domingo, 30 de agosto de 2020

No ves que estoy llorando...

Goyeneche en SUR

Esa enorme película de Pino Solanas, SUR, cuenta la historia de la dignidad perdida. La Mesa de los sueños, era el símbolo de lo inacabado de una Argentina justa y soberana. Para quienes quisieran verlo, esa mesa era una metáfora de FORJA. Pero el  tema aquí es otro: Roberto Goyeneche, el Polaco.

En SUR había un cantor, Amado, personaje creado por el director a la medida del Polaco. Era el padre de la protagonista (Susu Pecoraro), y uno de los integrantes de la Mesa e los Sueños. El libreto, escrito por Solanas, difícil exagerar su belleza, lo ponía al Polaco en una situación difícil. En verdad toda la cuestión lo era. El primer gran trabajo de Pino fue convencer al Polaco. Largas tardes en la casa del cantor de Saavedra, sobre la calle Melián, para sacarle un "si". Cuando le mostró el libreto el Polaco le dijo: “Yo no puedo memorizar todo esto Pino!!” 

Goyeneche, Marconi y Solanas-No polaco… no te asustes, vos ya sos un gran actor…

- Pero que decís… si… si yo nunca actué…

-Pero si vos cada vez que cantás actuás!!!

El Polaco estaba tan cerca del sí como de Tokio. Pino comenzó a desandar ese temor del viejo cantor cuando en sus narices rompió en pedazos el libreto y le dijo… “Hablame de Troilo”. Solanas, desde el ´74 se había quedado con ganas de hacer algo con la dupla. Pero esa es otra historia.

Lo cierto es que, pese a un rol casi protagónico, el Polaco tuvo pocas apariciones. Es que no era fácil, más bien era casi imposible para la naturaleza del Polaco. Un hombre sencillo, muy alejado de la actuación y de la memorización de emociones. Por ejemplo, uno de los primeros problemas fue justamente cantar: “Pero Pino… escuchame una cosa, yo no puedo hacer play back!!”. Ahí Pino se dio cuenta de ese "yo nunca actué".  A este hombre le resultaba imposible repetir una interpretación dos veces de idéntica manera, simplemente porque en sus labios y en su cuerpo cada momento era único e irrepetible. Era inimaginable grabar en estudios y que luego el Polaco “hiciera” como que cantaba. Imposible.  Los técnicos solucionaron el problema con unos micrófonos escondidos, en el cantor de Saavedra y en Néstor Marconi, (el bandoneonista había sido una condición del Polaco).

Las filmaciones de diálogos combinadas con canto, le daban pavor al cantor de Saavedra,  temblaba con la posibilidad de equivocarse en medio de tantos profesionales, simplemente no podía.  Para el director y los técnicos era siempre un desafío. Cierto día, aprovechando que estaba nublado y no podían filmar en exteriores (toda la filmación estuvo marcada por el mal tiempo) lo hicieron dentro de un bar. Pino le dijo, “intentemos Polaco, solo intentemos a ver que sale… sinó perdemos el día. Si sale mal, lo hacemos en otro momento, no hay problemas, pero intentemos”. Pino, con mucha habilidad, dedicó un largo tiempo a crear el clima de la filmación: “Vos sentate y vamos a ir viendo por donde viene la cosa…” Mientras los técnicos acomodaban las luces, sentó a Susú … y en torno a una mesa tomaban un vino, alguna cerveza, y el clima que se fue creando fue único. Pino se dio cuenta, miró duramente a sus técnicos para que a ninguno se atreviera a anunciar que comenzaba la toma…

Convencido de que era un ensayo, el cantor de Saavedra formuló su texto con tanta naturalidad que se animó a romper el libreto como bromeando y gastando a Pino. Susú le dió un beso a su padre ficticio y hubo un silencio profundo hasta que Pino mostró en su cara que la toma había terminado, entonces estalló una ovación y el director, emocionado, se acercó y abrazó al Polaco: " Que?! Me estaban filmando?!!" Solanas le explicó que no se hiciera problemas, que no sería necesaria otra toma. Relajado como nunca, sonriente, feliz, desde entonces el Polaco improvisó sin temores…

En su última aparición, el Polaco le dice a Floreal (Miguel Ángel Solá) que el “barrio está lleno de ausencias”, la mesa de los sueños ya había dejado de funcionar… “¿Ves allá? ¿Ves aquel gordo que durante treinta años lo sentí tocar detrás de mí? No le puedo perdonar que se me haya ido… el aire de su fueye me daba fuerzas para cantar…” La alusión a Troilo en el guión era tan evidente que el Polaco, que no sabía de actuaciones, luego de ese recitado, empezó a llorar. Pino advirtió el momento y, para consolarlo, caminó hacia él y le puso una mano en el hombro. El cantor de Saavedra, se sintió sorprendido en la intimidad de sus recuerdos y le digo: Pará Pino, no ves que estoy llorando

Fuente: Lomgoni, Matías y Vecchiarelli, Daniel, "El polaco: vida de Roberto Goyeneche". Ediciones Música Nuestra. Bs As, 2019.

lunes, 30 de octubre de 2017

De regreso a oktubre: a 100 años de la Revolución Rusa

La insurrección de los soviets que se produjo la noche del 24 al 25 de octubre de 1917 sería un día histórico, no sólo para Rusia. Fue la caída del último estado absolutista europeo, en este caso del este europeo articulado históricamente con gran parte de Asia. Y fue un día histórico para el mundo porque abrió el camino, dio los primeros pasos, de uno de los íconos de la historia humana. ¿Porque decimos semejante cosa?
Pues bien, las sociedades humanas, desde la génesis de su historia, han luchado siempre en pos de dos objetivos: la libertad, es decir, la eliminación de obstáculos para actuar o pensar (de ahí la larga trayectoria del liberalismo); y la  igualdad, o el derecho a participar equitativamente de los bienes de la naturaleza y de los frutos de nuestro trabajo. Pues bien, la Revolución Rusa (RR) traía por entonces esa esperanza que tenía profundas raíces históricas: la esperanza respecto de la igualdad y libertad. Ambas. Por eso no es una exageración decir que rápidamente se convirtió en el ícono, por no decir el estandarte, de la lucha por la igualdad que de una manera u otra articuló lo que algunos llaman “la fe del siglo”. Entonces, cabe preguntarse: ¿Cual es el lugar de la revolución rusa en la historia? O, dicho de otra manera, ¿de que modo su presencia modeló -o no- el derrotero del siglo XX?

