fe en que la lógica de la historia marchaba hacia el comunismo, por tanto, tarde o temprano occidente llegaría a él.

Esa comprensión vanguardista de la historia, que marchaba hacia el socialismo y que el faro, el mascarón de proa, era la URSS -junto con todos aquellos elementos propios al sentido imperial ruso- condujeron a la desacreditación universal del relato socialista cuando, por ejemplo, los dirigentes comunistas condenaron los populismos latinoamericanos, o cuando condenaron el mayo francés o el mexicano; o con la represión a la propuesta de socialismo con rostro humano en Checoslavaquia o en Hungría.  Con ello el miedo a la revolución se fue desvaneciendo, sólo era cuestión de tiempo que ese castillo de naipes se cayera en 1989. Cuando cayó, el imperio norteamericano comenzó a inventar otro enemigo en su reemplazo: el mundo musulmán. Así se dio forma a la primera guerra de la pos guerra fría, la guerra de Irak en 1991.

Pero está claro que la amenaza no era el sistema socialista que emergía de la URSS. La amenaza no era el comunismo, a pesar de que se agitaba ese miedo, sino las posibilidades de reforma o de revolución que las mismas sociedades necesitaban. Y ese temor a la revolución o a la reforma es lo que marcó el siglo XX. Por eso es un gran acierto lo que Karl Kraus había señalado hacia 1920, cuando decía que no le interesaba la práctica del comunismo, no es eso lo relevante. Lo más importante es lo que simboliza, “es su condición de amenaza constante sobre las cabezas de los que poseen riquezas lo que importa, que Dios nos conserve para siempre al comunismo, para que esta chusma no se vuelva todavía más desvergonzada… y para que, por lo menos, cuando se vayan a dormir sufran pesadillas”.
J.Q. 

lunes, 14 de mayo de 2012

El siglo XX y los genocidios

¿Es el siglo XX -como afirma Eric Hobsbawm- el siglo de la barbarie por el grado de ensañamiento de la especie humana con sus congéneres? Es, indudablemente, una cuestión que despierta el debate.
Eric Hobsbawm
 Una imagen nos viene a la memoria: El hombre camina con la ayuda de un soporte de cuatro patas a causa de su cáncer terminal, escucha a una monja del hospital que le dice que vivimos en una época horrible, violenta, difícil. Un poco ofuscado por el argumento de la religiosa, el hombre le contesta: Aaah, pero no es “especialmente” horrible… Contrariamente a lo que se piensa, el siglo XX no fue “particularmente” sangriento. Las guerras causaron unos cien millones de muertos (es una cifra aceptada), agréguele unos diez millones más de los gulags rusos. Los campamentos chinos…, bueno, nunca se sabrá, pero dicen que veinte millones. Llevamos ciento treinta o ciento treinta y cinco millones de muertos. No impresiona demasiado teniendo en cuenta que en el siglo XVI los españoles y los portugueses consiguieron (sin cámaras de gas ni bombas) hacer desaparecer ciento cincuenta millones de indios de América Latina ¡¡aaah, eso sí que es un buen trabajo, hermana!! ¡¡Ciento cincuenta millones de personas liquidadas!! Bueno, usted dirá que tenían el apoyo de la iglesia… por eso hicieron un buen trabajo… Tan bueno fue que en América del Norte holandeses, ingleses, franceses y luego los norteamericanos, se sintieron inspirados y degollaron a cincuenta millones de personas más. ¡¡Doscientos millones de muertos en total!! ¡¡La mayor masacre de la historia de la humanidad!!! ¡¡Eso ocurrió aquí, ahí!! ¡¡A nuestro alrededor!!! Y ni un triste museo del holocausto... La historia de la humanidad, hermana… es una historia de horror.
Escena de la memorable "Invasiones bárbaras"
La escena es de Las invasiones bárbaras, premio Oscar a la mejor película extranjera en el 2003, del canadiense Denys Arcand. El director del filme podría completar el cuadro con el tráfico de esclavos y los millones de muertos que la experiencia neocolonial ha dejado en el sur del mundo en la segunda mitad del siglo XIX. Si seguimos en esa línea, nos alejamos de la imagen sombría que sobre el siglo XX se ha generalizado a partir de la obra de Eric Hobsbawm. No obstante, más allá de esos debates sobre la “barbarie” de la pasada centuria, lo cierto es que la idea de genocidio es hija del siglo XX y revela, ahora sí, un dato novedoso en la historia: más que un incremento de la barbarie lo que se observa en el pasado S.XX -mirado en detalle y en el largo plazo-es un lento aumento de la conciencia universal respecto de los crímenes masivos del Estado cuando se dispone a descargar toda su furia sobre los ciudadanos. De hecho, el primer genocidio del siglo, el Armenio, no ha sido juzgado; pero sí los últimos: el de Ruanda y el de Bosnia, por la Corte Penal Internacional, creada en 1998.
El texto "¿El hombre lobo del hombre?: los genocidios en el siglo XX", del libro Veintiuno, ensayos sobre lo que nos dejó el S.XX, hace un recorrido sobre los momentos mas destacados de la disposición genocida en el pasado siglo. Si Ud quiere una síntesis conceptual del texto, en power point, haga click aquí.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Polémicas con un jaurecheano (que placer...)

