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domingo, 15 de noviembre de 2015

Pugliese, Boedo y los abrazos finales

Es medio día y la calidez primaveral porteña pide con urgencia calmar la demanda gástrica. Pues bien, en la esquina de Av. Boedo y San Ignacio está el Café Margot. Difícil encontrar un lugar más porteño. Allí, entre filetes y viejos carteles de Esperidina o partituras de tango, pido un clásico, filet de merluza, y también el diario. El mozo me trae el aperitivo y dos periódicos: Nación y Clarín. Frente mío, un señor lee Página 12. Bueno, me conformo con lo que me traen… y comienzo mi lectura, prefiero Nación hasta que se libera el Página y comienza un diálogo que me llevará por los arrabales de los abrazos más entrañables.
-        - Es suyo el diario?
-        - No, no, es de acá… 
-        - Me lo presta?
-        - Claro!! Sírvase…
      A los 5 minutos, el sujeto reaparece con un Página12
recién comprado.
-     - Mire…está tan bueno el diario que lo subrrayé como si fuese mío, así que fui a comprar uno para Ud. y me llevo éste, le parece?
Nos reconocimos en una sonrisa cómplice…. Y
me disparó:
-   - Seguro que volverá a votar bien… no? Porque la restauración conservadora esta vez será fuerte…

El hombre, después me dijo, era jubilado, profesor de historia, 75 años.  Su gorra negra disimulaba una calvicie de no mucho tiempo… la barba blanca, prolija pero tupida, daba noticias de un atento cuidado cotidiano. Cruzamos algunas palabras más y lo invité a la mesa…. La formalidad del “no gracias… no lo quiero molestar…” ocultaba mal sus ganas de caminar por ese sendero de coincidencias que ambos habíamos intuido, aunque no hasta qué punto llegarían. Los encuentros callejeros siempre son un tanteo a oscuras pero animoso por las ganas de explorar ese mundo que se nos ofrece con una voz, una mirada y una gestualidad extraña… Entonces, tanteando… uno va descubriendo esas rugosidades, esos contrastes, esa cosmovisión…distinta, el otro, dirían los antropólogos.
El hombre, con las calles de Boedo talladas en su rostro, como una especie de filete que hablada, y sin saber que su casual contertulio era “del interior”, me dice: ¿sabe que? Este país está enfermo de porteñismo… parece que, sin saber porque, ha abandonado la perspectiva de ese país profundo… Bs As se está vengando de aquel octubre… Aquello fue demasiada cabecita negra para esta ciudad. Estaba yo disisfrutando de aquella casual compañía. Más que por sus argumentos (el conocido catálogo de lugares comunes de los peronistas) por la poesía y las imágenes que utilizaba para desarrollarlos.