Las luchas por la igualdad y la libertad se enfrentaron siempre con los defensores del statu quo. Pues bien, en el siglo XX no pudieron más que escandalizarse con la RR. Desde entonces los ha desvelado ese fantasma. En ese sentido, la RR puede ser comparada, por su alcance, a la Revolución Francesa ya que ciertamente tuvo un impacto universal, ecuménico y, como tal, marcó el fin de una época y el comienzo de otra. Las masas, el pueblo, los desterrados, enbanderados con esa esperanza, daban inicio a una nueva época: el siglo XX.
No era el único episodio de estas características que señalaban el inicio de una nueva era: la Revolución mexicana (1910) está en esa línea. Las dos son revoluciones de la periferia del mundo desarrollado, la Rusa es una conmoción en el mas importante imperio de la periferia y de allí su alcance universal.
También hay otros episodios que señalan un cambio de época, justamente por aquellos años, el genocidio armenio, por ejemplo, que abre una seguidilla que caracterizará a todo el siglo XX y que justamente la RR no se abstendrá de participar; o la 1ra guerra mundial, donde queda claro ya que no es posible iniciar una guerra sin industria y, en segundo lugar, la guerra es un gran negocio.

Pero volviendo a la RR ¿Porqué señala un cambio de época?
Por varias razones. En 1er lugar, venía a decir que lo que habían escrito utopistas y el propio Marx y Engels, en 1848, no era un exceso de lenguaje o de esperanza juvenil y, por tanto, por primera vez las sociedades tenían otra posibilidad frente al capitalismo.

En 2do lugar, el episodio se interpretó, inmediatamente -desde el occidente capitalista- como una amenaza que debía ser eliminada, de allí que en la guerra civil que siguió a la toma del poder por los bolcheviques, es decir la guerra entre el Ejército Rojo y los blancos, que se llevó la vida de poco mas de 8 millones de personas, los blancos tuvieron el apoyo antirrevolucionario de 13 países capitalistas. Pero una vez terminada esa guerra interna, la lucha de esos países capitalistas fue contra las influencias de esa RR. Fue el combate persistente, y durante todo el siglo, contra un enemigo invisible y universal, un fantasma que se escondía detrás de cada protesta, detrás de cada huelga, detrás de cada proyecto de reforma. Pensemos, por ejemplo en nuestro país, en la Patagonia, entre 1919 y 1921, el temor irracional que generaba la lucha por un simple convenio colectivo de trabajo era porque la oligarquía terrateniente pensaba que detrás de aquellos andrajosos obreros había algo parecido a los soviets. Pensemos en Sacco y Vanzzetti y el origen del FBI, por ejemplo. O el caso de la 2da República Española (1931), donde un proyecto moderadamente reformista, en un contexto europeo de ascenso de los fascismos, las potencias occidentales condenaron ese ensayo por el “peligro comunista” que “supuestamente” encarnaba, prefiriendo al fascismo ultracatólico del franquismo.
Lo que hay que decir es que ciertamente era un temor real, la posibilidad de la expansión del socialismo estaba en la dinámica social de los tiempos. Porque había un importante crecimiento de diversas fuerzas que pujaban hacia el sentido de profundizar la igualdad, hacia el socialismo, aunque no todos de la misma manera: una expresión de ello era justamente la 2da república española, en 1931, aunque ciertamente muy moderada. Por lo que aquí interesa, en ese amplio universo socialista que estaba creciendo, la RR parecía concentrar las esperanzas a pesar de que ya estaba acentuando sus rasgos mas perversos. La esperanza en el programa socialista de la RR fue tan grande que no dejaba ver, y eso sucedió por décadas, esa enorme perversidad.
Digámoslo directamente y de una vez: toda revolución tiene su momento de fuerte autoritarismo, su tiempo de imposición del régimen, su tiempo de terminar de derrotar a los contrarrevolucionarios. Hasta allí podría pensarse, inclusive justificarse, el llamado “terror rojo” de los primeros tiempos que comienza con el decreto del 5 de setiembre de 1918. Pero, lo sabemos, la cosa no quedó allí. Una serie de factores condujeron a que esa violencia fuera inherente al sistema y no solo una coyuntura de la construcción. Sin agotarlos, esos factores son los siguientes:

1ro- El “gran miedo” que en forma creciente se instalaba en los gobiernos de las potencias industriales de occidente, también comenzó a operar -en forma inversa- al interior de la revolución. Digámoslo de esta manera: ese “gran miedo”, dentro de la URSS, se tradujo en un temor obsesivo a la invasión externa (lo que nunca fue posible, ni figuró en los planes de nadie, excepto Hitler. Pero que inclusive en este caso Stalin tardó un tiempo en creer, como ya sabemos por el testimonio de Leopold Trepper). Ese “gran miedo” se tradujo también en el temor y el pánico a una supuesta conspiración de dirigentes soviéticos disidentes, desconfianza obsesiva propia de todos los procesos de concentración de poder: el temor a los disidentes. En parte ese es el origen de las purgas entre 1936 y 1939, el gulag, los campos de trabajos forzados, la NKVD, la persecusión universal al trostkysmo y gran parte del servicio de espionaje. Abunda la literatura y los ensayos sobre esta cuestión. Últimamente se ha vuelto sobre el tema con las novelas de Padura; pero también con “Muñeca Rusa”, de Alicia Dujovne; o los libros del húngaro Sandor Marai que están en la línea de Milan Kundera.

