Es medio día y la calidez
primaveral porteña pide con urgencia calmar la demanda gástrica. Pues bien, en la
esquina de Av. Boedo y San Ignacio está el Café Margot. Difícil encontrar un
lugar más porteño. Allí, entre filetes y viejos carteles de Esperidina o
partituras de tango, pido un clásico, filet de merluza, y también el diario. El
mozo me trae el aperitivo y dos periódicos: Nación y Clarín. Frente mío, un
señor lee Página 12. Bueno, me conformo con lo que me traen… y comienzo mi
lectura, prefiero Nación hasta que se libera el Página y comienza un diálogo
que me llevará por los arrabales de los abrazos más entrañables.
- - Es suyo el diario?
- - No, no, es de acá…
- - Me lo presta?
- - Claro!! Sírvase…
A los 5 minutos, el sujeto reaparece con un Página12
A los 5 minutos, el sujeto reaparece con un Página12
recién comprado.
- - Mire…está tan bueno el diario que lo subrrayé
como si fuese mío, así que fui a comprar uno para Ud. y me llevo éste, le
parece?
- - Seguro que volverá a votar bien… no? Porque la
restauración conservadora esta vez será fuerte…
El hombre, después me dijo, era jubilado, profesor de historia, 75 años. Su gorra negra disimulaba una calvicie de no mucho tiempo… la barba blanca, prolija pero tupida, daba noticias de un atento cuidado cotidiano. Cruzamos algunas palabras más y lo invité a la mesa…. La formalidad del “no gracias… no lo quiero molestar…” ocultaba mal sus ganas de caminar por ese sendero de coincidencias que ambos habíamos intuido, aunque no hasta qué punto llegarían. Los encuentros callejeros siempre son un tanteo a oscuras pero animoso por las ganas de explorar ese mundo que se nos ofrece con una voz, una mirada y una gestualidad extraña… Entonces, tanteando… uno va descubriendo esas rugosidades, esos contrastes, esa cosmovisión…distinta, el otro, dirían los antropólogos.
El hombre, con las calles de
Boedo talladas en su rostro, como una especie de filete que hablada, y sin
saber que su casual contertulio era “del interior”, me dice: ¿sabe que? Este
país está enfermo de porteñismo… parece que, sin saber porque, ha abandonado la
perspectiva de ese país profundo… Bs As se está vengando de aquel octubre…
Aquello fue demasiada cabecita negra para esta ciudad. Estaba yo disisfrutando de
aquella casual compañía. Más que por sus argumentos (el conocido catálogo de
lugares comunes de los peronistas) por la poesía y las imágenes que utilizaba
para desarrollarlos.
Cuando la pelota estuvo de mi lado, y respondiendo a algunas de sus inquietudes, le dije que estaba en Buenos Aires por “el abrazo de ellas”. Me miró extrañado: “¿Cómo?”; si, por el abrazo de ellas, aquí el abrazo milonguero es más común que en cualquier lugar del mundo… Me puso la mano delante, como si parara el tráfico: Es Ud. un milonguero!?. No pude resistir la risa. Esa pregunta en boca de un manojo de filetes porteños no sabía si era una cargada, un halago o un verdadera pregunta. Mire, me dice, si Ud. quiere bailar así tiene que ir a “El beso”… ahí Ud…. de nuevo mi carcajada. ¿Porqué se ríe?, jeje, - Hombre!!! Apenas llegué el martes y allí me fuí!! Al Beso… cabeceando hasta el límite de la tortícolis! Jejeje.
A partir de ese momento, los
rostros de los candidatos electorales –que nos miraban desde las tapas de los
periódicos- parecían mostrar cierto desazón borguiano,
efectivamente, parecían decir…”son incorregibles”. Las palabras fluían de uno a
otro… a veces con el ritmo de D'Arienzo y otras con la cadencia de Biagi.
Nuevamente me paró con su gesto de conductor del tránsito.
- - Quiere que le cuente algo? Mire… se lo regalo y
me voy, porque ya es demasiada coincidencia por un día…
- - Por favor… no se va a detener ahora!!!
- - Mire, es una historia de Boedo. Luego de estar
un tiempo en el Beso, me dediqué a una milonga de Boedo. Allí había un viejo
que bailaba…. Cómo bailaba…!!! las pibas
no sabían de qué se trataba el tango hasta que eran abrazadas por él… También
iba su compañera, una mujer… Una mujer especial… Sabíamos que había sido una
hermosa mujer por una foto que alguna vez habíamos visto... Se mostraba en la
Bristol… Unas piernas… una cintura… una espalda… Hay Dios… Claro, habían pasado
los años… ya no era aquella piba, pero tampoco era “un descolado, mueble
viejo”!!! Me entendés?