Cuando la pelota estuvo de mi lado, y respondiendo a algunas de sus inquietudes, le dije que estaba en Buenos Aires por “el abrazo de ellas”. Me miró extrañado: “¿Cómo?”; si, por el abrazo de ellas, aquí el abrazo milonguero es más común que en cualquier lugar del mundo… Me puso la mano delante, como si parara el tráfico: Es Ud. un milonguero!?. No pude resistir la risa. Esa pregunta en boca de un manojo de filetes porteños no sabía si era una cargada, un halago o un verdadera pregunta. Mire, me dice, si Ud. quiere bailar así tiene que ir a “El beso”… ahí Ud…. de nuevo mi carcajada. ¿Porqué se ríe?, jeje, - Hombre!!! Apenas llegué el martes y allí me fuí!! Al Beso… cabeceando hasta el límite de la tortícolis! Jejeje.
A partir de ese momento, los rostros de los candidatos electorales –que nos miraban desde las tapas de los periódicos- parecían mostrar cierto desazón borguiano, efectivamente, parecían decir…”son incorregibles”. Las palabras fluían de uno a otro… a veces con el ritmo de D'Arienzo y otras con la cadencia de Biagi. Nuevamente me paró con su gesto de conductor del tránsito.
-       - Quiere que le cuente algo? Mire… se lo regalo y me voy, porque ya es demasiada coincidencia por un día…
-          - Por favor… no se va a detener ahora!!!
-          - Mire, es una historia de Boedo. Luego de estar un tiempo en el Beso, me dediqué a una milonga de Boedo. Allí había un viejo que bailaba…. Cómo bailaba…!!!  las pibas no sabían de qué se trataba el tango hasta que eran abrazadas por él… También iba su compañera, una mujer… Una mujer especial… Sabíamos que había sido una hermosa mujer por una foto que alguna vez habíamos visto... Se mostraba en la Bristol… Unas piernas… una cintura… una espalda… Hay Dios… Claro, habían pasado los años… ya no era aquella piba, pero tampoco era “un descolado, mueble viejo”!!! Me entendés?
Bueno, la cuestión es que él decía siempre: Escuchar no es un atributo del oído. Es un atributo de todo el cuerpo. Es eso es lo que hace un bailarín… Es eso lo que hacemos en el tango. Hasta que no vibramos no terminamos de escuchar… Si no se hincha nuestro pecho… todavía falta descubrir … si aún, esa combinación de violines, bajos y bandoneones no te llevó hacia aquel amor, hacia aquel tiempo que ya no vuelve, hacia aquella nostalgia que exige ser exorcizada por el baile… no escuchás…

Chicho, así me dijo que le decían, se acomodaba en el asiento, como si necesitara un almohadón, no sé si porque tenía ganas de bailar, porque necesitaba tomar una postura de recitador o porque veía cargarse mis ojos…
-        Lo cierto es que el viejo volvía a su casa, ellos, volvían, y su intimidad, lo sabíamos, estaba cargada de gestos inútiles, tímidos, comunes, habituales… que decían nada. A la mirada del desconocido se diría…: gestos cargados de vacío. Un delantal limpio, un beso en la mejilla, unos mates cebados en la vereda… Muchas veces quisimos ver ahí la tristeza de cierta mirada de ella… o la forma que fue adoptando la espalda de él… como si la vida le pesara. Luego supimos entender… con el andar de nuestra propia vida… supimos ver que era difícil que fuera de otra manera… verlos bailar era comprender la densidad de encuentros y desencuentros que acumulaban en esas pieles. Ahí, en ese abrazo que veíamos con asombro… con admiración, como una gran catarsis o –mejor aún-como una catacresis del alma… exorcizaban el paso del tiempo... Nos gustaba verlos bailar porque allí nos entendíamos también a nosotros mismos… Pecho a pecho, ella lo abrazaba … como buscando su otro hombro… (algo que los nuevos estilos quieren desterrar… “se cuelga” dicen ahora los que enseñan). Él, parecía darle varias vueltas a su cintura…Los ochos, las sacadas… destilaban aplomo y vida caminada.
Nunca se sentaban juntos. Ella, sola, erguida y con cierto orgullo, elegía el fondo donde era víctima de una media luz que resaltaba curvas, disimulaba arrugas y simulaba sensualidad. Desde allí elegía con quien bailar, repartía desdén o aceptaba gustosa. Su postura cambiaba con cada tanda… Sentada, con sus piernas cruzadas, aquellos piés eran el termómetro de la temperatura de la sala. Él, en la barra, saco oscuro, a tono con los pantalones y los zapatos e, indefectiblemente,  un pañuelo a tono con la camisa. Siempre impecable.
Nosotros sabíamos cuándo aquello empezaba. El gordo ponía Pugliese y en medio de ése tráfico de miradas… sabíamos que era el tiempo de ellos… Ya habíamos advertido, además, otras cosas. Comenzaba ése Pugliese y ella jugaba a ser encontrada… él a buscar…, ella a la América recóndita y él era un Colón con zapatos de Flabella.
Aquella noche fue entonces única, lo recuerdo bien, fue a fines de los 60, estaba todavía Onganía. El país parecía hundirse con una nueva cuota de autoritarismo y rebeliones y nosotros pendientes de aquel abrazo… Fue raro todo aquello, bailaban y parecían aventar la muerte… sentíamos que, realmente, si había alguien que podía torcerle el brazo a la huesuda eran ellos. Nunca los habíamos visto bailar así, temblamos con el último acorde, tembló el salón… , tembló ella… tembló él. Las tandas siguientes parecían música desafinada… negras y corcheas buscando el pentagrama perdido… algo se había ido con aquellos tangos de Pugliese… algo nos había robado la voz del Polaco. Yo estaba sentado con Abel, le di una palmada a mi amigo, me mi miró y repitió el gesto, se secó una lágrima…
Al otro día, en el velorio, sabíamos cuándo se habían despedido… Siempre pensé… yo quiero despedirme así...
Bueno, querido amigo… Es sólo una historia de milongas… como tantas en este Boedo de filetes… Siga Ud. con “el Página”… y no se olvide de votar bien… me voy a tomar unos mates con la vieja. Bueno, en todo caso, si ganan los que quieren un país para pocos… nadie nos quitará el abrazo.