2- No puede comprenderse esa violencia sistémica de la RR sin considerar que se llevaba a cabo en un imperio decadente como el de los zares, donde el centralismo, el autoritarismo, el antisemitismo y, en definitiva, el orgullo imperial eran parte del aire que esa sociedad respiraba. La Revolución en ningún momento vino a cuestionar ese formato del aire, es decir, no renunció a ello. Visto con la mirada histórica, aquellas primeras décadas pos revolución fueron el proceso de transición del imperio ruso de su modalidad zarista a su modalidad soviética (como hoy estamos viendo esa reestructuración imperial con Putín luego de la crisis del sistema soviético con la Perestroika de Gorbachov). Esto explica no sólo la continuidad de un sistema policíaco sino también la violencia ejercida hacia las naciones que conformaron la URSS y que antes eran parte del imperio de los zares. Desde allí puede pensarse el genocidio ucraniano, el holodomor, entre 1931 y 1932 (3,5 millones de personas), o las razones del porque, en Kazagistán, por ejemplo, la colectivización forzada y la sedentarización brutal se llevó casi dos millones de personas. Parte de este drama, escasamente conocido en occidente es lo que relatan las noovelas de Andrei Makine como "Requiem por el este" y otras.
Charles Darwin y Karl Marx

3- Por otro lado, en tercer lugar, esa violencia sistemática emerge también de la particular forma en que fue interpretada la tradición marxista. Hubo allí, como en gran parte del pensamiento político europeo de la época, una asociación lamentable y no siempre explícita, con Charles Darwin.  Expongámoslo de esta manera: en 1859, muchos años después de pasar por aquí y tomarse unos mates con Don Juan Manuel de Rosas, Darwin publicó su gran obra “Origen y evolución de las especies”. El texto tuvo un enorme impacto en todo el ámbito del pensamiento científico y social europeo, por entonces en plena expansión, donde las ciencias naturales se habían convertido en el patrón metodológico para el conocimiento científico, pero también para la política, que debía estar orientada por ese conocimiento. Por ejemplo, el pensamiento social recibió esa influencia en Spencer desde donde, como en la naturaleza, la sociedad era también el ámbito de la supervivencia del mas apto. Era lamentable, pero era también la lógica del progreso, de la civilización: no todos estaban en condiciones de subir al tren del progreso y la civilización. Fue este un argumento “científico” que fortalecía el colonialismo europeo y desde donde la desaparición de pueblos o personas que se resistían a esa dinámica histórica era una fatalidad propia del desarrollo histórico hacia el progreso, mas allá de cualquier emotividad era la lógica histórica que, por decirlo de alguna manera, tenía sus “daños colaterales”. Desde la perspectiva de quienes condujeron la RR, la dinámica histórica conducía hacia el socialismo y luego al comunismo y, claro, así como un sistema quedaría atrás también las clases sociales que lo conformaban, la burguesía o el campesinado. Es decir, había clases que debían desaparecer -todas las variantes de la burguesía, por ejemplo- para que las fuerzas positivas del socialismo puedan desplegarse. Todos quienes sean definidos como un obstáculo para la evolución histórica, están condenados a desaparecer, ahora ya no como seres inferiores, sino como clases anti históricas. Y no sólo la burguesía, también el campesinado que era también una clase atrasada. Se trata de millones de personas donde “ninguno era culpable de nada, pero pertenecían a una clase que era culpable de todo”, es una frase que cabe para la burguesía, para el campesinado como para las expresiones nacionales que, aunque socialistas, como en Ucrania, debían ser sometidas.
Lo que estamos diciendo es que, por distintos factores, a poco de andar, esa gran revolución comenzó a estar herida por factores propios que durante el siglo la fueron socavando y que solo pudieron ocultarse a fuerza de mayor autoritarismo y propaganda. A fuerza de totalitarismo.

Claro, la presencia de un totalitarismo mas obscenamente irracional en occidente, como el fascismo, cuando Hitler se dispone a invadir la URSS, supuso la utilización de ese gran enemigo externo para ocultar esa perversión interna. La aparición del enemigo externo explícito y no fantasmal -como el capitalismo a punto de invadir o de la conspiración antisoviética interna con conexiones troskistas- produjo el efecto de siempre. Pero no por ello desaparecieron esas piedras en los zapatos de la revolución. La vida de Vassilli Grosman, en este sentido, es muy clara, allí el antisemitismo de la RR se combinó con los trabajos forzados, la persecución y el espionaje sobre quien había sido el reportero del Ejército Rojo.

Esa violencia sistémica de la RR, se expresó también en casi todos los ordenes de la producción de conocimiento y en la producción de arte. El tema no es secundario, por el contrario, hace foco en una cuestión central: el lugar del individuo y su creatividad en los procesos sociales, productivos o no, pero siempre creativos. La pregunta es: ¿hay posibilidad de construir y sostener la igualdad anulando la libertad que supone la expansión de la subjetividad? O, de otra manera, es todavía legítimo clausurar las libertades en pos de una supuesta igualdad? O, ¿es todavía posible o deseable apostar a un sistema que en pos de la igualdad pretenda homogeneizar, o sujetar la subjetividad y la libertad a una planificación estatal central? Y esto, claro, tiene un impacto enorme, tremendo, en el sistema económico, ni hablar en la producción cultural. Es muy interesante en este sentido revisar la vida de Shostakovich, relatada recientemente en una novela (El ruido del tiempo de Julian Barnes).
 
Luego, como sabemos ahora, ese “gran miedo” occidental al comunismo -durante la primera mitad del siglo XX- se convirtió en política occidental luego de la segunda gran guerra. Un miedo premeditadamente excesivo y manipulado a la dictadura comunista que, como se verá con el correr del siglo, no era más que la excusa para consolidar la economía del capital y cancelar todo intento de revolución o reforma. De hecho, en nombre de ese “temor a la dictadura comunista”, se alentaron las mas tremendas dictaduras y se iniciaron las guerras más atroces de la segunda mitad del siglo. Es lo que Hobsbawm llama imperialismo de los DDH, es decir la idea de un imperio que en nombre de la libertad y la democracia derroca gobiernos, impone dictaduras o provoca guerras tuvo en la manipulación del “miedo al comunismo” una herramienta fundamental.
Lo cierto es que esa dictadura existía. Aunque Stalin muere casi 10 años después de terminada la 2da gran guerra, en 1953, y aunque los dirigentes soviéticos no volvieron a recurrir a un terror a una escala tan grande, su tolerancia a la disidencia no fue muy diferente. Como lo argumenta Josep Fontana, consiguieron, a fuerza de totalitarismo, salvar al estado soviético, pero a costa de profundizar la renuncia a una sociedad socialista, es decir, la revolución que había surgido para eliminar la tiranía del estado acabó construyendo un estado opresor, erigido, paradógicamente para salvar a la revolución.