La siguiente nota fue escrita por Daniel Blanco, Profesor de Historia, docente de la Pcia de Chubut, en cercanías del Lago Puelo. 

La atenta lectura del artículo de mi amigo Juan en su blog "Medio lleno" me ha llamado a la reflexión y quisiera seguir profundizando conceptos que se entrecruzan a partir del caso “Instituto Dorrego”.
Quiero arrancar con  una breve consideración al señalamiento, implícito, que se hace de la condición de Psiquiatra de Pacho O´Donnel. Esto, dicho como al pasar, nos pone en una de las centralidades de la argumentación de mi amigo. Según mi lectura lo que en el artículo se hace es en primer término una defensa de la “academia” en cuanto lugar central donde se producen conocimientos.
De esto no tengo la menor duda, pero, parafraseando a otros que señalan que la economía es algo demasiado importante para dejarla solo en manos de los economistas, podría argumentar que la historia es algo demasiado importante para que solo quede en manos de historiadores.
De hecho tanto la economía como la historia refieren a la política, como centralidad (esto lo dejo para más adelante).
Continúa Juan señalando, permítaseme linealidad en relación al texto originario,  la importancia y variedad de la producción historiográfica actual, y ejemplifica con las Jornadas Interescuelas de Historia, a la que soy un asiduo concurrente,  y donde, junto con un núcleo de audaces, hemos logrado abrir un debate acerca de la Ha. Ambiental.


Debo señalar que la mayoría de los historiadores de la academia rehúyen de las Jornadas, salvo que sean centralidad en alguna conferencia, quedando un, me atrevo a decir, pequeño núcleo de historiadores académicos que le ponen el cuerpo como participantes permanentes. Es cierto que las Jornadas han crecido exponencialmente y eso conspira contra la participación de los académicos aunque parezca un contrasentido. Pero se nota un cierto cansancio o comodidad, si no hay aviones, si no son muy visibles los lugares no voy, parecerían expresar con su ausencia. Es más en la últimas interescuelas de Catamarca la conferencia inaugural fracaso, no fue nadie de los invitados a la apertura y el corrillo en Catamarca era que no le habían pagado el billete en el avión a un académico de 15000 luquitas por mes como piso.
Y aquí aparece una segunda centralidad y me parece la más significativa, y es cuando Juan señala que  “lo que deja ver esta discusión:/ es/  la gran ignorancia acerca de lo que se produce en el ámbito académico”. Y sigue afirmando : “Lo segundo que habría que decir, es que la discusión abierta ha puesto en evidencia una de las tantas falencias que tiene la producción historiográfica académica (sí, una falencia mas). Me estoy refiriendo a la incapacidad que tienen los historiadores de la academia (salvo honrosas excepciones) para difundir, para socializar en lenguaje amplio lo que se produce.”
Ambas cuestiones están directamente relacionadas, también conozco en carne propia el problema, pues durante casi 10 años llevamos adelante, con otro grupo de audaces, aquí en la cordillera patagónica,  una revista de divulgación, o intentaba serlo “Pueblos y fronteras de la Patagonia andina” su confección y distribución era todo un problema, pues así como lo que se ve es lo que pasan por TV, lo que se comercializa también. Así que nuestro esfuerzo fue importante pero titánico y termino superándonos. Amén de que muchos de nuestros artículos, de rigurosa factura historiográfica, eran poco legibles por el gran público, o directamente aburridos, y parecía titánico lograr una factura diferente de los mismos.

