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domingo, 24 de octubre de 2021

El elefante y la economía imperial

“Frida miró al elefante, y empezó a desdibujarse, pero nada le importó. Diego miró a la paloma y la amó, entre tantas cosas, entre el lienzo y la pasión…”[1] Ese tremendo y tortuoso amor, ya en los años ’50, estaba llegando a su fin de la misma manera que lo estaban haciendo los años de oro de Guatemala, país con el que ambos tenían estrechos vínculos. De hecho, la última aparición pública de Frida fue en una marcha, meses antes de su muerte y en silla de ruedas, junto a Diego y a Juan  O’Gorman, en repudio al golpe de estado de Castillo Armas en Guatemala. 

La paloma, moriría en julio de 1954 y el elefante, todavía  hundido en la pena, recibía otra carta de su amigo Miguel Ángel Asturias, a quien el golpe le había quitado la nacionalidad guatemalteca y lo había empujado hacia su exilio en Buenos Aires. En aquella carta, el autor de “Hombres de maíz” y “Sr presidente”, convocaba a Rivera a multiplicar los repudios por la desemboozada invasión de la CIA. La respuesta de Diego no se hizo esperar. Estaba al tanto de lo que allí sucedía no sólo por Asturias, sino también por Rina Lazos, la gran muralista guatemalteca que estaba pintando en su país en tiempos del golpe. A solicitud de él, Rina juntó fotografías y recortes de la prensa, viajó al DF, y en la casa-estudio que el elefante y la paloma compartían en Coyoacán, trabajaron incansablemente por tres meses. El resultado será un mural de un impacto tremendo, tanto que las tensiones de la guerra fría dificultaron por décadas su exposición. Prohibido en EEUU y ocultado por los sucesores de Stalin, permaneció “perdido” –oculto en Moscú- por décadas. Fue expuesto nuevamente en el museo Pushkin recién en 1997, habría que esperar este siglo para que, por primera vez, se mostrara en México (2007) y en Guatemala (2010). Su título deriva de las expresiones de Foster Dulles, por entonces Secretario de Estado norteamericano, asesor de la United Fruit y gestor de la invasión, respecto al golpe en Guatemala: “Gloriosa victoria”.

El imperio en la cintura de América

El pasado 20 de octubre se cumplió el 77 aniversario de “la revolución de octubre” de 1944 en Guatemala. Esa revolución puso fin a un período de largas dictaduras que habían estirado el siglo XIX guatemalteco hasta casi la mitad del XX: mientras el mundo se había modernizado  ese país se había convertido en una zona gris entre el feudalismo y las distintas formas de trabajo forzado o de explotación precapitalista. Las dictaduras de Estrada Cabrera (1898 – 1924) y de Jorge Ubico (1931-1944), especialmente, eran terroríficas administradoras de los bienes y las ganancias de la United Fruit Company y sus subsidiarias (la Internacional Railwayls Co, la empresa de teléfonos, la de energía, la de puertos, etc). “El pulpo”, como se la llamaba popularmente en Centroamérica, fue uno de esos consorcios internacionales que, fruto de la 2da Revolución industrial en el centro, dominaron y saquearon inmensas zonas de la periferia, con gobiernos títeres que les facilitaban el acceso a los recursos naturales, la exención fiscal y  el disciplinamiento de la mano de obra.

Hacia mediados de siglo XX estas dictaduras fueron acumulando resistencias y protestas pero, tal como ocurriera en la Argentina de 1943, fue un sector del ejército quien puso el límite. Esos militares se hicieron eco de las protestas de trabajadores urbanos, estudiantes y campesinos y terminaron derrocando a la última expresión de la dictadura, el Gral  Ponce Vaidés, el 20 de octubre de 1944. Comenzaba así un período de diez años en los cuales Guatemala comenzaba a ingresar en el siglo XX. Esa revolución tendría tres importantes capítulos: La junta de gobierno, la presidencia de Juan José Arévalo y la del Cnel Jacobo Arbenz Guzmán. Esos tres momentos de modernización y construcción de una democracia popular con profundo sentido social, fue ahogada en las aguas del juego bipolar entre los imperios en beneficio de “el pulpo” bananero. El final de esos diez años constituye uno de los más altos puntos del anticomunismo, que ha sido una de las perversiones políticas del siglo XX y va camino de seguir siéndolo por el temor que sigue generando el fantasma de la igualdad.

J.J. Arévalo y Jacobo Árbenz

Al asumir la presidencia Jacobo Arbenz, en 1951, se impuso el desafío que había quedado pendiente con la gestión del primer presidente en elecciones libres: La tenencia de la tierra y los monopolios. Un dato inicial es fuerte, pero no sorprende: El 76% de los habitantes poseían el 10% de las tierras. Dicho de otra manera, el 2,2%  de los habitantes poseían el 76% de las tierras, pero la UFCo poseía aproximadamente el 50% de las tierras cultivables, de las cuales sólo utilizaba el 2,2%. A su vez, ni “el pulpo” ni sus subsidiarias habían pagado alguna vez impuestos.  El intento de Reforma Agraria hizo que la CIA organizara su segunda intervención derrocando gobiernos democráticamente elegidos, el primero había sido el derrocamiento de Mosadeq, en Irán, para revertir la nacionalización del petróleo.