Pese a todo, el temor a ese contagio revolucionario, a partir de la revolución, alimentó la dinámica social, inclusive en América Latina. No es nada difícil encontrar, por ejemplo, un alto componente anticomunista en las experiencias nacional populares latinoamericanas, fundamentalmente en el varguismo y en el peronismo de los '50. Porque el miedo al contagio en el “mundo libre” no sólo alimentó a la represión sino también potenció lo que Fontana llama el “reformismo del miedo”, que había surgido en la Alemania de fines del siglo XIX: esto es, un capitalismo con políticas de bienestar para consolidar un orden social que los trabajadores amenazaban o podían amenazar. Esto, después de la 2da guerra, se generalizó con los estados de bienestar. La etapa dorada del capitalismo no se entiende completamente sin ese “gran miedo”. Ese “reformismo del miedo” se llevó a cabo con una propaganda sistemática contra una revolución que nunca pensó en la invasión de occidente, porque su principal herramienta fue la fe: la fe en que la lógica de la historia marchaba hacia el comunismo, por tanto, tarde o temprano occidente llegaría a él.

Esa comprensión vanguardista de la historia, que marchaba hacia el socialismo y que el faro, el mascarón de proa, era la URSS -junto con todos aquellos elementos propios al sentido imperial ruso- condujeron a la desacreditación universal del relato socialista cuando, por ejemplo, los dirigentes comunistas condenaron los populismos latinoamericanos, o cuando condenaron el mayo francés o el mexicano; o con la represión a la propuesta de socialismo con rostro humano en Checoslavaquia o en Hungría.  Con ello el miedo a la revolución se fue desvaneciendo, sólo era cuestión de tiempo que ese castillo de naipes se cayera en 1989. Cuando cayó, el imperio norteamericano comenzó a inventar otro enemigo en su reemplazo: el mundo musulmán. Así se dio forma a la primera guerra de la pos guerra fría, la guerra de Irak en 1991.

Pero está claro que la amenaza no era el sistema socialista que emergía de la URSS. La amenaza no era el comunismo, a pesar de que se agitaba ese miedo, sino las posibilidades de reforma o de revolución que las mismas sociedades necesitaban. Y ese temor a la revolución o a la reforma es lo que marcó el siglo XX. Por eso es un gran acierto lo que Karl Kraus había señalado hacia 1920, cuando decía que no le interesaba la práctica del comunismo, no es eso lo relevante. Lo más importante es lo que simboliza, “es su condición de amenaza constante sobre las cabezas de los que poseen riquezas lo que importa, que Dios nos conserve para siempre al comunismo, para que esta chusma no se vuelva todavía más desvergonzada… y para que, por lo menos, cuando se vayan a dormir sufran pesadillas”.
J.Q. 

sábado, 17 de junio de 2017

Viajar: entre el misionero y la invención de la inocencia

Reconozcamos algo, ir a un lugar para confirmar la imagen que previamente tenemos de esa geografía o sociedad, es no sólo conocer poco sino que además podríamos  preguntarnos, en definitiva, en un acto de sinceridad: ¿para que fui?
Todos tenemos un amigo que, siendo admirador del “milagro alemán”, vuelve de Berlín con imágenes que confirmaban lo que ya antes de ir nos decía. O aquel amigo progresista, o reaccionario, que vuelve de Cuba reproduciendo su mismo discurso, pero con fotos.
Inmigrantes iraníes en Trafalgar Square (Londres).
Foto J. Quintar - 2016 
Es muy interesante lo de Michel Onfray en este punto de su libro, Teoría del viaje: “Ir a un sitio es, la mayoría de las veces dirigirse al encuentro de lugares comunes asociados desde siempre al destino elegido”. Y sabemos que no tenemos que hacer ningún esfuerzo para confirmar esos lugares comunes. Así, iremos a Alemania para confirmar que son un canto al orden; a Bs As para confirmar el ser nostálgico de los porteños y su egocentrismo; al África para confirmar que son sociedades con ritmo; a Brasil para reconocer una sociedad hedonista aunque no veamos garotas; a Japón para volver diciendo “que son muy educados y formales”; volveremos de París, claro, hablando de la arrogancia parisina; y así hasta el infinito de los lugares comunes construidos por los prejuicios, las revistas y toda la industria cultural.
Pues bien, viajar para conocer implica cierto esfuerzo previo por desarmar esos lugares comunes. Viajar sin desarmarlos equivale, como bien lo sugiere Onfray, a la lógica del misionero: estar tan centrado en la propia perspectiva que no se puede ver al otro, no se puede dejar de medir la realidad nueva sin la vara de la propia cultura.
Viajar para confirmar los lugares comunes es una manera, aunque suavizada, de no ver al otro, de echarle otra palada de tierra sobre la negación que el lugar común construye. Entre el riesgo de la perspectiva del misionero y la imposible virginidad mental y perceptiva -porque es imposible viajar vacío de prejuicios y de lugares comunes- hay un viaje diferente: “Nada de verdades absolutas, dice Onfray, solo verdades relativas… nada de instrumentos comparativos que imponen la lectura de un lugar con los instrumentos de otro”. Más bien la voluntad de dejarse sorprender, estar abierto a lo novedoso, efectivamente como un recién llegado.
Por las calles de la Habana
J.Quintar 2015.
Quizá aquí pueda establecerse alguna diferenciación entre el “turista” y el “viajero”. El primero compara, el segundo separa e intenta entrar en un mundo desconocido, sin compromisos, con más dudas que certezas, con más preguntas que respuestas. Una actitud que ciertamente es más difícil, mas trabajosa, pero más rica y fructífera que -advierto- no nos permitirá, ni aún a la vuelta del lugar de destino, tener una conclusión sobre aquello distinto. Pero nuestra subjetividad, nuestra capacidad de percepción, será infinitamente más exquisita, más rica, más colorida, con más capacidad de matices. Porque, en definitiva, es ése el gran efecto que causa el mundo sobre el viajero: la sorpresa.
Entonces, así como es imposible viajar cargando una virginidad de lugares comunes y de prejuicios, o con una inocencia parecida a la de una página en blanco, la idea está en tratar de desarmar previamente y acercarse a esa inocencia deseada.
Dicho esto, se podría decir que el desarmar los prejuicios y los lugares comunes requiere de tiempo, de estar más tiempo en determinado lugar, o de leer e instruirse respecto a ese destino. Pero advierto, junto con el autor que estamos comentando, Onfray, que no se trata de estar más tiempo en esa región de destino o de desandar lecturas y racionalidades, sino más bien de una actitud. Se trata de captar como simple novedad lo que “el otro” nos muestra. Esa actitud o aptitud, desborda al doctorado, al leído. Es decir, la cuestión va más allá de la formación intelectual, más allá de acumular citas textos o de estar mucho tiempo. Hay algunos que acumulan tanta biblioteca que  tienen dificultades de percepción, otros que viven mucho tiempo en un país distinto al que nacieron y están siempre como exiliados, los hay también que en poco tiempo captan el corazón de una cultura: es, me parece, una cuestión de actitud.
Salú!!
J.Q.
Ideas extraídas de "Teoría del viaje", de Michel Onfray. Taurus, Buenos Aires 2016.