 La divulgación es necesaria, la producción inmensa, debe ser masticada, confrontada, decantada, pero también debe ser mostrada. Pues como señalan muchos historiadores que han salido a defender al gobierno, no al Dorrego, este gobierno K. ha puesto mucha guita en el Conicet y en la academia como para que eso no se sepa, no se comparta, cuando los vientos cambien, y si sigue el Capitalismo como va rumbeado y atendiendo a su historia, cambiarán, aparecerán los técnicos que dirán: para que sirvió invertir tanta guita en investigar sociales. Y en eso coincidirán, por el absurdo, con Carlitos Marx pues de lo que se trata no es solamente explicar la realidad sino ayudar a cambiarla.
Termina Juan  con esa cuestión señalada precedentemente y que deje adrede al final: “la relación entre historia y política.” Aunque aquí le sale un poco de vena triste, negativa.  No voy a negar que  la historia se usa políticamente, que es carne de manipulaciones maniqueas. Pero bueno si lo que aparece a la luz es solo la versión del Grupo A de lo maniqueo, en un primer término lo que corresponde es la polémica, para mostrar la versión del Grupo B ( y también del K) que no es lo mismo.

La versión del Grupo B como bien señala un escrito que firman numerosos historiadores como Bandieri y Mases, hace referencia a que para contrarrestar a la Ha. Mitrista porteñocentrica han tenido que abrirse paso a los codazos, y aún así son una parte periférica de la cosa. Es decir la versión mitrista es más que Mitre, es Halperin, es Romero, es pónganle cada uno su nombre….
 Y entonces antes que el susto de los usos de la historia hay que poner la historia a debate. Y en eso ayuda la polémica y la creación del Dorrego. Si vino a incomodar bienvenido. Hay que incomodarnos para que en el desafío seamos más creativos. De eso se tratan en definitiva por ejemplo nuestros “periféricos” Blogs. A nosotros no nos invitan a 6,7,8 y seguimos escribiendo.
Daniel Blanco


martes, 1 de noviembre de 2011

Memoria y educación

¿Nunca Mas?  
La historia y la memoria desafían a la educación.
Editorial EDUCO. Neuquén, 2005.
De Juan Quintar
Presentación de Nora Rivera
Prólogo de Hugo Zemelman
Para bajar el libro completo haga click aquí



Este libro surge de preguntas cruciales para los docentes desde que la democracia se reinstaló en Argentina, en 1983: ¿Cual es el lugar de la historia, y particularmente del terrorismo de estado, en la tarea educativa? ¿De que manera la memoria de aquella experiencia desafía a la actividad docente? ¿Realmente saber lo que pasó, evita que una sociedad caiga nuevamente en violencias inadmisibles?
Del intento de dar alguna respuesta a estos y otros interrogantes surgieron conferencias y seminarios que el autor ha dado en distintos lugares de su país y en México. El resultado de esa experiencia es este pequeño libro que intenta ser un aporte -en diálogo fructífero con maestros y colegas de distintos niveles- para hacer de la educación un lugar de encuentros y prácticas formativas que hagan posible la construcción de una cultura mas solidaria, tolerante e incluyente, restituyendo así el sentido ético y político que la educación tiene.

Cuando las conferencias que forman parte de este texto comenzaron a desarrollarse (1994), la temática todavía no formaba parte de las preocupaciones de los historiadores, de manera que no había muchos interlocutores para discutirlo. Los principales fueron los maestros y colegas que con distintas voces, y experiencias, fueron enriqueciendo las reflexiones y multiplicando las miradas sobre el problema. En tal sentido, el libro respeta la forma coloquial de las conferencias. Me pareció que ese rico clima de trabajo e intercambio de ideas era bueno respetarlo a costa de que esa "coloquialidad" se traduzca en lo que para otro tipo de libros serían ciertos "defectos" de edición.
J.Q.

Indice del libro

Cap. I- El poder de la historia
       Historia y poder
       Construcción de poder y hegemonía 
       Conciencia y vida histórica 
Cap.II- Olvidos que queman  
       La invitación del fin de siglo 
       Memoria y proyecto social
       La “historia paréntesis” 
       De la memoria como tamiz 
Cap.III- De la “guerra fría”a las memorias calientes 
 
        El ejercicio memorístico en Argentina 
1ra etapa. Inocencia colectiva, grandes culpables y  reconciliación.
2da etapa. La ofensiva memorística 
        Kirchner y el fin de una etapa
 
Cap. IV- La memoria desafía a la educación
La educación después de la ESMA
 Algunas dificultades de nuestro tiempo 
La enseñanza de la historia 
 Educación y “memoria en acto” 
El giro hacia el sujeto
Cap. V- Guía de recursos para docentes
           Por Sandra Raggio  y  Mariana Amieva
          (Comisión Prov. por la Memoria de la Prov. de Buenos Aires)
 Cap. VI- El cine y el pasado reciente en el aula
           Por Mariana Amieva, Gabriela Arreseygor, Raúl Finkel y
           Samanta Salvatori
           (Comisión Prov. por la Memoria de la Prov. de Buenos Aires)