Bueno, la cuestión
es que él decía siempre: Escuchar no es un atributo del oído. Es un atributo de
todo el cuerpo. Es eso es lo que hace un bailarín… Es eso lo que hacemos en el
tango. Hasta que no vibramos no terminamos de escuchar… Si no se hincha nuestro
pecho… todavía falta descubrir … si aún, esa combinación de violines, bajos y
bandoneones no te llevó hacia aquel amor, hacia aquel tiempo que ya no vuelve,
hacia aquella nostalgia que exige ser exorcizada por el baile… no escuchás…
Chicho, así me dijo que le decían, se acomodaba en el asiento, como si necesitara un almohadón, no sé si porque tenía ganas de bailar, porque necesitaba tomar una postura de recitador o porque veía cargarse mis ojos…
- Lo cierto es que el viejo volvía a su casa,
ellos, volvían, y su intimidad, lo sabíamos, estaba cargada de gestos inútiles,
tímidos, comunes, habituales… que decían nada. A la mirada del desconocido se
diría…: gestos cargados de vacío. Un delantal limpio, un beso en la mejilla,
unos mates cebados en la vereda… Muchas veces quisimos ver ahí la tristeza de
cierta mirada de ella… o la forma que fue adoptando la espalda de él… como si
la vida le pesara. Luego supimos entender… con el andar de nuestra propia vida…
supimos ver que era difícil que fuera de otra manera… verlos bailar era
comprender la densidad de encuentros y desencuentros que acumulaban en esas
pieles. Ahí, en ese abrazo que veíamos con asombro… con admiración, como una
gran catarsis o –mejor aún-como una catacresis del alma… exorcizaban el paso
del tiempo... Nos gustaba verlos bailar porque allí nos entendíamos también a
nosotros mismos… Pecho a pecho, ella lo abrazaba … como buscando su otro
hombro… (algo que los nuevos estilos quieren desterrar… “se cuelga” dicen ahora
los que enseñan). Él, parecía darle varias vueltas a su cintura…Los ochos, las
sacadas… destilaban aplomo y vida caminada.
Nunca se
sentaban juntos. Ella, sola, erguida y con cierto orgullo, elegía el fondo
donde era víctima de una media luz que resaltaba curvas, disimulaba arrugas y
simulaba sensualidad. Desde allí elegía con quien bailar, repartía desdén o
aceptaba gustosa. Su postura cambiaba con cada tanda… Sentada, con sus piernas
cruzadas, aquellos piés eran el termómetro de la temperatura de la sala. Él, en
la barra, saco oscuro, a tono con los pantalones y los zapatos e,
indefectiblemente, un pañuelo a tono con
la camisa. Siempre impecable.
Nosotros sabíamos
cuándo aquello empezaba. El gordo ponía Pugliese y en medio de ése tráfico de
miradas… sabíamos que era el tiempo de ellos… Ya habíamos advertido, además,
otras cosas. Comenzaba ése Pugliese y ella jugaba a ser encontrada… él a
buscar…, ella a la América recóndita y él era un Colón con zapatos de Flabella.
Aquella noche
fue entonces única, lo recuerdo bien, fue a fines de los 60, estaba todavía
Onganía. El país parecía hundirse con una nueva cuota de autoritarismo y
rebeliones y nosotros pendientes de aquel abrazo… Fue raro todo aquello,
bailaban y parecían aventar la muerte… sentíamos que, realmente, si había
alguien que podía torcerle el brazo a la huesuda eran ellos. Nunca los habíamos
visto bailar así, temblamos con el último acorde, tembló el salón… , tembló
ella… tembló él. Las tandas siguientes parecían música desafinada… negras y
corcheas buscando el pentagrama perdido… algo se había ido con aquellos tangos
de Pugliese… algo nos había robado la voz del Polaco. Yo estaba sentado con Abel,
le di una palmada a mi amigo, me mi miró y repitió el gesto, se secó una
lágrima…
Al otro día, en
el velorio, sabíamos cuándo se habían despedido… Siempre pensé… yo quiero
despedirme así...
Bueno, querido
amigo… Es sólo una historia de milongas… como tantas en este Boedo de filetes…
Siga Ud. con “el Página”… y no se olvide de votar bien… me voy a tomar unos
mates con la vieja. Bueno, en todo caso, si ganan los que quieren un país para
pocos… nadie nos quitará el abrazo.
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