sábado, 3 de junio de 2017

El viaje antes de viajar y la tierra media

¿Qué nos atrae de un destino?
“Aguirre la ira de Dios” de Herzog, la mirada de Kinski cargada de desafíos, aquella novela de Ospina sobre los conquistadores en busca del país de la canela, el mapa de América Latina y ese enorme corazón verde en su centro… Vaya a saber qué otras cosas más fueron construyendo aquel viaje al Amazonas. ¿Y aquel otro viaje? Quizá aquella música de Spasiuk, “Aguas del findel mundo”; la fantasía de estar allí donde ya no se puede seguir, el misterio que encierra el “non plus ultra”… Quizá así es que fuimos a parar al Chile Austral. Quizá…
¿Cómo es que elegimos un destino? ¿Cómo uno llega a poner el dedo en el mapa para decir, aquí quiero ir?
Continuando con las reflexiones en torno al libro de Onfray (Teoría del viaje), el deseo de un viaje se va alimentado con las imágenes que, sin saberlo, van dando forma a nuestra imaginería. El deseo se va alimentando, articulando, en función de un destino y a partir de distintas fuentes que nos transmiten, sin saber por qué, cierta inquietud: algún lugar del mapa, ciertos libros, las películas, la música, la historia… El destino va tomando su forma, se va instalando como un pendiente a resolver.
¿Y por qué nos atraen unos lugares más que otros? ¿Por qué razones hay quienes están más inclinados a los mares que a los desiertos? ¿A las montañas que a las llanuras? ¿A las selvas que a las estepas? Queremos paz y tranquilidad, y esas ganas nos remiten a una playa semi desértica, con alguna palmera y aguas turquesas; pero a otros a un refugio de montaña o a un desierto…
Pueden algunos inferir, como lo hace Onfray, a la forma de los presocráticos, que estamos influidos por los elementos que constituyen la naturaleza (el agua, la tierra, el aire, el fuego) y por las combinaciones de estos elementos…(el agua cálida, las tierras frías, etc.) y también los colores, sus temperaturas. Quizá sea la influencia de esos elementos y sus combinaciones, quizá nuestras cargas culturales: las historias que nos contaron de pequeños, el cine que vimos, etc. Quizá todo ello va dando forma y color a nuestras opciones, a nuestras inclinaciones por ciertos destinos.
Lo cierto es que todo eso que va dando forma al destino, y al deseo por él, ensancha nuestra subjetividad. La imaginería se dispara y ensancha nuestra imagen del mundo antes de viajar. Los paisajes, las comidas, los monumentos, el drama de la historia que se desplegó en esa geografía, etc., van construyendo las emociones, una subjetividad viajera antes de movernos de casa. Y cuando eso sucede, alguien podría decir que empezamos a viajar sin todavía movernos de nuestro sitio. Todo viaje vela y desvela una reminiscencia de lo que hemos construido antes respecto a ese mismo lugar.

Habitar la tierra media

Hay un momento clave donde el viaje, sin dudas, comienza: cuando dejamos atrás nuestra casa y nos vamos. En ese preciso momento estrenamos el viaje. Pero también desde ese momento entramos en una situación especial, lo sabemos y lo sentimos: no estamos en nuestra casa, pero tampoco en el lugar de destino. Estamos transitando un limbo, como flotando: “el viajero penetra en la tierra de nadie”, dice Onfray. Es un momento donde “se viene de” y “se va a”. Es el reino de la tierra media. Y allí, en ese limbo, entramos en un clima único donde a veces ni siquiera sabemos en qué país estamos: volando sobre el océano, en medio de una ruta, etc. Es una situación extraña porque es un momento que se desarmará ni bien lleguemos al otro puerto, parta mi avión, o lleguemos a destino: es una admósfera de intervalo
El viajero aquí está en una situación, en un ambiente, sin convenciones, codeándose con gente que muchas veces está dispuesta a la confidencia porque los viajeros somos curiosos, estamos ávidos de saber, de curiosear… Entonces todo conduce a crear un espacio donde sólo las personas crean la dinámica, las normas y las referencia para transcurrir en ese tiempo, en ese “mientras tanto” que habitamos.

Me ha pasado ya muchas veces. Aquella señora con quien, viajando a Valparaíso, nos charlamos la vida. Aquel argentino-germano que nos acompañamos una tarde por el Amazonas; aquella coreana que -a media lengua inglesa- me hablaba de la felicidad y el destierro, caminando por el Iguazú. Aquel chino que, caminando toda una tarde por Hedimburgo, me contagiaba su sentimiento de libertad. Aquella venezolana que, en el aeropuerto de Manaos, me relataba las razones de su emigración y yo de mis desventuras. Creo que nunca dije tantas cosas de mí como en esas situaciones, que se desarman cuando termina ese intervalo, y cuyo impacto dura más que todo el viaje. 
Muchas veces, en mi caso muchas, es una aventura más la de habitar ese espacio creado por el desplazamiento, momento en el cual ya me fui, pero aún no llegué donde quería llegar, y entonces tengo sorpresas que no había previsto ni imaginado. Ese tiempo del mientras tanto, esa transitoriedad, es bella, sobre todo cuando es arropada por la común humanidad que nos lleva a conectarnos.


Onfray, Michel. Teoría del viaje (poética de la geografía). ed. Taurus, Buenos Aires, 2016.

martes, 23 de mayo de 2017

Onfray: reflexiones para amantes de la ruta

Hay una vieja canción de Serrat que siempre me conmovió: “Juan y José”. Es una de esas canciones que hablan de personas que, a pesar de tener inclinaciones muy distintas ante la vida, se quieren… se aman. Para Juan el mundo está siempre por estrenarse, desde que vio el horizonte no duerme tranquilo…; José parece amar sólo su tierra, le basta ella para pensar el mundo… Es que hay quienes son más proclives al flujo, a los transportes, a los cambios, al nomadismo; y otros a echar raíces, más apegados, con un mayor deseo de radicación… un sentido más sedentario. No es que existan estos sujetos en formas puras, lo sabemos, pero es cierto que unos aman más la ruta que el hogar, así de simple.