Afuera un bandoneonista tocaba para ocasionales turistas, Chicho se paró junto a él a esperar que terminara de sonar Sur… luego se perdió en el gentío. Yo dejé “el página” y automáticamente me puse a escribir esto… Pugliese , Boedo y los abrazos finales.

jueves, 25 de abril de 2013

La parca en la milonga

La eternidad dura su abrazo.
 
En un rincón oscuro, la muerte observa,
Sola, desahuciada.
Cada sacada, cada giro, cada corrida,
es un trago amargo de su champán caliente.


 Salú !!
J.Q.

lunes, 22 de abril de 2013

La ceremonia del 2X4



Los primeros tonos anticipan el pulso,
el ritmo vibrante de lo que está por venir…

Tarda en tomar vuelo…
los violines lo retienen,
el contrabajo lo acelera,
el bandoneón lo define.

Todavía no la abrazo y ya siento despuntar el alba del compás.

Estamos ahí, uno frente al otro,
apreciando el desafío de esos primeros momentos.
Nos vamos acercando, lentamente,
como una ceremonia íntima.

Cual chelista a punto de tomar su instrumento,
muy suavemente,
la voy abrazando,
y comienza esa sinfonía de sensaciones:
su espalda, mi mano,
sus pechos, mi pecho,
su cabeza en mi costado,
su mano buscando mi otro hombro,
las manos que se atan.
Siento en su respiración la caída de sus párpados,
los cuerpos se pegan, se combinan las respiraciones,
los envuelve una atmósfera única,
esencial,
se suspende el tiempo,
comienza el tango.

Salú!!!
J.Q. 

lunes, 15 de abril de 2013

Inés y el tango



He disfrutado de las milongas en España y, como en tantos otros lugares, me pregunté por el momento, la forma, en que el tango desembarcó en ese hermoso país. Pensaba en esto estando allí, precisamente en Salamanca luego de una mágica milonga en La Rayuela (sobre la Rúa Mayor).
Vino entonces a mi memoria lo que había leído semanas atrás en una novela de Almudena Grandes, Inés y la alegría. Quizá sirva, como toda novela histórica, como herramienta para imaginarse la forma del desembarco de esta danza en esa España “de olor a incienso, de cal y caña”.
La historia que narra Grandes es la de una mujer de familia que, por sus costumbres, se adivina conservadora y muy católica, y que atraviesa la Guerra Civil y su exilio en Francia. En los comienzos de la novela, 1933, Inés –la protagonista- relata lo siguiente:

Mi prima volvió a Madrid acompañando a un pianista uruguayo, de piel muy blanca y pelo muy negro, largo como el de los trovadores medievales, a quien presentó como su prometido. En aquel calificativo se agotó su cautela. Enseguida se corrió la voz de que él nunca la llamaba María, sino Florencia, porque ella había decidido renunciar a su primer nombre y usar solamente el segundo, pero ésa, con ser llamativa, no fue la única novedad. La hija pródiga de mi tía Maruja, que era tan alta, tan ancha de hombros como yo, llevaba vestidos de satén y de raso, tejidos livianos, brillantes, que le sentaban estupendamente, aunque, o quizás porque, se le pegaban a las caderas cuando andaba y dejaba ver sus piernas, la falda justo por debajo de la rodilla. Había quien juraba que la había visto con pantalones, y todos pudimos ver que llevaba el pelo mas corto que su novio, la nuca al aire, que se pintaba los ojos con un lápiz negro y cremoso, como los que usaban las mujeres árabes, que fumaba con boquilla y hasta que se tragaba el humo. Sin embargo, este completo catálogo de horrores no encajaba en absoluto con la imagen de la desgraciada tirada en el arroyo que las autoridades de mi familia le habían asignado tantas veces. Mi prima estaba guapísima, bien alimentada, bien vestida, y cargada de sortijas en todos los dedos, aunque ninguna relucía tanto como sus ojos de persona feliz, de esas que no necesitan la aprobación de nadie para disfrutar de su suerte.
El novio de Florencia, Osvaldo, había venido a Madrid para dar un concierto en el Teatro Real […] al primero no pude asistir porque todavía tenía dieciséis años y mi madre era muy conservadora al respecto, pero escuché la crónica de Carmencita, que ya frecuentaba los bailes del Ritz y hallaba un oscuro placer en repasar en público el escándalo que Florencia había formado al bailar un tango con el uruguayo.
Pegados, pegados, pero pegados como lapas - y juntaba las palmas de las manos como para dar más énfasis a su descripción-, acoplados como animales, de verdad, ¡que vergüenza! La gente les hacía corro, claro, porque ella.. ¡venga a meter la pierna entre las piernas de él! Y él… ¡Venga a tirarla al suelo para levantarla después! Yo ya no sabía donde meterme, en serio[…] no creo que ninguna mujer decente tenga que despatarrarse de esa manera para bailar ninguna pieza.

La novela histórica es una forma muy particular de entrar en el pasado. No vamos a discutir, como si fuéramos historiadores académicos que cuidan su parcela, si vale o no vale, si sirve o no para pensar el pasado. Mas allá de esas discusiones la novela histórica crea –se quiera o no- imágenes del pasado porque tiene la potencia del drama y parte de las tensiones de la vida cotidiana. El relato de Inés me parece verosímil en los tiempos previos a la Guerra Civil, donde el conservadorismo español estaba tan erizado con todo lo que significase desafío a lo “decente” descartando por ello el “buen vivir”. Puede que haya sido algo así y sino, a mi me gustó la idea de sugerir e imaginarme aquel desembarco de esta manera.
Salúd!!!
J.Q.

domingo, 13 de marzo de 2011

Tango a la mexicana

Hacía ya varios días que estaba en México y estrañaba mis aires. Faltaba poco para volver y un muy querido amigo me invitó a ver y escuchar un espectáculo que, según él, me iba a reparar. El lugar se llama "El hábito" y está regenteado por Liliana Felipe, en el barrio de Coyacán. El amigo sabía que venía cargando saudades de mi tierra, creo que por eso me invitó. Pues bien, entró Eugenia León -de quien hasta entonces no tenía ni idea- y la sala estalló en aplausos. Yo acompañé por gentileza, pero desde el primer tango esta mujer me tenía con el corazón en la mesa. Cuando cantó esta canción de Piazzolla y Trejo me dió con una puntería certera. Para reponerme me tomé un whisky que compartí en la barra con el pianista ruso que la  había acompañado. El diálogo sobre la perestroika me repuso de esos tremendos tangos, tan bien interpretados por esta hermosa mujer que me preparó para volver a Argentina con mas ganas.
Les dejo esta versión de Los pájaros perdidos que encontré en You tube. Que la disfruten.
Salú !!!