El imperio en el lienzo

El mural de Rivera está lleno de detalles y, como siempre, de colores que rebosan latinoamericanidad. Puede interpretarse desde distintos ángulos y, si el observador ha leído ya “Tiempos recios”, de Vargas Llosa, verá cómo un escritor sobresaliente y de derechas confluye con un pintor magnífico y de izquierda.

La base de la imagen es el mundo de la muerte, abonado (desde la derecha del cuadro) por quienes fertilizan el suelo guatemalteco con las luchas y, por detrás de ellos, el Palacio, la Iglesia y las cárceles con sus presos que agitan la bandera celeste y blanca guatemalteca. Toda esta parte del mural fue pintada por Rina Lazo. Más aún, ella misma está allí, agregada por Diego. Cierta vez lo contó Rina: “Diego me dijo un día: ‘traiga una blusa roja mañana’.

Al día siguiente llegué y me puso a posar como guerrillera, con una ametralladora de juguete que era de su nieto Juan Pablo”. Por la izquierda ese suelo de muerte es abonado por la sangre del trabajo para recoger las bananas. Un soldado, que apoya su fusil sobre el cuerpo de un campesino, testimonia el papel disciplinador asignado a las dictaduras y, por detrás, las bananas son cargadas en un barco norteamericano. Por un lado y por otro, Rina y Diego le dan color al contexto.

En el centro de la escena, los jinetes del apocalipsis guatemalteco: el presidente norteamericano Dwight Eisenhower, como bomba antropomorfa, y en él apoyado Foster Dulles, Secretario de Estado, que saluda a Castillo Armas (“Cara de hacha”), el militar guatemalteco que se prestó a liderar el movimiento en el terreno, saluda a Dulles con dólares en el bolsillo y una pistola en la cintura. Atrás de Dulles, el “carnicero de Grecia”, John Peurifoy, embajador norteamericano en Guatemala, también, con un bolso lleno de dólares y  repartiendo; a su lado, el otro Dulles, Allen, director de la CIA y, a la derecha de ellos y mas cerca del pueblo, un personaje clave en la agitación anticomunista, el arzobispo Mariano Rossell Arellano.

Esta representación pictórica del imperio en el caribe estaría completa con “el generalísimo” Leónidas Trujillo, “el chivo”, el feroz dictador de República Dominicana; con Anastasio Somoza, el dictador nicaragüense; y con el sobrino de Sigmund Freud, Edward_Bernays. Tres piezas piezas claves en la “Operación éxito”: el primero, con asesinos puntuales que fueron claves en el trabajo que coordinó la CIA, el segundo con las bases para los aeropuertos y el territorio para el entrenamiento de las fuerzas mercenarias; y el tercero como el gran armador de la propaganda anticomunista.


El relato latinoamericanista de la militancia nacional popular en Argentina, ha querido ver en Jacobo Arbenz a una especie de Perón guatemalteco. Indudablemente, alejado de aquella coyuntura, hubo mucho de parecido entre ellos, en definitiva, eran militares nacionales y populares de posguerra y el programa de gobierno de la revolución de octubre guatemalteco tenía muchas similitudes coon el primer peronismo. Un aire de familia es inevitable. Pero el parecido sólo se puede establecer prescindiendo de la historia.

En ese sentido, Arbenz debió haber pensado que poco tenía que ver con Perón. Pensemos que cuando la operación de la CIA se estaba llevando adelante, en 1953, Somoza, que prestaba territorio y bases, es invitado por el líder argentino y condecorado con “la Orden de Honor de San Martín” y la “Orden al mejor amigo peronista” y solicita a las masas, en el balcón, 3 vivas: por Nicaragua, por el Gral Somoza y por la Patria. Pero más aún, en su exilio, entre 1956 y 1958, está dos años acogido por Leónidas Trujillo. Bueno, no es novedad que el relato político organiza la historia según sus fines, y de allí las tensiones con la Historia.  



[1] Pedro Guerra. El elefante y la paloma. Disco Golosinas (1994)

sábado, 5 de diciembre de 2015

Jauretche, el peronismo y el 2015

Antes que nada, habría que mencionar que Arturo Martín Jauretche no tuvo una relación fácil con el peronismo.
Sabemos que se suma al movimiento luego del 17 de octubre de 1945 y que, en 1946, se postula a senador como integrante de una de esas pequeñas facciones del radicalismo que se incorporó al Peronismo. Pero  tempranamente Don Arturo conocerá el efecto del estilo personalista de conducción cuando una decisión de Perón lo deja fuera de la lista de candidatos. Ese fue su primer desencuentro. 