Sedentarismo y nomadismo se han mitologizado como dos formas de estar en el mundo: el pastor y el agricultor. Como arquetipos, esta oposición puede uno advertirla desde el neolítico hasta la actualidad.
Los pastores si responden a algunas reglas comunitarias, son muy básicas; en tanto que los segundos, se instalan, construyen, edifican, no sólo casas sino un sistema social más complejo (el estado y la Ley, las iglesias). Si seguimos el razonamiento llegaríamos a una expresión que podría decir algo así: “el nómada inquieta a los poderes, es incontrolable, es la elección libre imposible de seguir, de fijar, de asignar” (Michel Onfray), de pagar impuestos, de registrar. Esta oposición arquetípica (sedentario-nómada) está ya en la Biblia: Caín y Abel. Estos hermanos viven una tragedia, el primero agricultor, el segundo pastor. 
La historia bíblica acentúa esa oposición porque si el agricultor mata al pastor, Dios lo “condena”, si, lo condena a ser un errante. Es decir, el ser nómada, el movimiento, el estar “sin raíces”, es el castigo…” El viajero empedernido parece proceder de la raza de Caín”. “La ausencia de casa, de tierra, de suelo supone, antes bien, un gesto inapropiado, una pena causada a Dios”. Puede que sea esta razón mitológica, cultivada por siglos, la razón por la cual judíos, zíngaros, romanís, gitanos, bohemios, calós y todas las gentes de los caminos saben que se les ha querido sedentarizar, o inclusive se les ha condenado: “El viajero desagrada al Dios de los cristianos” pero también a príncipes y reyes…
Onfray da vueltas, pero llega a decirlo clara y directamente: “Todas las ideologías dominantes ejercen su control, su dominación, entiéndase su violencia, sobre el nómada”. Y más aún los totalitarismos modernos que han sentado su identidad sobre nacionalismos y sobre identidades que se construyen arraigadas como raíces. Los otros son inasimilables, así se comienza con la obligatoriedad de una residencia y se termina con el gaseo o el Gulag. De igual manera el capitalismo sin más condena la errancia, ya que se trata de sujetos que no son fácilmente asimilables al mercado. Cuál es el castigo hacia ellos?: “Los puentes, la calles, las aceras, las bocas de los metros, las bodegas, las estaciones, los bancos: el envilecimiento de los cuerpos y la imposibilidad de un refugio, de un reposo”.

El viajero empedernido ciertamente no es un nómada, pero algo tiene de él. Hay un cierto aire de familia entre ambos. El viajero empedernido siente algo de eso…va cultivando relaciones y experiencias, sin territorio, aquí y allá, la experiencia y afectividad desterritorializada lo enorgullece. Gusto por el movimiento, pasión por el cambio, independencia furiosa, pasión por la improvisación, ama una autonomía que siente como sagrada…y claro… un viajero empedernido tiene entonces cuentas pendientes con las bases del sedentarismo: el trabajo, la familia y la Patria. El viajero empedernido, quien más quien menos, pertenece a esa larga genealogía de los nómadas.
Reflexiones en torno al libro de Michel Onfray, "Teoría del viaje". Ed. Taurus. Buenos Aires, 2017.

martes, 12 de enero de 2016

Dictadura con permiso de la República

Por José María Mendes[*]
Para los argentinos la palabra dictadura significa lo opuesto a democracia y se explica, históricamente, por la alternancia de gobiernos surgidos de la urnas y golpes cívico militares durante el pasado siglo. La experiencia de “golpe” más cercana y traumática se inició en 1976 así, en nuestro lenguaje, Democracia y Dictadura son términos opuestos.
Sin embargo, con la ayuda de la historia, se puede presentar otro modo de ver las cosas. En la República antigua (Ciudad de Roma siglo V al I aC.) la dictadura era una “Institución” de la República. En casos de peligro (guerra o estados de emergencia) para la urbis, el Senado de Roma ordenaba a uno de los dos Cónsules la designación de un Dictador. El Senado tenía la autoridad para determinar cuándo era justificado el nombramiento y quién debía ocupar el cargo. Se trataba de una Magistratura Extraordinaria dotando a un hombre de poderes absolutos, sin que por ello quedase derogado el sistema político y jurídico pre-existente. Los romanos de la etapa republicana no querían volver a la monarquía.
El designado Dictador ejercía su autoridad por espacio de seis meses como máximo,  período en el que quedaban en suspenso todos los procedimientos ordinarios y las funciones de los magistrados. Nadie podía criticar ni discutir las órdenes del Dictador. El Senado, que en nada se parecía al nuestro, se conformaba con los representantes de las familias patricias de Roma (entiéndase nobles y ricas) y gobernaba en nombre del Pueblo de Roma. Existían además los Comicios que eran una suerte de participación muy (pero muy) indirecta de los ciudadanos de Roma, sistema que sería muy engorroso explicar aquí. Las instituciones de la República fueron cambiando entre el siglo V aC y el I dC.
Para que quede claro: no hubo Democracia en la Roma antigua. Hubo República en tanto funcionaba un sistema de instituciones y magistrados con funciones periódicas, y un sistema de representación. Democracia y  República no son entonces, histórica y conceptualmente, términos equivalentes.
La "tradición republicana" admite, permite, no clausura la posibilidad de una dictadura para afrontar una situación de peligro o restablecer el orden.
La precedente distinción histórica y conceptual tiene contemporaneidad en la Argentina de hoy, con su república y su senado. Las decenas de DNU que promulgó el gobierno del PRO (porque el gobierno es PRO), con la aprobación de sus aliados de  CAMBIEMOS, están avaladas por el SENADO. No es el Senado que se reúne en el edificio del Congreso de la Nación sino el SENADO “estilo Romano” compuesto por los representantes de las familias patricias. Las familias patricias son hoy la elite agropecuaria, los poderes financieros, comerciales y mediáticos cuyos nombres vemos flamear en el gabinete de ministros y en la nómina de funcionarios (nombres y vinculaciones en el gabinete nacional) . Esta es la concepción de República que habilita (necesita) una "Magistratura extraordinaria" para desarmar en poco tiempo el estado de cosas que había asomado en la etapa Kirchnerista. Para eso trabajaron.
Se pueden enumerar las medidas tomadas por el macrismo y discutir la legalidad y lo adecuado de los procedimientos de cada una de ellas. No lo haremos en este escrito. Sí se destaca aquí que la parte más poderosa de la sociedad ha permitido que el Presidente ejerza Poderes Extraordinarios. Con el silencio (caben interpretaciones) de una ciudadanía que lo votó por mayoría (ajustada pero mayoría al fin).
El intento de designar Jueces de la Corte Suprema por decreto, las presiones para expulsar a la Procuradora General de la Nación (que es la abogada del estado), la devaluación (que implica una importante pérdida del poder adquisitivo de los salarios), la derogación de aranceles a la importación;  la eliminación de las retenciones; la derogación por decreto de la Ley de comunicación audiovisual, la intervención (y disolución de la AFSCA); la designación en cargos públicos de gerentes de empresas multinacionales y abogados que defendieron intereses antinacionales, ocupando puestos clave con funciones de fiscalización del estado; las negociaciones para la toma de deuda y capitales de corto plazo, la represión a los trabajadores y la protesta social; sólo por mencionar a algunas de las medidas tomadas en menos de treinta días, son atribuciones que los poderes reales, el SENADO (real) no discutirá porque las exige. Sólo de este modo y a través de una operación de shock, que no tenga fácil retorno, puede dejar descolocados a los sectores políticos y sociales que sostuvieron la etapa del Frente para la Victoria.
Durante los 12 años de gobierno del Frente para la Victoria (no exentos de errores y contradicciones) no se atropellaron los marcos legales. Nunca se buscó una magistratura extraordinaria, entendida conceptualmente.
Tanto el modo como el contenido de las medidas que hoy se toman son con la anuencia de importantes sectores de la Alianza CAMBIEMOS y que seguramente serían discutidas en otro contexto político. No es menor destacar que esto cuenta con la conformidad del Poder Judicial casi en bloque y con el silencio de algunos sectores políticos que no apoyaron (abiertamente) a ninguno de los competidores en el ballotage.
El otorgamiento de poderes extraordinarios al Presidente de la República, el permiso para cargarse leyes, la autorización para gobernar sin parlamento están, en cierto modo facilitadas por la época del año (el receso del Parlamento, la diáspora de enero) y por la desarticulación del Sistema Nacional de Medios Públicos.