Luego, su alejamiento de la función pública, en 1950 –presidía el banco Provincia de Bs As- no sorprendió a la cúpula peronista, sus disidencias eran conocidas. Es el momento en que Don Arturo comienza a sentir, sobre su persona como sobre otros intelectuales que estaban cercanos al movimiento popular, el efecto del giro autoritario del peronismo de los ‘50. De hecho, Hernández Arregui le anoticia en una carta que uno de los más sobresalientes constitucionalistas argentinos de entonces, que había sido el principal portavoz de la reforma constitucional del peronismo en 1949, Arturo Enrique Sampay, estaba acusado de “infiltrado”. El mismo Jauretche, durante dos años, deberá someterse a una investigación que no tiene otro objeto que el de hostigarlo, al punto que el inspector de policía llega a decirle: Vea doctor, la verdad que a mí me mandan para ‘joderlo’, nada más.[1] No obstante, Don Arturo no confundió una situación con otra: …me llamé a silencio. Porque sabía que, con todos sus defectos, la caída de Perón significaría la vuelta de la oligarquía y el imperialismo.[2] Es decir, no se le hacía fácil convivir en el peronismo.

Ahora bien, ¿que es lo que cuestionaba Jauretche de Perón? ¿En que consistían esas tensiones? Y es aquí donde esa mirada crítica de Don Arturo puede aportar algo a lo que sucedió con la derrota peronista en las elecciones presidenciales del 2015.
Uno de los primeros temas que sobresalen es el fuerte rechazo de Don Arturo al personalismo. El movimiento está unido a través de una sola figura y por ello no se puede dejar crecer otra [...] Así se eliminaron muchos valores. Sistema que tiene la propiedad de permitir la maniobra rápida pero anula la posibilidad de nucleamiento alrededor  de cada uno de los tantos hombres capaces que tiene el movimiento.[3] Pero además, ese personalismo tenía otras consecuencias con las que Jauretche tenía problemas: los alcahuetes -o el coro de aplaudidores, como solía decir- y la propaganda. Efectivamente, los adulones -decía Don Arturo- son una cosa terrible, porque destruyen, porque no ayudan, no informan y engañan[4]. Lo alerté a Perón del mal que le causarían los obsecuentes, así como lo contraproducente que resulta una propaganda machacona y personalista[5].


El problema del personalismo se hacía más grave con lo que otros autores llamaron “tendencias hegemónicas del Peronismo”, que Jauretche señaló claramente, y que enervaba a las clases medias y posibilitaba la creación progresiva de un bloque opositor. Tendencias que parecían dejar poco lugar a la disidencia creativa: Perón no dejó margen para los no peronistas que eran nacionales.  Caímos cuando pusimos lo partidario por encima de lo nacional[6].

Finalmente, la relación con las clases medias y la burguesía. La visión jauretcheana respecto a ésto, y a lo que debe ser una revolución nacional en un país semicolonial, se desnuda como en ningún lugar en su intercambio epistolar con J.W. Cooke. Allí escribe, con inocultable acritud acerca del líder exiliado: El ‘genio de la conducción’ se olvidó de los factores de poder que están excepcionalmente en el campo de los trabajadores pero que de manera permanente reposan en la clase media y la burguesía. Éramos el partido con todas las condiciones deseadas por los teóricos de la revolución nacional, proletariado unido a las clases progresistas, es decir, a los sectores del capitalismo vinculados al desarrollo del mercado interno. El ‘conductor’ hizo cuenta electoral: los trabajadores me dan un millón de votos de diferencia votando sólo los hombres, votando las mujeres me darán dos millones. Puedo prescindir de los sectores burgueses y de las clases medias que lo único que hacen es crearme problemas y discutirme la unidad de mando que requiere mi genio. Se dedicó entonces, a destruir sistemáticamente al sector político, que era el que impedía la unidad total de las otras clases en su contra; después le metió al problema de la Iglesia. El resultado fue el lógico; unificó alrededor de sus adversarios todas las clases que son factores de poder, enervando a lo poco que se quedó de ellas que es el caso nuestro. Cuando las clases estuvieron unificadas en su contra, lo voltearon y los trabajadores no sirvieron para defenderlo.[7]
En fin… Me resultó interesante volver sobre estas viejas notas y reflexiones...
Las comparto.

J.Q.



[1] Arturo Jauretche. Revista Extra. Marzo de 1967. Citado por Galasso, Norberto, Biografía de un argentino. Homo Sapiens, Buenos Aires, 1997.
[2] Arturo Jauretche. Revista Así. 1963. Citado por Galasso, Norberto. Op. Cit.
[3] Jauretche, Arturo. Tribuna Oral. 31 de enero de 1961. Citado por Galasso, Norberto. OP. Cit.
[4] Borradores de Arturo Jauretche. Citado por Galasso Op. cit.
[5] Declaraciones a No. Galasso. Citado por Galasso
[6] Jauretche, Arturo. Revista QUE, mayo de 1958. Citado por Galasso, Op.cit.
[7] Arturo Jauretche en carta a J.W.Cooke. Cichero, Marta. Cartas peligrosas. Planeta, Buenos Aires, 1992.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Con mucho cariño, humor e ironía... Feliz Navidad

Feliz Navidad para todos... un abrazo grande de Medio lleno (y del gran Bombita Rodríguez)