El impacto de las medidas que toma el gobierno por DNU (o de cualquier otro modo) tardará unos meses en doler. La anestesia leve facilita que se dirija la mirada de la ciudadanía hacia fuera de la cancha. La ciudadanía está mirando a la tribuna de los locales, exhibida en la amplia mayoría de los medios de comunicación con un blindaje mediático tan cerrado como el que abría requerido la Magistratura Extraordinaria de la Antigua Roma.
Macri ganó las elecciones legitimadas por un sistema constitucional que otorga al Presidente un importante poder de decisión, pero traduce esto en una especial forma de entender la REPÚBLICA, sostenida en una concepción aristocrática y oligárquica. Esto, más la alianza de los sectores privilegiados que quieren recuperar o mantener su hegemonía, le otorga la suma del poder público. No sabemos por cuánto tiempo ni con qué resultados.
La Magistratura Extraordinaria que habita Macri desde el 10 de diciembre, necesitará - en términos de Gramsci- de un consenso igual o mayor al que hoy lo sostiene (porque lo sostiene un consenso). El país no ha estallado y no parece que vaya a hacerlo prontamente. Es crucial para el Presidente no perder los apoyos que tiene, que son muchos y poderosos. ¿cómo lo logrará cuando se comiencen a percibir los resultados de las medidas que está tomando?
A favor tiene el agradecimiento y excitación de la derecha política y de los poderes fácticos que se mencionaron más arriba: es mucho y queda por sumar. Para retenerlos debe ser firme en el camino que ha tomado: demoler lo K que exista, lo Nacional y Popular que quede, y al peronismo sospechoso de serlo.Quizá le convenga, en algún momento, sostener la vitalidad de alguno de estos sectores para agitar el peligro de su retorno. Y para retener el apoyo, y sumar poder debe “distribuir” la riqueza en el sentido exactamente opuesto al del Kichnerismo, o sea, concentrarla en favor del SENADO.
Más tarde o más temprano esos serán los términos del conflicto principal.
Tres son las principales herramientas que tiene el Presidente para realizar su cometido:
Una: sostener la hegemonía en los medios de comunicación, necesaria para producir consenso. En pocas palabras significa producir un efecto tal que, los perjudicados por estas políticas, crean que es “lo mejor que les puede pasar” y que piensen que las medidas tomadas no son para alarmarse o, al menos, que son inevitables o, simplemente, que la sociedad sepa más de la vida de vedettes que de economía o política. En ese sentido se están moviendo los medios concentrados y algunos periodistas que en ellos buscan refugio.
Dos: la toma de deuda, un aporte de liquidez que puede amortiguar por un tiempo los efectos de las medidas económicas. Efecto ilusorio por cierto, ya que toda deuda implica un vaciamiento de las arcas a mediano o largo plazo.
Tres: la represión a la protesta social, herramienta que no ha dudado en echar mano toda vez que los consideró (y fueron varias hasta el día de hoy).

Haber comenzado el gobierno con una Magistratura extraordinaria conlleva un problema: es difícil ir por más poder. No es imposible, pero es difícil.
Al mismo tiempo, al avanzar en esta dirección, puede aglutinar un movimiento contrahegemónico que se proponga justo lo contrario, y decida enfrentar al SENADO, es decir, no seguir perdiendo derechos, resistir la represión y sacar del gobierno a los enemigos del pueblo.
En la construcción de esta contrahegemonía pareciera que la clave es repensar el Proyecto Nacional y Popular, sus articulaciones, su estrategia, su tácticas. Darse un baño de humildad para establecer nuevos acuerdos de heterogeneidades y reconstituir un espacio donde -como siempre- hay nacionales y populares de toda laya y color. Romper el cerco mediático, ocupar la calle, apoyarse en el amplio y diverso abanico de espacios que se forjaron de la década pasada. Porque esto no viene fácil y será largo.
Hasta hoy el sentido común le va ganado al buen sentido (y por más de un dos por ciento). No obstante, la sociedad Argentina ha demostrado que no hay partido cuyo resultado no se de vuelta. No faltan organizaciones sociales y políticas que estén pensando en nuevas formas de articulación. La larga tradición y experiencia de luchas populares está a prueba y los motivos sobran. El pueblo, con sus tiempos, marcha sin apuro y, como supo decir un grande de las letras rioplatenses, si pudo engendrar en su seno las montoneras de otrora, cuando llegue la hora mañana también podrá, clavar a su voluntad mil estrellas en la aurora.


[*] Magister en Teoría y Metodología de las Ciencias Sociales. Profesor de Historia en la Universidad Nacional de Río Negro y el Instituto de Formación Docente de El Bolsón. Miembro de Carta Abierta de la Comarca Andina del Paralelo 42º.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Jauretche, el peronismo y el 2015

Antes que nada, habría que mencionar que Arturo Martín Jauretche no tuvo una relación fácil con el peronismo.
Sabemos que se suma al movimiento luego del 17 de octubre de 1945 y que, en 1946, se postula a senador como integrante de una de esas pequeñas facciones del radicalismo que se incorporó al Peronismo. Pero  tempranamente Don Arturo conocerá el efecto del estilo personalista de conducción cuando una decisión de Perón lo deja fuera de la lista de candidatos. Ese fue su primer desencuentro. 

Luego, su alejamiento de la función pública, en 1950 –presidía el banco Provincia de Bs As- no sorprendió a la cúpula peronista, sus disidencias eran conocidas. Es el momento en que Don Arturo comienza a sentir, sobre su persona como sobre otros intelectuales que estaban cercanos al movimiento popular, el efecto del giro autoritario del peronismo de los ‘50. De hecho, Hernández Arregui le anoticia en una carta que uno de los más sobresalientes constitucionalistas argentinos de entonces, que había sido el principal portavoz de la reforma constitucional del peronismo en 1949, Arturo Enrique Sampay, estaba acusado de “infiltrado”. El mismo Jauretche, durante dos años, deberá someterse a una investigación que no tiene otro objeto que el de hostigarlo, al punto que el inspector de policía llega a decirle: Vea doctor, la verdad que a mí me mandan para ‘joderlo’, nada más.[1] No obstante, Don Arturo no confundió una situación con otra: …me llamé a silencio. Porque sabía que, con todos sus defectos, la caída de Perón significaría la vuelta de la oligarquía y el imperialismo.[2] Es decir, no se le hacía fácil convivir en el peronismo.

Ahora bien, ¿que es lo que cuestionaba Jauretche de Perón? ¿En que consistían esas tensiones? Y es aquí donde esa mirada crítica de Don Arturo puede aportar algo a lo que sucedió con la derrota peronista en las elecciones presidenciales del 2015.
Uno de los primeros temas que sobresalen es el fuerte rechazo de Don Arturo al personalismo. El movimiento está unido a través de una sola figura y por ello no se puede dejar crecer otra [...] Así se eliminaron muchos valores. Sistema que tiene la propiedad de permitir la maniobra rápida pero anula la posibilidad de nucleamiento alrededor  de cada uno de los tantos hombres capaces que tiene el movimiento.[3] Pero además, ese personalismo tenía otras consecuencias con las que Jauretche tenía problemas: los alcahuetes -o el coro de aplaudidores, como solía decir- y la propaganda. Efectivamente, los adulones -decía Don Arturo- son una cosa terrible, porque destruyen, porque no ayudan, no informan y engañan[4]. Lo alerté a Perón del mal que le causarían los obsecuentes, así como lo contraproducente que resulta una propaganda machacona y personalista[5].


El problema del personalismo se hacía más grave con lo que otros autores llamaron “tendencias hegemónicas del Peronismo”, que Jauretche señaló claramente, y que enervaba a las clases medias y posibilitaba la creación progresiva de un bloque opositor. Tendencias que parecían dejar poco lugar a la disidencia creativa: Perón no dejó margen para los no peronistas que eran nacionales.  Caímos cuando pusimos lo partidario por encima de lo nacional[6].

Finalmente, la relación con las clases medias y la burguesía. La visión jauretcheana respecto a ésto, y a lo que debe ser una revolución nacional en un país semicolonial, se desnuda como en ningún lugar en su intercambio epistolar con J.W. Cooke. Allí escribe, con inocultable acritud acerca del líder exiliado: El ‘genio de la conducción’ se olvidó de los factores de poder que están excepcionalmente en el campo de los trabajadores pero que de manera permanente reposan en la clase media y la burguesía. Éramos el partido con todas las condiciones deseadas por los teóricos de la revolución nacional, proletariado unido a las clases progresistas, es decir, a los sectores del capitalismo vinculados al desarrollo del mercado interno. El ‘conductor’ hizo cuenta electoral: los trabajadores me dan un millón de votos de diferencia votando sólo los hombres, votando las mujeres me darán dos millones. Puedo prescindir de los sectores burgueses y de las clases medias que lo único que hacen es crearme problemas y discutirme la unidad de mando que requiere mi genio. Se dedicó entonces, a destruir sistemáticamente al sector político, que era el que impedía la unidad total de las otras clases en su contra; después le metió al problema de la Iglesia. El resultado fue el lógico; unificó alrededor de sus adversarios todas las clases que son factores de poder, enervando a lo poco que se quedó de ellas que es el caso nuestro. Cuando las clases estuvieron unificadas en su contra, lo voltearon y los trabajadores no sirvieron para defenderlo.[7]
En fin… Me resultó interesante volver sobre estas viejas notas y reflexiones...
Las comparto.

J.Q.



[1] Arturo Jauretche. Revista Extra. Marzo de 1967. Citado por Galasso, Norberto, Biografía de un argentino. Homo Sapiens, Buenos Aires, 1997.
[2] Arturo Jauretche. Revista Así. 1963. Citado por Galasso, Norberto. Op. Cit.
[3] Jauretche, Arturo. Tribuna Oral. 31 de enero de 1961. Citado por Galasso, Norberto. OP. Cit.
[4] Borradores de Arturo Jauretche. Citado por Galasso Op. cit.
[5] Declaraciones a No. Galasso. Citado por Galasso
[6] Jauretche, Arturo. Revista QUE, mayo de 1958. Citado por Galasso, Op.cit.
[7] Arturo Jauretche en carta a J.W.Cooke. Cichero, Marta. Cartas peligrosas. Planeta, Buenos Aires, 1992.